Añorve se promociona con mentiras
Jorge Añorve, hijo del senador Manuel Añorve, se promociona con tiempo falso en el Maratón de Chicago; foto sin número impide verificar su registro oficial.

En el Maratón de Chicago 2025, más de 53 mil corredores pusieron a prueba su cuerpo y su voluntad. Entre ellos, Jorge Añorve, hijo del senador Manuel Añorve, cruzó la meta con un tiempo oficial de 4 horas, 17 minutos y 50 segundos, según el registro del @ChiMarathon. Sin embargo, se afirmó que Añorve había completado la distancia en 3 horas y 19 minutos. La diferencia no es menor: representa casi una hora de ventaja. Lo más revelador es que en la fotografía publicada, el corredor aparece sin número visible, lo que impide verificar su tiempo en el sistema oficial. ¿Casualidad? ¿Descuido? ¿Engaño deliberado?
En tiempos donde la transparencia es exigida en todos los ámbitos, desde la política hasta el deporte amateur, este tipo de simulaciones no solo resultan ofensivas, sino profundamente reveladoras. El engaño ya no es una travesura: es una estrategia. Y cuando proviene de personajes públicos, se convierte en una afrenta directa a la ética colectiva.

Cuando el engaño corre más rápido que la ética
El caso de Jorge Añorve no es aislado. En México, el episodio más documentado y vergonzoso fue el de Roberto Madrazo, excandidato presidencial del PRI, quien en 2007 fue sorprendido en el Maratón de Berlín cruzando la meta sin haber completado el recorrido. Su tiempo, inverosímil para su edad y condición física, fue desmentido por los chips electrónicos. Madrazo había recortado el trayecto, pero no la ambición. El escándalo fue internacional, y su imagen quedó marcada por una zancada falsa.
Estos casos no son simples anécdotas deportivas. Son síntomas de una cultura política donde el engaño se normaliza, se maquilla, se presume. Borrar el número de competencia, alterar un tiempo, recortar camino, son gestos que revelan una lógica más profunda: la de quienes creen que la verdad puede editarse, que el mérito puede simularse, que el reconocimiento puede comprarse.
Pero el cronómetro no miente. Y la ciudadanía tampoco. Hoy, más que nunca, el escrutinio público es feroz. Las redes sociales, los registros digitales, la memoria colectiva, hacen que cada paso, literal y simbólicamente, quede documentado. El engaño ya no se oculta: se exhibe. Y se castiga, aunque sea socialmente.
En una época donde se exige autenticidad, los personajes públicos que recurren al fraude, por mínimo que parezca, se exponen a algo más grave que la crítica: la pérdida de credibilidad. Porque en el deporte, como en la vida pública, no basta con cruzar la meta. Hay que recorrer el camino completo. Sin atajos. Sin ediciones. Sin borrar el número.
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