Pueblos originarios: un legado milenario que sobrevive al olvido

Pese a que la diversidad cultural es un pilar de la identidad nacional, la discriminación lingüística y la falta de apoyo institucional mantienen a las 68 lenguas indígenas del país en una ruta crítica hacia la extinción

Todas las lenguas indígenas en México y sus 364 variantes están en riesgo; casos extremos como el kiliwa cuentan con apenas tres hablantes.
Todas las lenguas indígenas en México y sus 364 variantes están en riesgo; casos extremos como el kiliwa cuentan con apenas tres hablantes.Ilustración: Erick Retana

Mientras el país presume su diversidad y el mundo admira nuestros textiles y tradiciones, el racismo obliga a los niños a ocultar su lengua por miedo al bullying. Con 68 lenguas indígenas en peligro y maestros voluntarios trabajando sin presupuesto, la identidad mexicana libra su batalla final contra el despojo cultural y el plagio de sus tradiciones.  En comunidades como Ixhuatlancillo, Veracruz, los artesanos se enfrentan a la pobreza y el saqueo de sus diseños ante una legislación que los deja desprotegidos frente al plagio comercial.  

Defienden su lengua contra la discriminación

En vísperas del Día Internacional de los Pueblos Indígenas, la voz de los promotores del náhuatl en Texcoco revela una herida que sigue abierta en México: la discriminación lingüística continúa siendo el principal obstáculo para que los pueblos originarios ejerzan plenamente su identidad. 

Aunque el náhuatl permanece vivo en cuatro comunidades de la zona —Santa Catarina del Monte, San Jerónimo Amanalco, Colonia Guadalupe y Santa María Tecuanulco— su transmisión se sostiene apenas con el trabajo voluntario de 27 maestros que enseñan sin presupuesto, sin plazas y, muchas veces, sin el respaldo de las instituciones que deberían garantizar sus derechos.

Los promotores del náhuatl en Texcoco trabajan sin presupuesto ni plazas, enfrentando el miedo de los niños a ser víctimas de discriminación o *bullying* por hablar su lengua.
Los promotores del náhuatl en Texcoco trabajan sin presupuesto ni plazas, enfrentando el miedo de los niños a ser víctimas de discriminación o bullying por hablar su lengua.Lourdes López

Ellos insisten en que no falta interés. Lo que falta es apoyo. Los padres quieren que sus hijos aprendan el idioma, pero el miedo a la burla, al señalamiento y a la discriminación pesa más que el deseo de conservar la lengua. Ese temor se hereda: niños que hablan náhuatl lo niegan para evitar el bullying; jóvenes que conocen su idioma lo ocultan para no ser etiquetados. 

La vergüenza se vuelve un mecanismo de defensa en un país que presume diversidad, pero que todavía castiga a quienes la encarnan.

Alma Delia Espinoza, fiel promotora indígena, lo explicó claramente: cuando un niño se reconoce en su cultura, cuando sabe de dónde viene y cuál es su raíz, es menos vulnerable a desviarse hacia dinámicas de riesgo. 

El idioma funciona como ancla, como brújula, como un territorio íntimo que sostiene la identidad”, sostiene.

Por eso insiste en que el náhuatl debe estar en las escuelas como asignatura, no como actividad opcional. La ausencia del idioma en el aula refuerza la idea de que es inferior; su presencia, en cambio, legitima a los niños y normaliza su uso.

La contradicción es dolorosa: mientras en otros países se enseñan lenguas indígenas con orgullo, aquí en México los hablantes las esconden. 

Mientras comunidades como Ixhuatlancillo y los nahuahablantes de Texcoco defienden su autonomía a través del arte textil y la enseñanza voluntaria, especialistas advierten que la nueva Ley General de Derechos de los Pueblos Indígenas carece de la suficiencia presupuestaria.
Mientras comunidades como Ixhuatlancillo y los nahuahablantes de Texcoco defienden su autonomía a través del arte textil y la enseñanza voluntaria, especialistas advierten que la nueva Ley General de Derechos de los Pueblos Indígenas carece de la suficiencia presupuestaria.Lourdes López

Extranjeros aprenden náhuatl y lo difunden; niños mexicanos lo callan para evitar la burla. Esa distancia revela el peso del racismo que atraviesa la vida cotidiana de los pueblos originarios. 

Espinoza lamenta que incluso en Texcoco, tierra del gran Nezahualcóyotl, muchos habitantes del centro desconocen que son herederos de una cultura milenaria y de un conocimiento ancestral que hoy se mantiene vivo apenas por cuatro pueblos nahuahablantes.

