Pues sí: México envejece, y lo hace como la famosa canción: flaco, ojeroso, cansado y sin ilusiones. El 8 de abril, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) puso en circulación una nueva secuencia de ese México que, ya de tan presente, pasa desapercibido, el de quienes han cruzado la frontera de los 50 años. La Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México (ENASEM) no es una novedad en sí misma. Sin embargo, lo verdaderamente revelador es la persistencia de sus hallazgos y la incomodidad de sus conclusiones. La anomalía como lugar común.
Durante décadas, pensamos ser un país joven. Hoy, la realidad nos desmiente. Hay en la ENASEM un catálogo de fragilidades —hipertensión, diabetes, caídas, viudez—, un inventario clínico. Lo que el informe sugiere, con la frialdad de sus indicadores, es que la forma en que México envejece está atravesada por la desigualdad. No todos los cuerpos llegan igual a la vejez ni tienen las mismas reservas físicas, económicas o afectivas. Para nada es reclamo ni mucho menos, pero el Inegi siempre con sus buenas noticias, caray.
Va una pincelada sobre el asunto: “La limitación para realizar actividades básicas, entre las personas de 50 años y más, presentó mayor prevalencia en las mujeres que en los hombres, con un incremento generalizado de 2018 a 2024. Tanto en mujeres como hombres, las mayores dificultades en 2024 se registraron en acostarse o levantarse de la cama (9.8 y 6.1%, respectivamente) y en caminar (8.1 y 5.4%, respectivamente)”
Aquí conviene hacer una pausa. Si algo ha caracterizado al discurso público reciente es su vocación por la inmediatez. La política mexicana, de cualquier signo, se ha vuelto adicta al corto plazo, a la rentabilidad electoral, a la urgencia mediática. La vejez, en cambio, exige otra temporalidad: una ética de la previsión, de la acumulación, incluso de la paciencia. Y en ese contraste se revela una de nuestras mayores carencias como sociedad.
Así, el envejecimiento se convierte en un problema cuando deja de ser una abstracción. En tanto fue una curva proyectada en gráficos, pudo ignorarse, pero el destino llega puntual, nunca tarde. La experiencia cotidiana de nuestros días está en los sistemas de salud saturados, en los hogares en los que el cuidado recae, una y otra vez, en las mujeres, con el frágil apoyo de pensiones que no alcanzan.
Sin embargo, envejecer no es desaparecer. Es otra forma de presencia social. Una que demanda cuidados, pero también reconocimiento. En condición física, es experiencia vulnerable.
Quizá la pregunta de fondo no sea cuántos adultos mayores hay en México, sino qué tipo de país queremos ser frente a ellos. Porque toda sociedad se define, en última instancia, por la manera en que trata a quienes ya no están en el centro de la productividad, y ahí el dato adquiere una dimensión moral. Y el reflejo de ese espejo es el de un país que envejece sin tener claro cómo acompañar ese proceso.
Pero hay, también, una dimensión cultural que rara vez se discute. Entre la idealización folclórica del “abuelo sabio” y la estadística fría del adulto mayor predomina una ambigüedad.
En otras tradiciones —piénsese en el respeto confuciano por los mayores o en ciertas literaturas europeas en las que la vejez está asociada a la lucidez, situación que no la exenta de conflictos— existe al menos un marco simbólico. Aquí, en cambio, a los viejos se les instala en la casilla de la irrelevancia, salvo para los artefactos ideológicos.
Un marxista vería la encuesta del Inegi como el resultado de cuerpos desgastados por el trabajo y un sistema de pensiones rebasado. Un integrante del movimiento pro vida interpretaría la soledad, viudez o abandono como signos de una crisis de valores comunitarios, por lo que insistiría en el papel de redes familiares frente a un Estado omiso. Un nacional socialista establecería un proyecto para personas “no productivas”. Un neoliberal tendría ante sí un desafío de sostenibilidad, quizás con incentivos para prolongar la vida laboral, es decir, cómo financiar la vejez sin colapsar el sistema.
Lo que cambia es la ética de quien la interpreta. ¿Alguien dijo en éste u otro diario que está de acuerdo con la gentrificación porque su colonia se ve bonita, llena de cafecitos, restaurantes y güeritos?
