“Amo a mis hijos, pero a veces quisiera mandar todo al carajo”
A través del testimonio de Susana, se expone la realidad del agotamiento materno en México, donde las mujeres enfrentan un severo desgaste físico y emocional por la constante presión social y la falta de empatía de su entorno

Susana ama a sus hijos. Lo repite como un mantra, como si necesitara proteger esa verdad antes de soltar la carga que le oprime el pecho. Los ama, pero el reto de la maternidad ha sido tan grande para ella que, a veces, quisiera mandar todo al carajo.
Entre la renuncia profesional y los juicios de la familia, ser mamá se ha convertido en una lucha donde la única que siempre pierde es ella misma.
Pues sí, amo infinitamente a mis hijos, pero pues también creo que el rol de madre ha sido uno de los retos más difíciles que he enfrentado… llega un momento en que te saturas física y mentalmente y piensas en ya mandar todo al carajo”, dice.
No le falta amor, le sobra presión de la sociedad y, sobre todo, de la misma familia. En pleno siglo XXI describe una situación que aún viven muchas mamás de México: ser juzgadas por descuidar a los hijos, si es que trabajan, y, si se quedan en casa, porque “no haces nada”.

Me recuerda una escena de la película de Barbie, que creo que hay varias que hicimos catarsis… tienes que cumplir como madre, como profesionista, y además de cumplir la exigencia del statu quo de las propias mujeres de la familia, que si no cumples con tener la casa limpia o si no cocinas… pues ya te etiquetan como ‘la huevona’ o ‘la irresponsable’”, afirma en entrevista con Excélsior.
Susana no es su nombre real. Apenas se atreve a relatar su situación, pero aún no puede admitirlo abiertamente. No ante una familia que ya considera que “se hace la víctima”.
El mito de la presencia total
Susana tomó decisiones por convicción. Renunció a empleos para estar en casa, creyendo que su presencia física garantizaba el bienestar de sus hijos. Sin embargo, la realidad de las labores domésticas —limpiar, cocinar, gestionar agendas escolares y deportivas— terminó por absorber el tiempo que ella deseaba usar para interactuar con ellos.
A lo mejor no es que ellos me hayan frenado porque, bueno, por convicción, pues muchas veces renuncié a mis trabajos porque yo pensaba que estar a 100% ahí con ellos, en la casa, pues iba a ser benéfico... pero pues igual los descuidas porque tienes que realizar las tareas domésticas”, admite.

Esta dualidad le genera una frustración constante. Susana explica que el intento de equilibrar el mundo laboral y familiar para ella es desgastante porque, al final, siente que siempre termina descuidando a uno de los dos.
“Llega un momento en que te desgasta física y emocionalmente, y es descuidar un poco a tus hijos o descuidar el trabajo. Cuando estás en un trabajo, si se llega a enfermar tu hijo o te desvelaste o no puedes ir a un festival, al jefe o a la jefa eso no le importa”, reconoce.
La creación de Frankenstein
Susana utiliza una metáfora para describir su caso: la historia de Frankenstein. Ve a sus hijos como seres humanos que son su creación, pero esa responsabilidad le devuelve un reflejo de insuficiencia. La idea de no haber sido la madre extraordinaria que ellos merecían la agobia.
El sentimiento que más me tortura es que soy la peor madre del mundo y que no lo he hecho bien. Ello me genera la culpa de no poder deshacer las cosas que generaron daño emocional o físico a mis hijos... a veces quisiera rendirme y mandar todo al carajo por mi fracaso en mi rol de madre”, revela.
La presión no sólo viene de su interior. El entorno social y familiar de Susana actúa como juez. Cuando dejó de trabajar, la calificaron de “mantenida”, ignorando que el trabajo del hogar es una labor sin remuneración y que, de no hacerla ella, requeriría pagarle a alguien más.
“Incluso los propios hijos... llegaron a decir que si no me daba pena que yo era una mantenida, porque, pues como yo siempre trabajé... o sea, no visualizan el trabajo de casa como trabajo, pero sin remuneración”, dice.
Susana lidia también con sus propias expectativas. Relegó su desarrollo profesional para dedicarse a su familia y ahora, divorciada, se enfrenta a un mundo laboral en el que no encuentra cabida. En el CV no puede poner toda su experiencia como madre.
Freno ocupacional
En México y América Latina, la decisión de dejar el mundo laboral no siempre es personal, sino una respuesta a la falta de infraestructura de cuidados.
De acuerdo con datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), del Inegi, 49% de las mujeres que no buscan un empleo remunerado señalan que la razón principal es que no tienen quién cuide a sus hijos, ancianos o enfermos.

