Vitoria: 480 años de legado

Por Alejandro Guerrero Monroy*

Francisco de Vitoria fue un fraile dominico que se adelantó a su época. Sus aportaciones a los derechos humanos, a la guerra justa, a la economía y a los límites del poder son invaluables. Es considerado como el padre del derecho internacional moderno y fundador de la Escuela de Salamanca. 

Nació en Burgos en 1483. Su época coincidió con el dominio global de España y el imperio controlaba territorios en Europa, América, África y Asía. Este periodo sentó las bases de la lengua y la identidad cultural española en gran parte del mundo. 

Desde su cátedra en la Universidad de Salamanca, Vitoria transformó por completo el pensamiento de su tiempo. Propuso que el mundo está regido por el “derecho de gentes”, el cual establece que todos los pueblos soberanos son iguales y deben convivir en paz. A través de su obra De Indis argumentó que todos los seres humanos –incluyendo a los indígenas americanos– pertenecían a una comunidad global (totus orbis). Fue así como el teólogo burgalés propuso la idea de totus orbis, sentando las bases del primer ordenamiento jurídico global. 

En lo que se refiere a la regulación de los conflictos entre naciones, desarrolló la teoría de la “guerra justa”, estableciendo que la expansión territorial o las diferencias culturales no son motivos válidos para invadir otros pueblos. Sólo justificaba el uso de la fuerza frente a ofensas graves y bajo estrictos límites morales. 

Esta teoría vendría a ser ampliamente relevante para las relaciones entre países, particularmente en relaciones complejas. Sus reflexiones sobre la beligerancia marcaron un antes y un después en la regulación internacional de los conflictos. Lejos de validar la guerra como un instrumento de expansión, Vitoria estableció que ésta sólo es lícita como último recurso y de manera estrictamente proporcional ante una injuria o agresión grave. 

De esta manera, el padre del derecho internacional enumeró causas restrictivas, dejando claro que el deseo de expansión territorial, las diferencias religiosas o la “gloria del gobernante” jamás justifican una guerra. Además, fue pionero en formular principios humanitarios básicos en contextos bélicos, afirmando de manera contundente que la muerte intencionada de personas inocentes e indefensas es completamente ilegítima. 

El legado político de Francisco de Vitoria resulta particularmente revolucionario por su concepción del poder estatal. Y es que a diferencia de las posturas absolutistas predominantes de su época, argumentó que la autoridad del gobernante no proviene de un “derecho divino incuestionable”, sino que reside fundamentalmente en la propia sociedad. 

“Ningún Estado, dirigente, monarca u organización supranacional tiene carta blanca para atropellar la libertad, la dignidad o la vida de las personas”, argumentaba. Con ello, anticipó la idea moderna de que la legitimidad del poder político depende del respeto irrestricto a las libertades y a los derechos humanos fundamentales. 

La obra del fraile dominico se proyecta hasta el presente. La relevancia de sus ideas es evidente hoy en día, cuando la comunidad internacional aún debate sobre la soberanía de los Estados y la protección universal de los derechos humanos. Más aún, cuando en algunos países democráticos se atenta contra las libertades –como la de expresión y de pensamiento– y los derechos fundamentales. 

Vitoria demostró que la diplomacia y el diálogo internacional deben sustentarse siempre en normas éticas compartidas y el respeto mutuo. Trascendió su época al entender que las relaciones entre los países deben regirse por el derecho. Así, la construcción de un orden mundial justo explica el reconocimiento histórico que el mundo le rinde en la actualidad. 

En el 480° aniversario de su muerte el próximo 12 de agosto, conviene recordar a este gran humanista cuya incansable defensa de la dignidad humana y de los límites del poder sigue sirviendo como faro moral para afrontar los desafíos contemporáneos.

*Politólogo e Internacionalista

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