La huella digital

Columnista Invitado Nacional

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Luis Wertman Zaslav

Una imagen llega al celular. Parece auténtica: tiene voz, rostro y un supuesto testigo. En minutos puede compartirse miles de veces; en horas puede destruir una reputación, alterar una decisión o sembrar miedo. Cuando se descubre que fue creada o modificada con inteligencia artificial, el daño ya ocurrió. El problema no es sólo fabricar contenidos casi perfectos, sino reconocer su origen. 

Necesitamos una huella digital verificable: una constancia técnica que acompañe imágenes, audios, videos y textos e indique cuándo surgieron, qué herramienta intervino y qué cambios recibieron. No debe decidir si una opinión es correcta ni ordenar qué creer. Su función es que cada persona conozca la procedencia y forme su propio juicio.

Autenticar el origen no equivale a certificar la verdad. Una fotografía legítima puede usarse fuera de contexto y un contenido artificial puede ser educativo, artístico o satírico. La huella debe mostrar su historia, no ser un sello oficial de aprobación. Debe aportar evidencia, no imponer interpretaciones.

¿Quién debe regularla? Ningún gobierno, partido, empresa o plataforma debería decidir qué es verdadero. La ley debe fijar mínimos de transparencia, privacidad, auditoría y debido proceso. Los criterios técnicos deben surgir de estándares abiertos y de un consejo independiente con universidades, medios, especialistas, sociedad civil, empresas tecnológicas y defensores de derechos humanos. Los tribunales deben resolver las conductas ilícitas.

La regla sería sencilla: regular la trazabilidad, no el pensamiento. Opiniones, críticas, creencias y debates legítimos deben ser libres. Lo exigible es informar si un contenido público fue generado o alterado con IA, si suplanta una identidad, quién pagó su difusión masiva y si una red coordinada fingió ser expresión ciudadana espontánea. La libertad protege las ideas; no obliga a ocultar su fabricación.

Europa ya exige marcas legibles por máquinas y avisos comprensibles en ciertos contenidos sintéticos. También existen estándares abiertos que registran con firmas digitales el origen y las transformaciones de un archivo. México no necesita copiar modelos, pero sí entender que la procedencia será parte indispensable de la confianza.

El sistema debe garantizar cinco derechos: saber por qué se colocó una advertencia; conocer la evidencia; responder antes de una sanción definitiva; apelar ante otra instancia y obtener corrección o réplica ante un error. Retirar contenidos debe ser la última medida, sólo en supuestos legales y con fundamento. Frente a lo dudoso, contexto; frente al error, corrección; frente a la crítica, libertad. Debe protegerse la privacidad. La huella no puede identificar obligatoriamente a denunciantes, periodistas, víctimas o ciudadanos que usan seudónimos legítimos. Puede comprobarse el proceso de creación sin publicar datos personales. Transparencia no significa vigilar a quien habla.

Para impedir simulaciones, el modelo debe medirse. Propongo indicadores públicos: porcentaje de contenidos artificiales identificados correctamente; proporción de marcas que sobreviven al ser compartidas; tiempo promedio de aclaración; número de apelaciones y tasa de revocación; alcance de las correcciones frente al original; errores de etiquetado; solicitudes gubernamentales de retiro y su fundamento; y resultados de auditorías independientes. Lo que no se mide se vuelve discurso; lo que se mide puede corregirse.

La responsabilidad es de todos. Quien crea debe informar; la plataforma, conservar la huella y explicar decisiones; los medios, verificar antes de amplificar; las autoridades, rendir cuentas y, los ciudadanos, detenernos antes de compartir; 30 segundos pueden impedir que una falsedad se transforme en verdad social.

La huella digital no eliminará la mentira, pero elevará el costo de engañar, facilitará rastrear origen y devolverá contexto a las personas. La confianza digital no es creer ciegamente, es verificar sin pedir permiso al poder. No necesitamos un ministerio de la verdad. Necesitamos reglas transparentes, tecnología auditable y derechos efectivos para que la libertad no se utilice contra la libertad. Ése es el equilibrio: más evidencia sin censura, más responsabilidad sin control político y más ciudadanía para decidir. Con evidencia, la libertad se fortalece. Hacer el bien, haciéndolo bien.