Lo que ocurre realmente es trivial
al lado de lo que pudiera ocurrir.
Robert Musil
A veces todo se resume en elegir una lectura adecuada para identificar las piezas de un rompecabezas que se reinventa cada día. Páginas que terminan por señalarnos un camino que ya ha sido transitado por quienes, en otros momentos, tuvieron que enfrentarse a la maleza y a sus propias sombras. Tinta que dibujó sus temores y que subrayó la importancia de sus palabras ante lo que comenzaban a vislumbrar.
El bullicio, en ocasiones, es la garantía de una sordera generalizada. Poco se puede llegar a entender de las y los demás cuando los murmullos se convierten en el estruendo que golpea nuestra capacidad de escuchar, cuando resulta casi imposible dimensionar el sentido de las palabras. No hay nada nuevo en esta apreciación cuando nos percatamos que estamos rodeados de un constante estrépito en el que se terminan por imponer quienes levantan más la voz, quienes apuestan por la irrupción del griterío que cierra por completo la comunicación. Y, por supuesto, quienes tienen el poder de apagar o encender las bocinas –cuando lo consideren preciso– para que se imponga el silencio que corona los gestos y el eco del poder en turno.
Sabíamos, desde hace muchas décadas, que entre la cortesilla política se manejaba una suerte de estrategia cuyos resultados eran muy efectivos para llenar de ruido la discusión pública. Parecía que entre más discursos y palabrería existieran en el ambiente los puntos más relevantes e importantes que se referían a las problemáticas del país terminaban por diluirse entre el rumor de tantas voces que subían el volumen de sus altoparlantes: la información dependía de pocos medios de comunicación y de quienes terminaban por decidir qué era lo que podía llegar a una sociedad que, en un arrebato de distracción, podía interesarse en esos temas. Sin embargo, la tecnología, como se ha señalado en innumerables ocasiones, rompió ese cerco de cristal en el que la realidad se deformaba con singular ligereza. Curiosamente, en la actualidad dicha accesibilidad se ha llegado a convertir, no sólo en un camino diferente para llegar a la información y observar la realidad con sus galimatías –con la amenaza que implica para el poder en turno la formación de un criterio propio, de un pensamiento crítico–, sino en una efectiva opción de generar tanto ruido como la discordia y la mentira lo permitan. En ese sentido, no podemos dejar de observar que la efectividad de dicha estrategia dependerá de un lenguaje bien determinado y diseñado por el poder, de palabras que se alejen de su sentido primordial para convertirlas en un discurso en el que la realidad es lo de menos, lo más importante es el sentido propagandístico y populista de su retórica.
En efecto, no hay nada nuevo en este proceso cuando en el tan lejano 1938, en algún lugar del centro de Europa, el escritor y periodista llamado Joseph Roth, tuvo la “ocurrencia” de plantear en un manuscrito lo siguiente: “Mes tras mes, semana tras semana, días tras día, de hora en hora, de un instante al siguiente, en este mundo resultará cada vez más difícil expresar lo inexpresable. El círculo de fascinación de la mentira, que los criminales levantan en torno a sus fechorías, paraliza la palabra y a los escritores, que están a su servicio. No obstante, se impone el deber inexorable, que le ha encomendado a uno la gracia, de perseverar hasta el último momento, es decir, hasta la última gota de tinta, de tomar la palabra en el verdadero sentido de la palabra, la palabra amenazada por la paralización. En nuestros días uno debe disculparse si escribe… Y sin embargo tiene que seguir escribiendo…
“Hay que escribir precisamente cuando uno ya no cree que se pueda mejorar nada por medio de la palabra impresa (...) ¿Quién estaría en condiciones de imaginar tamañas monstruosidades, cuando él mismo no las comete? Las monstruosidades que actualmente son difundidas cada día por la radio y por las redacciones del mundo entero. Y menos aún las monstruosidades que una y otras silencian. es monstruoso hasta el hecho de que, lejos de la amenaza, aún pueda uno hundir la pluma en el tintero con toda tranquilidad para informar de esas verdades que a un mundo apático, perezoso, sordo, le gusta calificar de ‘cuentos de terror’, de ‘falsas atrocidades’, en un momento en el que la realidad es una atrocidad de tal índole que ella misma se convierte en un cuento y una verdadera atrocidad resulta un idilio comparado con esa realidad…” (La filial del infierno en la tierra, Acantilado).
No hay mucho qué interpretar acerca de este texto. Así, habrá quienes implementen el gobierno del eufemismo y las piruetas retóricas del engaño y la opacidad, pero la realidad y sus palabras terminarán, siempre, de imponer la contundencia de la verdad. ¿Seguimos leyendo a Joseph Roth?