Los promotores explican que la discriminación no sólo proviene de la sociedad, sino también de las instituciones. Autoridades escolares les han cerrado las puertas bajo el argumento de que “les van a quitar un puesto” o “invadir un espacio”, pese a que su labor no busca desplazar a nadie, sino enseñar el idioma como una asignatura legítima. 

La ignorancia, dicen, sigue siendo un obstáculo tan grande como el prejuicio. A ello se suma el temor de los padres a que sus hijos sean señalados, burlados o excluidos por hablar una lengua originaria.

Aun con estas barreras, los promotores sostienen el trabajo comunitario. 

Además de la enseñanza, brindan apoyo en temas de justicia: cuando en el reclusorio Molino de las Flores se requiere una traducción o interpretación, acuden maestros como Roberto Miranda, quien se ha especializado en acompañar procesos legales para garantizar que los hablantes de náhuatl comprendan y ejerzan sus derechos. La demanda existe, pero el Estado no la cubre.

La labor de difusión también es limitada. No existe articulación entre los hablantes de Texcoco y los de Veracruz, Milpa Alta u otras regiones del país. 

Los encuentros y congresos se organizan por iniciativa propia, como los que realizan junto al maestro Xicoténcatl, pero no hay una política pública que conecte, fortalezca y financie estos esfuerzos. “Hace falta mucho apoyo y mucha promoción”, coinciden.

Todas las lenguas indígenas en México y sus 364 variantes están en riesgo; casos extremos como el kiliwa cuentan con apenas tres hablantes.
Todas las lenguas indígenas en México y sus 364 variantes están en riesgo; casos extremos como el kiliwa cuentan con apenas tres hablantes.Ilustración: Erick Retana

Para Espinoza y los demás promotores, la defensa del idioma es también una defensa de la vida comunitaria. 

Cuando los niños se reconocen como herederos de su cultura, se apropian de sus raíces, de sus costumbres, de sus danzas y de sus comidas. 

Ese reconocimiento, dicen, los aleja de dinámicas de riesgo como adicciones o violencia, porque les da un sentido de pertenencia que los sostiene.

Este 9 de agosto, la situación del náhuatl en Texcoco expone una verdad que atraviesa a los pueblos originarios del país: la discriminación lingüística sigue siendo una forma de violencia que limita derechos, inhibe la identidad y fractura la transmisión cultural. 

La lengua sigue viva, pero vive en resistencia. Y su supervivencia depende, todavía, de quienes se niegan a dejarla morir.

Una minoría que se extingue

En México, sólo 6% de la población habla una lengua indígena, y 21.2% de ellos tiene más de 60 años, lo que evidencia un riesgo de pérdida acelerada de transmisión lingüística. 

El náhuatl sigue siendo la lengua más hablada del país, con 23.6% de los hablantes, pero enfrenta las mismas barreras que el resto de las 68 lenguas indígenas nacionales: discriminación, falta de apoyo institucional y brechas profundas en educación, salud y justicia.

Daniel Sánchez Dórame

El Inegi confirma que 43.2% de los jóvenes indígenas no asiste a la escuela, que el acceso a salud cayó a 65.8%, y que estados con alta población indígena como Chiapas tienen apenas 36.7% de cobertura sanitaria. En Veracruz, donde más de 350 mil personas hablan una lengua originaria, la situación tampoco es alentadora: sólo 63% de la población indígena tiene acceso efectivo a servicios de salud, y casi 40% de los jóvenes de 15 a 17 años están fuera de la escuela, lo que limita la posibilidad de que la lengua se enseñe y se mantenga en espacios formales.

Estas desigualdades explican por qué la defensa del idioma se ha convertido también en una defensa de la vida comunitaria.

Indumentaria, orgullo y motor económico en Veracruz

La indumentaria femenina de Ixhuatlancillo es mucho más que un conjunto de prendas: es un sistema vivo de identidad, economía y resistencia cultural. 

La antropóloga Diana Rodríguez Pérez, investigadora y autora del libro Mujeres Ixhuatecas Nahuas: la indumentaria femenina como expresión de identidad, explicó que este traje —con aproximadamente 70 u 80 años de uso y 40 de arraigo comunitario— funciona como el principal marcador identitario de las mujeres nahuas de las Altas Montañas. 

Lourdes López

En Ixhuatlancillo, donde la danza, las mayordomías o las fiestas no son el eje de cohesión cultural, la vestimenta se convierte en el lenguaje que diferencia generaciones, roles y pertenencias. 

Lo que trabajé fue un estudio sobre la indumentaria femenina y cómo ellas consiguen su identidad a través de las vestimentas”, dijo la investigadora, cuyo trabajo duró seis años.

