Sombras
La confrontación que abrió Felipe Calderón como estrategia de campaña sigue dando resultados en la búsqueda de votos que explotan lo más irracional de nuestra sociedad
Desde hace un par de meses la pugna que ha sostenido el actual gobierno con sus llamados oponentes ha generado aristas que vuelven insufrible cualquier día.
Han sido pocos los discursos en los que no se han lanzado las dianas al blanco del pasado. Si bien sabemos que los sexenios anteriores dejaron este país en terribles condiciones económicas, sociales y de seguridad, la coartada de la actual administración se ha desgastado en muy poco tiempo. Así, cuando los protagonistas del pasado son señalados por López Obrador para adjudicarles culpas y sentencias, se proyecta una sombra bajo la cual se crea un espejismo en el que todo se convierte en una confabulación en contra del progreso del país.
Nos hemos acostumbrado a esta singular estrategia de comunicación, la cual define un estilo que se despliega en todos los medios de comunicación para validar cada una de las acciones del gobierno. No hay día sin que observemos cómo se articula un discurso que no falla porque es sistemático y bien coordinado desde el podio de quien concentra los reflectores a partir de las siete de la mañana: la tribuna del maniqueísmo que reprocha y señala a quienes no son aliados o simpatizantes de la Cuarta Transformación.
Si bien este mecanismo ha servido para tratar de consolidar la imagen del presente gobierno, durante esta semana nos hemos comenzado a percatar que la batalla por las próximas elecciones se comienza a disponer en un terreno peligroso que puede tener graves repercusiones en una sociedad polarizada y, sin duda, amenazada por distintas sombras que convierten el futuro en un nubarrón: la crisis económica y el crimen organizado. Sin perder de vista, claro, el clasismo, el racismo y la intolerancia que se hacen cada vez más visibles en nuestra vida cotidiana.
El camino de confrontación que abrió Felipe Calderón como estrategia de campaña aún sigue brindando resultados en la búsqueda de atraer votos que explotan lo más irracional de nuestra sociedad: el enojo, la ignorancia y el fanatismo político y religioso (por ejemplo, la aparición de FRENA debería de preocuparnos mucho más). El actual gobierno ha comprendido que dicha estrategia le ha funcionado a la perfección y ha buscado consolidarla a través de políticas sociales de clientelismo y paternalismo.
Sin embargo, esto mismo no se puede decir de una oposición que, de tan timorata y opaca, apenas se sabe de su existencia en el paisaje de este país. Luego de ser especialistas en capitalizar esas prácticas electorales, hoy parece que los partidos de oposición tienen la determinación de un barco a la deriva. Por eso, no es difícil llegar a una conclusión: la carrera por las elecciones intermedias necesita de protagonistas que logren contrarrestar las estratagemas electoreras bien aprendidas por todos los partidos políticos.
Es en este contexto en el que aparece la carta Contra la deriva autoritaria y por la defensa de la democracia, firmada por personas que forman parte de distintos ámbitos del conocimiento, de las artes y la academia. La respuesta de López Obrador era predecible: confrontar durante su conferencia mañanera a quienes, finalmente, ejercieron su derecho a la libre expresión, en una democracia como la nuestra, para exponer su crítica al gobierno. Porque es precisamente esta democracia —con toda su imperfección y prácticas como las ya mencionadas— la que permitió la llegada del actual gobierno luego de 18 años de continua campaña.
Un elemento a destacar en el texto es que no hay una oposición real. Ahora bien, en su respuesta, López Obrador, fiel a su estrategia de elemental maniqueísmo, recrimina: “¿Qué acaso no se han enterado que está por llegar extraditado de España, Emilio Lozoya, exdirector de Pemex, quien al parecer presentará pruebas y explicará cómo se lograba el “contrapeso” que pretenden “recobrar” los abajofirmantes (sic)?”.
Luego de leer estas palabras, no cabe duda: Lozoya será un capital político explotado por el gobierno para enfrentar las siguientes elecciones. Se avecina un espectáculo diseñado desde Palacio Nacional en el que la justicia quedará expuesta a las expectativas de una sociedad ávida de culpables y a los caprichos de un proceso electoral que preocupa al actual gobierno.
Y la estrategia presidencial, invariablemente, es y será la confrontación. Sin embargo, nuestra sociedad ha acumulado tanto enojo y frustración a lo largo de los años que ese discurso puede ser lo que inflame los ánimos, más allá de las boletas electorales.
Evitemos las sombras de la violencia.
