Daniel Ortega, el dictador nicaragüense, se ha encargado en días recientes de darle visibilidad a la impúdica condición antidemocrática del régimen que él y su esposa, Rosario Murillo, mal dirigen. En un discurso que pronunció con motivo del 47 aniversario de la Revolución sandinista que el 19 de julio de 1979 derrocaría a la dictadura que, por más de 40 años, mantuvo a Anastasio Somoza Debayle en ese país, y reveló en una frase que consolida su autoritarismo: “aquí no volverá a haber elecciones”. La sentencia desenmascara a una tiranía que había cancelado ya la realización de elecciones libres en Nicaragua y le impone a este país un recorrido de no retorno en la triste historia democrática de las Américas. Ya antes, Ortega y Murillo pervirtieron los procesos electorales e impusieron fraudes, encarcelando opositores, y despojando de sus derechos políticos a cientos de disidentes, siendo el caso más notorio y flagrante el de las presidenciales en 2021, cuando él y su esposa se impusieron por última vez en la presidencia, a la que según los cambios institucionales impuestos por Ortega a un Legislativo abyecto, tienen derecho ad eternum. Ortega y su copresidenta han dominado el espectro político con violencia y represión mostrando su rostro tiránico, al exiliar, despojar de sus propiedades y de su nacionalidad a cientos de nicaragüenses, entre los que se encuentran el gran escritor Sergio Ramírez, premio Cervantes y académico de la lengua, la escritora Gioconda Belli o el periodista Carlos Fernando Chamorro, entre muchos más que han sido perseguidos por sus ideas, tales como distintos representantes de la Iglesia y de la oposición política, a los cuales Ortega acusa de proyanquis. Se calcula que Ortega ha despojado de la ciudadanía nicaragüense a más de 400 ciudadanos hoy exiliados.
Esta faceta de su trayectoria política era ya conocida. Ortega arengó contra la intervención estadunidense en Nicaragua, una de las más perversas que ha cometido Washington en toda su historia. Es célebre la frase de Lyndon B. Johnson cuando se refirió a Somoza: “Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. De ese tamaño eran las contradicciones de Estados Unidos en su presencia en la subregión centroamericana. Y la respuesta fue la ofensiva guerrillera contra Somoza, el hombre de Washington, encabezada por Ortega y otros guerrilleros de la época. De 2021 para acá, y quizás antes, Ortega se convirtió en lo que combatió: un tiranuelo de baja estofa. Es por eso que hoy su discurso antiimperialista, cimentado sobre miles de muertos y desterrados, resulta una grotesca caricatura de sí mismo. Ortega y su parlamento han recurrido a esa narrativa para acusar a la oposición democrática de entreguista a los intereses de EU. Se trata de una falta de imaginación y talento político clásico de la izquierda radical en este desolado continente, esto de recurrir a semejante discurso para justificar su fracaso político. Reprimió y sigue reprimiendo a cualquier voz que disienta. Y como estratagema los acusa de aliados de los imperialistas estadunidenses y los condena como traidores a la patria, los procesa y encarcela o los expulsa de su patria.
Son escasas las expresiones de creatividad democrática entre regímenes como el de Nicaragua, Cuba o Venezuela y hoy el de México en forma por demás cercana y creciente. Se trata de una izquierda abiertamente antidemocrática que llega al poder, con la excepción de Cuba, a través de elecciones para luego proceder a la destrucción del sistema democrático y del propio sistema electoral que en un principio les dio cierta legitimidad. Esta declaración de Ortega disminuye su estatura como estadista y preocupa ver cómo el gobierno mexicano calla ante la deriva totalitaria del régimen nicaragüense. No sólo eso, al cinismo de Ortega, siguió el del embajador mexicano en Nicaragua, Guillermo Zamora Villa; la carta de felicitación de éste no ha sido desautorizada por Sheinbaum ni por el canciller. Se trata de una oda vergonzosa a los “compañeros” Ortega y Murillo. El embajador les dice en su carta de felicitación por el aniversario de la Revolución: “Aprovecho esta oportunidad para expresarles como siempre mi cariño y admiración por nuestro hermano gobierno de la República de Nicaragua, que está muy bien representado por ustedes como gobernantes”. ¿Fue espontáneo o fue un encargo del gobierno de México para impresionar a sus audiencias? Valdría una aclaración de Estado por este desfiguro y, además, se impone una definición de la postura mexicana frente al arrebato dictatorial de Ortega y Murillo.
