Como ginecólogo, a lo largo de muchos años de ejercicio clínico ininterrupido, he tratado a muchas mujeres en la etapa normal de la vida que llamamos perimenopausia. Especialmente durante los años en los que formé parte de la clínica de perimenopausia del Instituto Nacional de Perinatología, hoy de luto por el reciente fallecimiento de un exdirector, el doctor Roberto Ahued, he podido apreciar la parte profundamente disfrutable de tratar en consulta a ese enorme y creciente grupo de mujeres.
En muchos sentidos se encuentran más allá del bien y del mal, me explico: a esa edad, en la que son jóvenes todavía, tienen energía para el desempeño y las ocupaciones diarias de la vida, conservan su belleza física, pero ya saben qué esperar de ella y la mayoría ya transitaron por largas relaciones sentimentales con todos sus altibajos, ya vieron crecer a sus hijas e hijos contemplando con satisfacción su integración plena a la sociedad, y también saben de sobra qué pueden esperar de los varones y hasta qué punto van a cumplir.
Entienden también acerca de las responsabilidades básicas de todas las personas en todos sentidos, incluyendo el cuidado de su propia salud, han visto fallecer a familiares y amigas, a veces por imprudencias o enfermedades, pero en otras ocasiones debido a descuidos de su salud individual. Para ellas eso ya no es un discurso vacío, el del autocuidado y la responsabilidad personal en lo referente a su salud; desde luego ese escenario representa una enorme ventaja para nosotros los clínicos en términos de subrayar la responsabilidad compartida de los tratamientos que les prescribimos.
En este espacio he subrayado con frecuencia que la menopausia es un fenómeno natural acompañado por diversos síntomas con muy diferentes intensidades, dependiendo del estilo de vida y la carga genética de cada mujer.
Existe, desde luego, un gran grupo que requiere tratamientos hormonales, pero simultáneamente es el inicio de la presentación de las enfermedades crónicas como la hipertensión, la diabetes mellitus o diversos tipos de cáncer. Algunos de estos padecimientos contraindican total o parcialmente el uso de los hormonales, y pongo un ejemplo concreto.
La mujer con hipertensión, en principio, no debe recibir hormonales, porque representan riesgo de trombosis o eventos vasculares, pero si ella tiene bajo control estricto sus cifras tensionales, sostiene un estilo de vida saludable permaneciendo en su peso y haciendo ejercicio diario, puedo compartir el riesgo con ella si le explico las ventajas, desventajas y riesgos y sea ella quien tome la decisión final en torno a este tratamiento.
Desde el punto de vista médico es mi obligación sugerir el hormonal de menor dosis posible durante el menor tiempo que resulte indispensable, y subrayar las condiciones bajo las cuales el tratamiento debe ser inmediatamente suspendido.
Si la mujer fue sometida a cirugía ortopédica, que implica largos periodos de inmovilidad, no debe utilizar ningún hormonal de remplazo. Por supuesto, es muy importante, bajo esas condiciones, confiar en ellas al igual que ellas confían y ponen su salud y su vida en nuestras manos. Es otra expresión patente del principio de autonomía en bioética.
