Ciudades huecas
El suelo urbano dejó de ser herramienta de planeación y se volvió, demasiadas veces, un activo financiero. Se compra, se retiene, se especula y se vende caro. Mientras, la ciudad se expande hacia donde el suelo cuesta menos: lejos y sin servicios.
Por Miguel Ángel Tello Vargas
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Hay datos que confirman lo que ya estaba frente a nosotros y que, al ponerle escala al problema, cambian la obligación de actuar. Uno acaba de publicarse en *Nature Communications*: las ciudades mexicanas se están vaciando por dentro.
Investigadores del Tecnológico de Monterrey y del Complexity Science Hub analizaron 69 áreas metropolitanas con los censos de 1990 a 2020. En todas, el centro perdió población. Hace tres décadas, más de cuatro de cada diez habitantes vivían cerca del corazón de su ciudad; hoy son apenas dos. La población nueva se fue casi toda a la periferia.
Mi lectura es sencilla: no estamos ante una preferencia de las familias, sino ante el resultado de haber dejado que el suelo definiera la ciudad más que la ciudad al suelo.
Durante años aceptamos que construir vivienda barata, sin importar dónde, era suficiente. Una vivienda accesible al firmar la escritura puede volverse después una carga diaria: horas de traslado, gasto en transporte, distancia de escuelas, hospitales y trabajo. Quien vive a hora y media de su empleo muchas veces no eligió esa distancia: lo expulsó el precio del suelo bien ubicado. Hoy las y los mexicanos viajan cerca de 30% más para llegar a las zonas centrales que hace tres décadas: horas de vida que no se recuperan.
El suelo urbano dejó de ser herramienta de planeación y se volvió, demasiadas veces, un activo financiero. Se compra, se retiene, se especula y se vende caro. Mientras, la ciudad se expande hacia donde el suelo cuesta menos: lejos y sin servicios.
Quien tiene recursos compensa la distancia con alternativas pagadas: un club, una escuela privada, una guardería o un espacio recreativo cercano; quien no los tiene depende de lo público y paga con su tiempo. El tiempo también es desigualdad. Además, crecer así le sale caro a todos: el Estado subutiliza infraestructura que ya pagó en zonas consolidadas y luego lleva agua, drenaje, vialidades y escuelas a lugares cada vez más lejanos. Financiamos la ciudad dos veces y aun así, muchas familias la viven mal.
Si el problema vino de decisiones públicas, la respuesta tiene que ser una política pública con dirección y capacidad de ejecución. Lo primero es recuperar suelo bien ubicado: comprar reserva territorial con servicios puede parecer costoso hoy, pero es más responsable que urbanizar suelo barato en medio de la nada y pagar las consecuencias treinta años. Y hace falta definir, con criterio técnico, dónde conviene crecer y dónde no debe expandirse la mancha urbana.
Hay otra conversación pendiente: la plusvalía. Cuando una obra pública aumenta el valor de un predio, parte de ese beneficio debe regresar a la ciudad que lo hizo posible. No es castigar la propiedad, es evitar que la especulación tenga mejores incentivos que construir.
Ningún municipio debería recibir un fraccionamiento sin agua, infraestructura y responsabilidades garantizadas por quien urbaniza. En Hidalgo la actualización del marco de asentamientos humanos abre esa oportunidad: ordenar el crecimiento no es frenar el desarrollo, es impedir que su costo recaiga sobre las familias y los municipios.
Volver al centro no es imponer un solo modelo de vida urbana, sino recuperar una posibilidad hoy excepcional: vivir cerca de las oportunidades, sin pagar el derecho al tiempo libre con dos o tres horas diarias de trayecto.
La ciudad que dejamos al mercado del suelo no será neutral. La que planeamos desde el interés público puede acercar oportunidades, reducir costos y devolver tiempo. Esa es la ciudad que vale la pena construir.