La autora detalla dos tipos de traje: el de diario, confeccionado con telas sintéticas brillantes y usado por mujeres jóvenes, y el de bayeta, más sobrio y cálido, preferido por mujeres mayores y utilizado en festividades religiosas como el 2 de febrero, día de la Candelaria; el 12 de diciembre, en el que celebra a la Virgen de Guadalupe, y el 2 de noviembre, Día de Muertos. 

Ambos comparten un elemento central: el fondo tejido, elaborado en ganchillo con hilo brillante, donde se plasman flores endémicas, animales, figuras humanas y escenas cotidianas. Este fondo es tan valioso que puede costar entre 2 mil y 3 mil pesos, pues su elaboración tarda de uno a dos meses.

La calidad del trabajo es insuperable y la venta se eleva en temporada festiva. La investigadora explicó que no son pocas las tiendas en la demarcación que ofertan la indumentaria y es parte de la dinámica económica de la región, que es la “puerta” de entrada a la sierra de Zongolica, pues se encuentra justo en la franja de transición entre la zona urbana de Orizaba y el inicio del corredor que sube hacia las Altas Montañas.

La práctica, además, ya no es exclusiva de mujeres: “Hombres tejiendo también se me hizo muy interesante… no tiene que ver con la sexualidad, sino con una situación de ingreso”, explicó Rodríguez Pérez, quien documentó la participación de varones, incluso uno con discapacidad, que ha encontrado en el tejido una fuente de sustento y es muy buscado por el trabajo que realiza.

La indumentaria también sostiene buena parte de la economía local. Ixhuatlancillo cuenta con cinco tiendas de “tela típico indígena”, donde se venden materiales, prendas y trajes completos. 

Lourdes López

Las redes comerciales se extienden a Xalapa, Orizaba y otras ciudades, e incluso abastecen a familias migrantes que viven fuera del estado. En graduaciones, festividades y ceremonias escolares, las niñas y jóvenes usan el traje tradicional como parte de un esfuerzo comunitario por mantener viva la práctica. 

Un detalle que no escapa es que la fertilidad sigue siendo un símbolo de los pueblos originarios. En el caso de las mujeres de Ixhuatlancillo, su indumentaria es clásica pero presenta características que buscan destacar las caderas, los tablones en los faldones (largos en las mujeres adultas y cortos en las más jóvenes que muestran el fondo o refajo) es un detalle que se replica.

Sin embargo, la modernidad también introduce cambios: nuevas telas, bolsas bordadas, encajes guatemaltecos y modificaciones estéticas que resignifican el traje sin romper su vínculo identitario.

Apenas el año pasado platicaba yo con una de las artesanas y ya en vez de ser la bolsa blanca, ya le incluyeron bordados de colores porque así la vieron más bonito… ya están modificada (…) Nuestros pueblos… van cambiando sus usos, sus costumbres y no por eso deja de perder la importancia.”

La investigadora advirtió que la indumentaria enfrenta riesgos reales de plagio y apropiación comercial, por lo que urgió a  registrar y catalogar cada traje, documentar sus técnicas y reconocer la autoría comunitaria para evitar el saqueo cultural y garantizar la preservación del patrimonio textil.

El traje, dijo, es también un símbolo de esfuerzo. En Ixhuatlancillo, la vestimenta no es solo tradición: es identidad y economía, usado por mujeres humildes y por las que destacan en alguna profesión. 

Lenguas indígenas se enfilan a la extinción

En México todas las lenguas indígenas y sus variantes están en vías de extinción, por lo que si no existe un cambio verdadero en las políticas públicas del Estado para la preservación y se aplican las leyes diseñadas para promover su riqueza cultural, principalmente entre los niños de los pueblos originarios, todas están condenadas a desaparecer y con ellas todo un bagaje, advirtió José Luis Moctezuma Zamarrón.

José Luis Moctezuma Zamarrón
José Luis Moctezuma Zamarrón, investigador es licenciado en Lingüística por la Escuela Nacional de Antropología e Historia y doctor en Antropología Lingüística por la Universidad de Arizona.Daniel Sánchez Dórame

El investigador es licenciado en Lingüística por la Escuela Nacional de Antropología e Historia y doctor en Antropología Lingüística por la Universidad de Arizona, tiene más de 50 años de experiencia en el estudio de las lenguas y sus variantes, citó al historiador Miguel León Portilla, al señalar que cuando “muere una lengua, muere todo un sistema de pensamiento”.

En México hay 68 lenguas con más de 364 variantes lingüísticas, todas se encuentran en algún nivel de riesgo de desaparición.

