La paradoja del Viagra

Dos artistas geniales que se enfrentan a la mengua de la potencia sexual con diversas actitudes. En ninguno hay resignación. Lo que hay en Buñuel es alivio: fue derrocado el tirano despiadado e incansable, omnipresente, que ya lo dejaría en santa paz. En Sabines hay rebeldía: ansía llegar a los ochenta sin que las ocho décadas disminuyan, debiliten o desaparezcan su vigor erótico.

Rafael Pérez Gay advierte: “Entre la catedral y la luz suelen ocurrir vidas enteras, deflagraciones de la emoción, paraísos inenarrables, en fin, alocados huracanes de la pasión humana debidos a la fuerza indomable del sexo. Ni siquiera Sigmund Freud, una de sus más famosas y tristes víctimas, pudo con él; la derrota freudiana fue tan espectacular que el doctor de Viena tuvo que inventar el psicoanálisis” (Diatriba de la vida cotidiana, Cal y Arena). Así es. ¿Qué tal si hoy, a dos días del Día de San Valentín, conversamos acerca de qué pasa cuando las fechorías de Cronos afectan esos alocados huracanes de la pasión humana? Es saludable descansar de vez en cuando de los temas políticos, hoy tan lamentables en nuestro país.

El cineasta Luis Buñuel escribió en sus memorias Mi último suspiro (Taurus) que una de las cosas que más le agradecía a la vejez era haber derrocado a ese tirano que gobernó su vida sin piedad y sin descanso: el sexo. En cambio, el poeta Jaime Sabines se dirige a Dios diciéndole: ¿Por qué me disminuyes? / Yo no quiero aprender de tu sabiduría. / Yo quiero el falo erecto, pero erecto, / para entrar a la hora precisa / en el dulce terrón de la tierra dulce. / ¡Concédeme vivir entero / hasta los ochenta!

Dos artistas geniales que se enfrentan a la mengua de la potencia sexual con diversas actitudes. En ninguno hay resignación. Lo que hay en Buñuel es alivio: fue derrocado el tirano despiadado e incansable, omnipresente, que ya lo dejaría en santa paz. En Sabines hay rebeldía: ansía llegar a los ochenta sin que las ocho décadas disminuyan, debiliten o desaparezcan su vigor erótico. El cineasta da la bienvenida a una vejez exenta de deseos lúbricos. El poeta suplica que la edad avanzada no sea impedimento para los placeres del concúbito. Su anhelo es equivalente al nostálgico de Herman Melville: “¿Quién me devolverá tu alegría, tu temblor, tu palpitar? Viejo océano, déjame sentirte, déjame cabalgarte de nuevo”.

Para Buñuel no hubo problema ni bronca: agradeció la labor apaciguadora del devenir del tiempo. El ocaso de su vida trascurriría libre de los ángeles y los demonios de la lubricidad. En contraste, Sabines se revolvió contra la conspiración de los años acumulados. Entonces no estaba disponible el Viagra, la pastilla milagrosa que exhorta al alicaído guerrero con un “¡levántate y anda!”, y desafía las leyes de la gravedad.

Esa pastilla ha sido un éxito comercial, no siempre erótico. En ocasiones puede ser también el mayor enemigo sexual de la mujer, como observa la periodista Marita Alonso (El País, 27 de julio de 2025). Si bien ayuda a mejorar la circulación farmacológicamente, la erección no está garantizada, lo que puede lastimar la autoestima del varón, y algunas mujeres pueden sentirse presionadas, si su pareja la ha tomado, a mantener relaciones poco placenteras o incluso dolorosas por no tener una lubricación del todo favorable, lo que ocasiona que el coito sea complicado.

En su libro Sexopausia (Vergara), la sexóloga Laura Cámara explica que perpetuar una sexualidad muy coital cuando la erección es un problema y la sequedad, la falta de lubricación y el dolor están presentes, puede conducir a un callejón sin salida. No es irremediable: a ciertas edades la pareja, que está experimentando cambios, es capaz de adaptarse y generar relaciones sexuales placenteras sin necesariamente llegar al coito.

En una encuesta de la revista de Oprah Winfrey entre más de 400 mujeres cuyas parejas consumían Viagra, 42% manifestaron que se oponían a su uso porque se sentían menos excitadas o menos deseables. Es que el encuentro sexual debe fluir como un mar en calma, sin presión, espontánea y gozosamente.

El deseo erótico se agota en algunos casos a edades tempranas y en otros subsiste más allá de los 80 años, que eran la meta de Sabines. En este último caso, la aspiración de Melville de cabalgar de nuevo al océano puede hacerse realidad, pero quizá la cabalgata tenga que ser distinta, y aun así hay que saber disfrutarla.

Es improbable que en la vejez presumamos un atributo como el de Príapo o mantengamos la potencia sexual de Matusalén, que procreó hijos después de cumplir los 187 años. Pero, aun viejos, no le demos la espalda, si nos apetece y sólo si nos apetece, a las delicias eróticas, las únicas aptas para hacernos alcanzar, en éxtasis, las estrellas.

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