La IA descubre lo que el corazón esconde
El especialista mexicano Francisco López-Jiménez encabeza un proyecto en EU para predecir infartos ocultos en personas con apariencia delgada, pero con grasa visceral que los pone en riesgo

Una persona aparentemente delgada podría tener el mismo riesgo de un infarto que alguien con obesidad. Hoy sabemos que la báscula y el índice de masa corporal (IMC) son insuficientes para revelar cuánta grasa acumulamos o qué daños provoca en el cuerpo.
Es posible tener un peso considerado “normal” y, simultáneamente, acumular grasa visceral, perder músculo y desarrollar alteraciones ocultas que ponen al corazón en peligro.
Parte del peligro suele esconderse alrededor de los órganos. La grasa que rodea al corazón, por ejemplo, está lejos de ser inofensiva: es un tejido que produce sustancias inflamatorias que a su vez endurecen las arterias y terminan por obstruirlas.

Para entender el daño, hay que ubicar dónde se esconde esta grasa: una capa abraza directamente al músculo cardiaco por fuera, mientras que otra envuelve a las arterias coronarias, bloqueando justo los canales encargados de llevarle sangre y oxígeno.
Hasta ahora, cuantificarla requería que un especialista revisara las tomografías manualmente, un trabajo minucioso de media hora que frena su aplicación en las consultas diarias. Sin embargo, una investigación liderada por un médico mexicano comienza a utilizar inteligencia artificial para medir esa grasa en segundos, lo que permitiría identificar riesgos que hoy pasan inadvertidos.
El algoritmo analiza estudios que los pacientes ya se realizaron y ayuda a identificar quién podría desarrollar una enfermedad cardiovascular, incluso más allá de factores conocidos como hipertensión, diabetes o tabaquismo.
Delgado por fuera, gordo por dentro
Detrás de esta investigación está Francisco López-Jiménez, cardiólogo mexicano formado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Guanajuato, en León, y hoy uno de los referentes en cardiología e inteligencia artificial de la Clínica Mayo, en Estados Unidos.
No es la primera vez que pone en duda algo que la medicina daba por sentado: años atrás ya había derribado la idea de que verse delgado equivale a estar sano. Su propio trabajo ayudó a demostrar que alguien con un IMC ideal, pero con mucha grasa y poco músculo, puede morir por causas cardiovasculares con la misma frecuencia que una persona con obesidad clínica.

En algunos lugares ya le pusieron nombre al fenómeno: le llaman TOFI —delgado por fuera, gordo por dentro—. “Esa observación ha sido capturada ya con diferentes grupos y diferentes países”, dice López-Jiménez. “Hay bastante ciencia que apoya ese principio”.
La razón de este fenómeno es que el cuerpo no reparte la grasa al azar ni de manera inofensiva. Cuando se acumula en los lugares equivocados —aislando al corazón, infiltrándose en el hígado o acumulándose entre los intestinos—, deja de ser una simple bodega de energía. Se transforma en un intruso: un nuevo “órgano” que fabrica su propia inflamación.
Esta grasa, advierte López-Jiménez, es la verdadera culpable de que las alarmas se disparen, incluso en quienes lucen saludables frente al espejo. Además, la que se esconde en el abdomen es metabólicamente hiperactiva, lo que la vuelve mucho más inestable para el organismo.
La edad que esconde el corazón
Fue esta misma sospecha sobre los límites de la vista humana lo que llevó al equipo a un descubrimiento inesperado: al entrenar un algoritmo para detectar insuficiencia cardiaca leyendo electrocardiogramas, intentaron afinar la herramienta agregando la edad y el sexo de cada paciente. El modelo no mejoró ni un solo punto. La razón era fascinante: la máquina no necesitaba ayuda.
Eso quiere decir que el modelo ya sabe, ya tiene esa información”, detalla el cardiólogo.
Sin necesidad de que los médicos le introdujeran esos datos, el algoritmo ya deducía el sexo del paciente rastreando únicamente las señales eléctricas, y arrojaba un cálculo de su edad biológica sorprendentemente cercano a la realidad.

Eso no fue todo, hubo otra revelación más importante, pues al cruzar los cálculos de la máquina con los hábitos diarios de los pacientes, el equipo descubrió un patrón innegable: si la persona fumaba o no hacía ejercicio, el algoritmo le sumaba años; si era activa, le restaba.
La máquina no se equivocaba de calendario: estaba descifrando el desgaste real del corazón. La prueba irrefutable llegó al observar el desenlace clínico de esos casos: aquellos a los que el algoritmo les detectó un corazón prematuramente “envejecido”, tenían una tasa de mortalidad mucho más alta.
La muerte es la consecuencia más obvia del envejecimiento”, resume en entrevista Francisco López-Jiménez.
El cardiólogo mexicano explica que existen amenazas en nuestro interior que ni la vista humana ni los criterios médicos clásicos alcanzan a detectar, es por esto que aplicando esta misma lógica el equipo de López-Jiménez diseñó su más reciente herramienta: un algoritmo que lee tomografías y cuantifica en segundos la grasa que envuelve el corazón.
Hoy, este dato es capaz de predecir quién sufrirá un infarto con mucha mayor precisión que los viejos conocidos del riesgo cardiovascular, como la diabetes, el cigarro o la presión alta.
Revertirlo con precisión
La gran paradoja de este avance es que, aunque la inteligencia artificial ya puede medir la amenaza, la medicina todavía no sabe cómo desactivarla a la medida. No hay rutinas de ejercicio que eliminen la grasa de un órgano específico, y no hay certeza de si los revolucionarios medicamentos GLP-1 lograrán que sea justamente esa coraza alrededor del corazón la primera en desvanecerse.
Ni siquiera se sabe con certeza qué reglas biológicas dictan la ruta de salida de la grasa cuando bajamos de peso.
“Eso no se sabe, y es una buena pregunta”, admite López-Jiménez. “Vamos a ver qué se hace”.
Por ahora, la ciencia ya sabe ver el peligro antes de que llegue al corazón, ahora, falta enseñarle cómo deshacerse de él.