Esta realidad sitúa a las mujeres como las cuidadoras principales en tres de cada cuatro casos. Además, la carga de trabajo no remunerado duplica la de los hombres y la participación laboral femenina se mantiene estancada en un 45 por ciento.
Sin derecho a la vulnerabilidad
Susana ha intentado expresar su agotamiento o la necesidad de ayuda, pero la respuesta de su entorno ha sido la estigmatización. Cuando se ha abierto y externado su agobio, de inmediato la tachan de “víctima”, pues pareciera que una mamá no tiene derecho al cansancio físico y mental, ni a ser vulnerable.
Si expresas eso, tus emociones, que dices: ‘No, ya no puedo. O sea, ya me siento saturada física y emocionalmente’, te etiquetan de la víctima. Y, por otra parte, te exigen, porque la madre tiene que dar amor incondicional y soportar todos los retos”, asegura.
Citando datos del Inegi de 2022, México ¿cómo vamos? destaca que las mujeres cuidadoras reportan importantes afectaciones personales: 39% cansancio, 32% menos sueño, 23% irritabilidad, 16% depresión y 13% afectaciones físicas; en hombres cuidadores destacan menos sueño (17%), cansancio (15%) e irritabilidad (7%).
Susana, como tantas, no recibe empatía ante su agotamiento, su hartazgo. Esa falta de comprensión se extendió a su vida laboral. Recuerda haber trabajado jornadas extensas durante sus embarazos, faltas de respeto a su derecho a la lactancia o incluso a su salud básica, como cuando sus compañeros fumaban en la oficina, pese a su estado.
En el ámbito profesional, creo que, en general, nunca ha habido mucha empatía ni con los jefes ni con los compañeros... lo único que importaba era que cumplieras”, reconoce.
Dejar de trabajar para cuidar a sus hijos ahora más que nunca impacta a Susana. No ha encontrado trabajo y cuenta que su exesposo dejó de pasarle pensión.
La pérdida repentina de ingresos es algo común en mujeres que se dedicaron a sus hijos, pues, en determinado momento, perdieron su independencia financiera.
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2024, a mayor número de hijos, menores ingresos promedio de las mujeres, mientras que los ingresos de los hombres, en promedio, siempre son mayores a los de las mujeres, con o sin hijos.
“Sería más egoísta”
Pese al hartazgo y preocupación por su situación, Susana, una vez más, subraya que ama infinitamente a sus hijos. Cuando se le pregunta si elegiría no tenerlos, reafirma su postura, pero matiza: no cambiaría a sus hijos, pero sí la jerarquía de sus prioridades.
Si pudiera regresar el tiempo, creo que elegiría ser madre de estos mismos hijos. No, no los modificaría por nada. Pero sí creo que sería más egoísta con respecto a pensar primero en mí”.
“Yo creía que si siempre daba todo para los demás, primero para mi madre y mis hermanos, cuando era soltera, luego para mis hijos, cuando ya me convertí en madre… creía que si primero eran ellos, iban a estar bien. Pero no, porque cuando yo he estado mal, pues eso se refleja en cómo se sienten ellos… ahora he aprendido que si yo estoy bien primero, los demás van a estar bien y yo lo visualizaba al revés”, admite.
“Entonces, modificaría eso de ser un poco más egoísta y pensar primero en mí… y ciertas cosas que haría un poquito diferente, pero sí, volvería a aceptar el reto de ser madre y de la maternanza, porque amo a mis hijos infinitamente”.
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