Drones y antidrones: la nueva frontera de la seguridad aérea de baja altura
Los drones dejaron hace tiempo de ser simples juguetes tecnológicos o herramientas para la fotografía aérea. En México, su presencia se ha desplazado hacia un terreno más complejo y perturbador. En Michoacán y Sinaloa se han documentado ataques con drones equipados con explosivos; en la frontera norte, la detección de aeronaves no identificadas ha activado alertas que han llegado incluso al cierre preventivo del espacio aéreo, como ocurrió recientemente en El Paso, Texas.
Los hechos, documentados por Excélsior, dibujan un escenario que obliga a mirar más allá del titular inmediato.
La pregunta ya no es si los drones pueden representar un riesgo, sino cómo funcionan las tecnologías diseñadas para contrarrestarlos y por qué su uso está estrictamente regulado.

El funcionamiento de un dron es, en esencia, un diálogo invisible. La mayoría de los modelos comerciales y semiprofesionales se comunican mediante frecuencias de radio —principalmente en las bandas de 2.4 y 5.8 gigahercios— y dependen de sistemas de posicionamiento satelital, como el GPS, para orientarse, estabilizarse y regresar a su punto de origen.
Por esas señales viajan las órdenes de vuelo y las imágenes en tiempo real. Son la base de su eficacia, pero también su mayor vulnerabilidad.

Las tecnologías antidron no disparan proyectiles ni buscan destruir físicamente la aeronave. Su lógica es otra: interrumpir ese diálogo.
El jammer, quizá el dispositivo más conocido, funciona como un apagón electromagnético. Inunda el espectro radioeléctrico con ruido, bloqueando simultáneamente las señales de control y de navegación dentro de un área determinada. Es una solución eficaz, pero rudimentaria. No distingue entre un dron hostil y otros sistemas que dependen de las mismas frecuencias, lo que implica riesgos evidentes para comunicaciones civiles y navegación aérea.

La pistola antidron opera con una lógica distinta. En lugar de saturar todo el entorno, concentra la interferencia en un punto específico. El operador apunta al dron y corta su enlace con el control o con el GPS.
No lo derriba; lo deja sin instrucciones. A partir de ahí, el comportamiento depende del propio dispositivo: algunos regresan automáticamente a su punto de despegue, otros descienden de emergencia. Su ventaja es la precisión. Su límite, el alcance y la necesidad de contacto visual directo.

Ni una ni otra tecnología es inocua. Interferir señales en el aire conlleva consecuencias difíciles de anticipar: un dron puede caer fuera de control en una zona poblada, afectar infraestructuras críticas o interferir sistemas legítimos de comunicación.
Por esa razón, su uso está reservado a fuerzas de seguridad y autoridades del Estado. En la mayoría de los países, interferir señales radioeléctricas sin autorización es un delito.

A este cuadro se suma un elemento decisivo: los drones han evolucionado más rápido que las defensas tradicionales. En conflictos recientes se han observado dispositivos capaces de operar con rutas preprogramadas, sin enlace constante con un operador; otros cambian de frecuencia de manera continua o utilizan navegación visual e inercial, reduciendo su dependencia del GPS.
En ese contexto, el jammer clásico pierde eficacia. La defensa deja de ser un gesto puntual y se convierte en una estrategia por capas: detección temprana, seguimiento, interferencia selectiva y, en última instancia, neutralización.

Para el sector privado, el margen de acción es claro: detectar, no neutralizar. Sensores de radiofrecuencia, radares de baja altitud y sistemas ópticos permiten identificar drones y activar protocolos de seguridad en coordinación con las autoridades. La intervención directa queda fuera de su alcance legal.
La discusión de fondo no gira en torno a derribar drones, sino a cómo gestionar un espacio aéreo de baja altura cada vez más accesible, saturado y estratégico. En esa gestión se juega una parte creciente de la seguridad contemporánea, lejos del espectáculo tecnológico y más cerca de la regulación, la prevención y la inteligencia.
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