Betty, artista oaxaqueña que transforma en arte la voz del pueblo negro
La artista gráfica y restauradora recrea la cultura y la fauna de Oaxaca, además de cuidar sus edificios y murales

Alberta Hernández Nicolás da vida, a través de su pincel, a los animales de su región, cocodrilos y armadillos; pero también a la vida cotidiana de su gente, los bailes, los mercados y las costumbres de las familias afros, así como a sus leyendas y mitos.
Betty, como le dicen de cariño, nació el 24 de febrero de 1985 en la comunidad de El Tamal, Pinotepa Nacional, en la costa oaxaqueña. Hoy es reconocida por su trabajo en la gráfica y la restauración, así como por su lucha por visibilizar a las mujeres afromexicanas.

Tras completar la primaria y la telesecundaria abierta del Consejo Nacional de Fomento Educativo en 1999, su pasión por las artes plásticas se consolidó al asistir, en quinto grado de primaria, al primer taller de pintura en el Centro Cultural Cimarrón, en la comunidad de El Ciruelo.
El espacio era dirigido por el sacerdote trinitense Glyn Jemmott Nelson, quien la animó a seguir la carrera de arte.
“Un sacerdote negro era una novedad. Indígenas y negros estábamos acostumbrados a ver sacerdotes blancos. Cuando la gente lo vio, decía que no era sacerdote, que los negros jamás llegaban a serlo”, recuerda Betty sobre su mentor.
El sacerdote, fundador de la asociación México Negro, invitó a las comunidades afros a participar en los talleres de pintura y a utilizar la biblioteca. “Ese era el punto del padre: que la raza negra supiera algo más, no estar todo el tiempo de peón, y reconocernos a nosotros mismos como raza negra”, agrega.
Fue Nelson quien en 2003 hizo posible que Betty viajara a la capital del estado para ingresar a la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Cuatro años después, egresó como instructora de Artes Plásticas.
“A mi paso por Bellas Artes tuve el acompañamiento de maestros como Mario Guzmán, grabador veracruzano radicado en Oaxaca, y Rosendo Pinacho, artista plástico que cuenta con el récord del mural de cerámica más grande realizado por un mexicano en el extranjero”.

Durante sus estudios universitarios, en las vacaciones de verano, la joven artista regresaba a la región para impartir talleres a la infancia de El Ciruelo, Santo Domingo Armenta, La Estancia, El Tamarindo y El Tamal. También participó en una exposición colectiva con el Centro Cultural Cimarrón y mostró su obra en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca.
Desde muy joven, Betty se decantó por la gráfica, disciplina en la que materializa la fauna local –particularmente el armadillo (Dasypodidae)– y la vida cotidiana de las familias afros, a partir de la observación profunda y el rescate de leyendas, mitos e historias en las calles, el mercado, las fiestas y el parque de El Tamal.
“En mi obra siempre resalto que soy orgullosamente negra, pero ni la academia ni la clase política consideran que sea la forma correcta de nombrarnos, por creer que detona discriminación o desprecio. Entonces se acordó llamarnos afromexicanos o afrodescendientes, pero eso es un eufemismo”, señala.
En 2014, por invitación de una compañera, Betty Hernández incursionó en el campo de la restauración, donde desempeña un papel destacado hasta la fecha.
“No sabía qué era la restauración, porque no me lo enseñaron en la escuela. Entré a la restauración de pura casualidad, pero con todo el interés de aprender”, platica.
Hoy, Betty es la única artista afro oaxaqueña que participa en la restauración de templos y murales, especializada en el rescate de edificios históricos y pinturas antiguas.
“Me parece extraordinario analizar los materiales originales, frenar humedades o daños por sismos, limpiar con mucho cuidado y usar técnicas reversibles para devolver la estabilidad y la belleza al patrimonio cultural sin falsear la historia”, resalta.
La generación de artistas que, como Betty, se formó en el Centro Cultural Cimarrón de El Ciruelo, Pinotepa Nacional, ha logrado exponer su obra en distintas partes del país, el extranjero y galerías de la ciudad de Oaxaca.
De la mano del padre Glyn Jemmott Nelson, esta generación impulsó la organización México Negro para mejorar las condiciones de vida de los afromexicanos de Oaxaca y promover el reconocimiento de sus derechos. Esa semilla permitió que la voz del pueblo negro se escuchara por primera vez.