Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima.
Italo Calvino, Por qué leer los clásicos
Existe un antiguo dicho muy común que nos remonta al llamado mundo clásico grecolatino, una de las etapas que siguen alimentando nuestra imaginación y creatividad, además de ser el fundamento de gran parte de nuestras culturas. No es extraño encontrarnos con la frase “fronte capillata, post est occasio calva” que, en términos más conocidos, puede remitirnos al dicho “la ocasión la pintan calva”, el cual hace alusión directa a la diosa romana conocida como Ocasión (Occasio), quien era descrita como un personaje femenino y alado de extraordinaria belleza que tenía la peculiaridad de tener una suerte de flequillo que contrastaba con el resto de su cabeza que era completamente calva y que se mantenía con las puntas de los pies sobre una rueda. Así, podemos deducir que la ocasión, en sí misma, es fugaz y volátil.
En ese sentido, durante estos días, nos hemos encontrado en muy diversas conversaciones a cerca de una película que ha llamado la atención de tirios y troyanos –caray, nunca tan bien empleada esta frase–, motivando a discusiones de carácter cinematográfico, numerosos ejemplos de boxeo de sombras con los prejuicios y, a fin de cuentas, apelando a un texto cuyo origen se remonta a unos tres mil años de distancia. En efecto, todo esto ha provocado el estreno de la película La Odisea, dirigida por Christopher Nolan, que nos ha permitido recordar la dimensión de lo que solemos llamar un clásico en la literatura. Y vaya que tenemos la ocasión para hablar de esas historias, de sus personajes, de aquello que ha motivado a muy diversas sociedades, a través de los siglos, a reinterpretarlas y a dialogar con sus intenciones.
Más allá de quedarse empantanado en discutir acerca de la dimensión “histórica” de estos relatos de carácter mitológico, este tipo de obras cinematográficas son como una ventana en la que se pueden asomar quienes tengan la curiosidad de preguntarse acerca del origen de textos como La Ilíada o La Odisea, que abran las puertas de un universo lleno de personajes e historias que nos continúan hablando de lo humano en todas sus facetas, desde las honduras de su reflexión acerca de la muerte y la destrucción, hasta los gestos más entrañables por la sencillez de la ternura. Seres humanos que modelaron a sus héroes, dioses y diosas, a sus propios monstruos para hablar acerca de la fatalidad y la osadía de los seres humanos ante la inminencia de sus propios destinos: seguimos hablando de la incertidumbre en tiempos convulsos, de la guerra y su poder destructivo, de los caprichos y el poder, de la gran Penélope y su propio viaje a la memoria que permanece viva en cada hilo que prefigura la esperanza, del ensordecedor canto de las sirenas que enloquece al más atemperado carácter, de la fidelidad y la angustia. Tanto y más que, durante estas semanas, se ha proyectado a través del lenguaje cinematográfico como una adaptación del gran viaje de Ulises.
Ya se encargarán los expertos en analizar los aspectos técnicos de la película si cada miembro del reparto desempeñó acertadamente su papel dentro de la historia. En lo personal mi valoración, en casi todos esos aspectos es más que positiva. Aunque debo entender que, mi entusiasmo también radica en la oportunidad de plantear un nuevo acercamiento a lecturas tan añejas, pero siempre actuales, como pueden ser La Ilíada y La Odisea, a motivar el encuentro con nuevas y nuevos lectores que puedan hallar esa pequeña puerta que les permita adentrarse a las culturas grecolatinas, a sus textos, a sus expresiones artísticas. En ese sentido, no todo es trabajo de quien dirige o proyecta una película: es cuestión de invitar a que se encuentren los medios más adecuados para que los aedos y los bardos resuenen en nuevas sensibilidades.
No han faltado quienes, por cuestiones comerciales o por el simple amor a la promoción de la lectura –claro, sin que se haya echado de menos a la pedantería academicista o narcisista–, han compartido sus sugerencias de lecturas complementarias a la experiencia cinematográfica de La Odisea, que parte precisamente de leer dicho texto, hasta remitirnos a Sófocles, Eurípides, Los Argonautas y autores más contemporáneos como Álvaro Cunqueiro, Roberto Calasso, Madeline Miller y muchos otros. Quizá, para sumar un poco a estos nuevos aires de los clásicos, te quisiera sugerir que te embarques en el poema Ítaca del gran Constantino Cavafis, que puedes leer de forma libre en el sitio de Material de Lectura de la UNAM, para que resuene en tu cotidiano que “(...) con la sabiduría ganada, con tanta experiencia,/ habrás comprendido lo que las ítacas significan”.
Que sea la ocasión de un estupendo viaje a bordo de nuevas embarcaciones, a pesar de las tormentas que azotan a nuestro país y al mundo.