Actualmente, hay al menos 23 lenguas indígenas en alto riesgo de desaparecer, con menos de dos mil hablantes cada una. Casos críticos en el norte y noroeste del Pais incluyen al kiliwa y el cucapá en Baja California, así como la lengua de los Tohono O’odham y el guarijío en Sonora. La pérdida ocurre cuando los adultos hablantes mueren y los niños ya no aprenden el idioma.

El lingüista señala que México ya cuenta con leyes muy bien diseñadas para la preservación y difusión de las lenguas, pero falta aplicarlas; además, dijo que hay varias instituciones, incluyendo al Instituto Nacional de Lenguas Indígenas; al Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas; y la Dirección de Educación Indígena, Intercultural y Bilingüe, todas con esfuerzos muy positivos pero cada una trabajando por su parte, “sin articulación”, además que falta integrar lo más importante, que son los propios hablantes de los pueblos originarios.

Daniel Sánchez Dórame

Los académicos no vamos a dictar qué hacer para salvar a las lenguas en México, vamos a asesorar, primero a los pueblos originarios y después a las instituciones del Estado: que apliquen la Ley, que trabajen en conjunto”, sostuvo,

La lengua kiliwa, del pueblo ko’lew de Baja California, es el idioma indígena de México que se encuentra en peligro crítico de extinción, explicó doctor José Moctezuma, pues sólo quedan tres hablantes.

En contraste, el náhuatl con 1.7 millones; el maya con 775 mil hablantes y el tseltal —variante del náhuatl— en Chiapas, son las tres lenguas con más hablantes en el país; sin embargo, estas también están amenazadas por la falta de una buena transmisión de la lengua de los adultos a las nuevas generaciones.

El doctor es de los fundadores del Grupo de Acompañamiento a las Lenguas Amenazadas, una asociación civil y académica formada por investigadores, lingüistas y activistas. Su objetivo principal es impulsar políticas lingüísticas integrales, frenar el desplazamiento de las lenguas indígenas y promover la revitalización del patrimonio.  

Nueva ley, conjunto de “buenos deseos”

Como un conjunto de buenos deseos que hace mucho énfasis en el territorio, los recursos naturales y la autodeterminación de los pueblos originarios, pero al generalizar que todos los pueblos originarios son iguales, podría abrir distintos frentes para el debate, calificó la historiadora, especialista en culturas indígenas, Zulema Trejo Contreras, a la nueva Ley General de Derechos de Pueblos Indígenas y Afromexicanos.

Esta es una propuesta que actualmente está en proceso de socialización entre los pueblos originarios a nivel nacional, se deriva de la Reforma al Artículo 2do constitucional de 2024, con el objetivo de reconocer a estas comunidades como sujetos de derecho público, garantizando su autonomía, libre determinación y el derecho a la consulta previa, libre e informada.

Daniel Sánchez Dórame

Al hacer un análisis de la propuesta de Ley, la doctora e investigadora del Colegio de Sonora, quien tiene especialidad en la historia política del Siglo XIX en los pueblos originarios, dijo que la legislación busca dar respuesta a sus demandas históricas, pero que una de las fallas que han tenido la nueva y otras reformas en el pasado, es que las personas no indígenas y el Estado, tienen conceptos diferentes, a los indígenas, de lo que es el territorio, los recursos naturales y el auto gobierno.

Aunque hay esfuerzos de las instituciones y leyes desde hace muchas décadas, las leyes no se cumplen y generalmente no se cumplen por esa falta de consenso, entre lo que grupos originarios entienden y lo que el Gobierno entiende por lo mismo”, declaró la doctora.

Como ejemplo, citó las creencias de los Yaquis en Sonora, quienes afirman que su territorio alcanza “todo lo que ven”, el valle, el cielo, la sierra, el mar y el río; pero en el Plan de Justicia para el Pueblo Yaqui, los gobiernos han tratado de poner fronteras a su territorio, límites que no existen en el conocimiento de los Yoremes sobre su territorio.

“La Ley se puede discutir, se puede aprobar, pero así como está, seguramente requerirá muchas reglamentaciones y adecuaciones, un gran problema de ella es que es tendiente a generalizar que todos los pueblos originarios tienen las mismas características y es imposible tratar a todos por igual”, explicó la especialista.

“Nadie puede tener autogobierno si no tiene recursos financieros para ejercer su autonomía, en la iniciativa no hay nada respecto a los presupuestos con los que deberían contar los pueblos originarios y afromexicanos, van a seguir dependiendo del  Gobierno Federal, Estatal y municipal”, agregó la especialista.

La historiadora Zulema Trejo, dijo que la propuesta de Ley General de Derechos de Pueblos Indígenas y Afromexicanos, está planteada como para culturas agrícolas del centro del país, dejando por fuera a pueblos originarios como la Nación Comca’ac.