Vivimos la hora de la confusión (…) era difícil distinguir dónde estaban los falsos y dónde los sinceros
Andrés Iduarte
Por causas bastante vergonzantes, deshonrosas, Tabasco, como nunca en su historia ha sido noticia.
A veces la memoria ayuda más que la historia. Tabasco tuvo periodos de un quehacer político civilizado con continuidad en las acciones de gobierno. Su evolución no fue tersa. Después de la convulsa etapa garridista, inició un proceso de institucionalidad en la lucha por el poder interrumpido en 1988. A partir de ese año, todos hemos sido partícipes de la condescendencia, a pesar de las claras señales de la descomposición social en todos los órdenes.
De 1959 a 1987, gracias a un Ejecutivo con poder concentrado, partido hegemónico, clase política disciplinada, administrando presupuestos holgados a causa de las participaciones correspondientes a la explotación de hidrocarburos, hubo gobernabilidad y desarrollo.
A finales de 1987, Enrique González Pedrero renuncia a la gubernatura para incorporarse a la campaña de Carlos Salinas de Gortari. Le escuché decir: “Entrego un estado que es una balsa en una laguna de aceite. Todo está bajo control”. Meses después la situación se complicó.
Años atrás, el 15 de agosto de 1983, al presidente estatal del PRI, Andrés Manuel López Obrador, nueve de los 17 presidentes municipales lo acusaron de interferir en sus funciones, exhibiéndolos ante militantes del partido como si fueran sus empleados. González Pedrero lo reprendió con severidad en una ríspida reunión. Le dijo al belicoso dirigente palabras que, como dicen historiadores y poetas, son dignas del recuerdo: “No estás en Cuba, Andrés Manuel, te excedes en tus tareas de líder partidista”. Lo designó Oficial Mayor de Gobierno, cargo que no asumió.
Retornaría a Tabasco en julio de 1988, después de la cuestionada elección presidencial. Convencido por Graco Ramírez Garrido y con el beneplácito de Cuauhtémoc Cárdenas, fue candidato a la gubernatura por el Frente Democrático Nacional.
Desde entonces, nuestra entidad ha vivido en el desasosiego, el desencuentro, la confrontación cotidiana. Pasamos de ser el “laboratorio de la Revolución”, como lo señaló Lázaro Cárdenas en 1934, al “laboratorio del colapso”, autoría de Andrés Manuel López Obrador.
Un gobernador que no termina su periodo (Salvador Neme); la campaña más costosa con documentos probatorios (Roberto Madrazo); bloqueos de pozos, huelga de pagos del servicio eléctrico con un adeudo descomunal; la primera elección estatal anulada (Manuel Andrade), procesos penales contra personajes de la vida pública; a partir de 2012, el mando indiscutible del “machuchón de los machuchones”; burocracia crecida y pesada herida en sus derechos adquiridos; obras públicas innecesarias, costosas con daños colaterales; lucha por el poder preñada de tráfico de influencias; una oposición avasallada (28 diputados de Morena y aliados, y siete de oposición); pleito a navaja libre en el partido gobernante; economía descalabrada, servicios ineficientes, empezando por la seguridad, etcétera, etcétera.
Mi compañero en estas páginas, Pascal Beltrán del Río, comparó la evolución política y económica de su estado (Chihuahua) con Tabasco. En 1980, el segundo tenía un Producto Interno Bruto superior en 34%; en 2020, era inferior en 16%. La riqueza está más inequitativamente distribuida en mi estado; los empleos informales alcanzan dos terceras partes de la población económicamente activa en comparación con un tercio de la entidad del norte. Aunque son muchas las causas, se confirma que los pueblos que enfrentan las adversidades progresan más que los beneficiados por los programas sociales y no como consecuencia del esfuerzo humano.
Queda claro que “la organización social y las políticas públicas” son determinantes. De lo expuesto se desprende una lección. El buen gobierno es un sistema de virtudes: el gobernante para corregir, el ciudadano para analizar a los candidatos y no elegir a irresponsables. Sencillo, pero difícil.
