Chismoso

“Y entonces la amarraron...” Eso fue lo único que alcancé a escuchar de la plática de dos señoras. Iba yo pasando por ahí y, sin querer queriendo, oí esa frase. Conforme seguía caminando las palabras se repetían en mi cabeza una y otra vez, tanto, que me daban ...

 “Y entonces la amarraron...”

Eso fue lo único que alcancé a escuchar de la plática de dos señoras. Iba yo pasando por ahí y, sin querer queriendo, oí esa frase.

Conforme seguía caminando las palabras se repetían en mi cabeza una y otra vez, tanto, que me daban ganas de regresarme y pedirles a las señoras, de la manera más educada posible, que me contaran el chisme completo.

Pero en esta sociedad en que vivimos eso no es posible, por más que estemos en la era de la comunicación, en donde dicen que las noticias llegan un segundo después de que suceden; que nos podemos comunicar con alguien que está al otro lado del mundo con un aparato que cabe en la palma de nuestra mano. A veces no nos podemos enterar de lo que le pasa al vecino, o como en este caso, de la conversación de personas desconocidas.

Está mal visto ser chismoso, ya lo sé. Pero soy humano. Qué le voy a hacer. ¿De qué estarían hablando? ¿De quién?

Lo primero que me vino a la mente fue que habían secuestrado a una de las amigas de estas señoras, a un familiar, a otra señora igual que ellas. Que la habían tenido amarrada por horas, por días, por semanas. O que la habían asaltado en su casa, que habían entrado a robarle, “y entonces la amarraron” para que no pudiera hacer nada. Como también la habían amordazado, tardaron horas en venir en su ayuda.

Qué triste que eso sea lo primero que me vino a la mente, pero es inevitable, dados los tiempos que estamos viviendo en México. Tantas historias que escuchamos en reuniones, en los noticieros, por todos lados.

Decidí cambiar la realidad. De todos modos, no sabía si eso que me había imaginado, un secuestro o un robo, era “real”.

Así que tenía libertad de imaginar cualquier cosa. ¿Por qué quedarme con la historia más triste?

Las señoras no estaban hablando de una persona; estaban comentando sobre la nueva mascota que le habían regalado al hijo de una de las señoras, una perra que se había convertido en la adoración de todos, pero que, por lo mismo, no la podían controlar.

La perra le saltaba a todo el que entraba en la casa, destrozaba los muebles, dormía con el hijo, a veces hasta con los papás. Nunca la habían amarrado, pero tuvieron que hacerlo porque tenían una fiesta y vendrían personas que no les gustaban los perros (como yo), que nos les gustaba que la perra les hiciera fiestas saltándoles, llenándolos de baba y pelos (como a mí). “Y entonces la amarraron”. Pobre perra, lloraba y lloraba, pero ni modo, así tenía que ser, tenía que estarse quieta para no molestar a los invitados.

No. Creo que no estaban hablando de eso.

Las señoras estaban conversando de la despedida de soltera de una de las hijas de otra amiga, y ahí, a una señora igual que ellas, dos strippers la habían subido al escenario del bar en donde celebraban la despedida.

La pusieron en una silla “y entonces la amarraron...” El stripper moreno, el más guapo, una especie de latin lover, se quitó la ropa con un movimiento experto de su mano y se quedó en calzoncillos, más bien una tanga minúscula que dejaba ver tamaño paquetón. Comenzó a bailarle a la señora amarrada en la silla. Y aunque ésta se moría de vergüenza, la verdad es que se la estaba pasando muy bien.

¿Cómo una sola frase me llevó a todo esto? Me acordé del maravilloso cuento de Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Cuando lo leo, a veces me imagino a un dinosaurio feroz, tratando de comerse a ese que despierta, que está escondido en una cueva, o subido a un árbol. Pero otras creo que es un dinosaurio amigable, que viene siguiendo al dormilón, deseando convertirse en su mascota.

Y entonces la amarraron. Después de divagar tanto, mi mente regresó a la primera opción, la del secuestro, la del robo. Por más que quise darle la vuelta no pude. Quién me manda andar de chismoso.

Sólo espero que a la persona que hayan amarrado ahora esté bien.

O, ¿quién sabe?, con suerte no hubo secuestro.

Ojalá que la señora todavía esté disfrutando de los arrimones que le dio el stripper.

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