¿Y los asesores, Clarita?

La ciudad tiene grandes y graves problemas, pero se prefiere destinar atención y recursos a proyectos fallidos, innecesarios o no urgentes, como las cien “utopías”, que pudieron esperar a que pasara el Mundial. Agreguemos el absurdo carril bicicletero en una vía ya saturada como la calzada de Tlalpan, mientras en toda la ciudad siguen presentes problemas como los baches...

Hay que insistir en que Clara Brugada es una mujer de trabajo, una funcionaria sensible a las necesidades de sus gobernados, como lo demostró en Iztapalapa. Pero todo indica que ahora, al frente de un conglomerado tan complejo como la Ciudad de México, sus asesores no han cumplido con darle la información necesaria para tomar sus decisiones, ya sea por ignorancia sobre el tema o tal vez porque nadie quiere contrariarla.

El resultado es que la ciudad tiene grandes y graves problemas, pero se prefiere destinar atención y recursos a proyectos fallidos, innecesarios o no urgentes, como las cien “utopías”, que pudieron esperar a que pasara el Mundial de Futbol. Agreguemos el absurdo carril bicicletero en una vía ya saturada como la calzada de Tlalpan, mientras en toda la ciudad siguen presentes problemas como los baches, la anarquía del cableado, un tránsito paralizante o la asquerosa imagen de los camiones de basura.

Todos esos problemas los hemos abordado los periodistas, pues, como se sabe, nuestra función es señalar lo que rompe con la normalidad, lo que altera la vida de los ciudadanos o trasgrede el orden legal, como la inseguridad que, como es obvio, produce un temor generalizado, aunque la jefa de Gobierno considera que es resultado del trabajo periodístico y piensa que, si no informamos de lo que importa a los ciudadanos, estos vivirán tranquilos y felices.

Otro incidente muestra la idea de doña Clara sobre el trabajo de prensa, pues esta semana, cuando la secretaria de Salud de la capital, Nadine Gasman, le dijo que se aportarían cifras sobre el contagio de sarampión en cada alcaldía, la jefe de Gobierno pidió a los reporteros no encabezar sus notas con esa información, aunque, evidentemente, la ciudadanía merece conocerla.

La razón de esa discrepancia es que, para la funcionaria, los medios informativos no están cumpliendo con su función social. Por eso pide abrir un debate “con especialistas, académicos y organismos de la sociedad civil sobre el impacto social que tiene en la ciudadanía la nota roja”, para establecer un pacto con los trabajadores de la información que les impida informar sobre aquello que están obligados a informar. Así como se oye.

Sin embargo, es inexacto que la percepción de inseguridad se deba “a la cobertura de hechos violentos”. Durante los años de predominio priista, que imponía la censura y obligaba a la autocensura de los medios de comunicación y sus trabajadores, la nota roja se publicaba con la mayor libertad en cada diario e incluso existían revistas especializadas y de altísimo tiraje, como el Magazine de Policía, Alarma! y varias más que se distinguían por su amarillismo y homofobia.

Pero, hasta donde sabemos, no hubo estadísticas que mostraran un aumento de la percepción de inseguridad. Aunque, como ocurre en todas las grandes urbes, había zonas en las cuales daba miedo meterse, sobre todo en la noche. Pero los gobiernos priistas nunca pidieron a la prensa, la televisión o la radio que le bajaran a la información, a su despliegue, sus ilustraciones o sus encabezados, como aquellos célebres del “amola, violola, matola” o “Mató a su madre sin causa justificada”, motivo de carcajadas en cafés y cantinas del gremio.

La censura y la autocensura se ejercían, sobre todo, en los temas políticos o que afectaban a la política. Medio en broma, medio en serio, en el gremio se contaba que don José Pagés Llergo había resumido en una sencilla fórmula la censura que imponía el gobierno, pues decía que eran tres los temas tabú: el Presidente de la República, el Ejército y la Virgencita de Guadalupe, aunque debió agregar al secretario de Gobernación, que solía ser el encargado de castigar toda transgresión a las severas normas no escritas del trabajo periodístico.

Con el determinante apoyo de la autocensura, así operó el periodismo durante décadas, pero los sismos de 1985 imprimieron un giro, con los reporteros de radio y TV trasmitiendo la nota desde el lugar mismo de los acontecimientos, nota que llegaba al público sin pasar por los filtros habituales. Y de ahí pal real, pues los hechos han ido ampliando los marcos de la libertad de prensa. Por eso la propuesta de doña Clara Brugada es improcedente.

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