El precio de la libertad y el significado de la independencia

Serhii Pohoreltsev

Serhii Pohoreltsev

Café de Kyiv

A sólo cuatro días de que el calendario marque el 24 de agosto, este Café de Kyiv se viste con los colores del orgullo, la memoria y la determinación inquebrantable. En esa fecha trascendental, Ucrania conmemora el trigésimo quinto aniversario de la restauración de su Independencia Nacional, un hito alcanzado pacífica y democráticamente en 1991 tras el colapso del bloque soviético. En tiempos de normalidad democrática, las fiestas nacionales suelen revestirse de desfiles coloridos, plazas concurridas y discursos solemnes. Sin embargo, para los ucranianos que defendemos nuestra patria desde hace más de cuatro años de una invasión a gran escala por parte de la Federación de Rusia y desde más de 12 años del inició de la ocupación ilegal de Crimea, partes de las regiones de Donetsk y Luhansk, la palabra “independencia” ha dejado de ser una efeméride estática confinada a los libros de texto o a las ceremonias oficiales. Hoy, la independencia es una realidad viva, cotidiana y profundamente costosa, un derecho existencial que se defiende con el alma segundo a segundo, en el frente y en cada rincón del territorio nacional.

El siglo XXI y la crudeza de la geopolítica actual nos han obligado a redefinir el valor y el peso real de la soberanía. Para Ucrania, la independencia no es meramente un estatus jurídico abstractamente reconocido ante la comunidad internacional, ni un simple asiento en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Es algo mucho más íntimo, sagrado y fundamental: es el derecho inalienable de nuestro pueblo a decidir su propio destino sin interferencias imperiales, a educar a nuestros hijos en su lengua materna, a cultivar nuestras tierras en libertad y a consolidar el modelo de sociedad democrática, plural e integrada a la comunidad europea al que pertenecemos por derecho histórico. La agresión que enfrentamos busca, en su esencia más perversa, el borrado de nuestra identidad y el restablecimiento del yugo colonial de un pasado que Ucrania ya superó de manera irreversible. Por ello, cada día que nuestra bandera azul y amarilla se ondea con dignidad en nuestras ciudades, cada mañana que las escuelas abren en refugios y cada día que nuestros ciudadanos continúan produciendo y creando, estamos firmando, con tinta de resiliencia, nuestra verdadera declaración de independencia.

La historia universal nos ha enseñado una lección inmutable: la libertad de una nación nunca ha sido un regalo de la providencia ni el resultado de una concesión geopolítica; siempre ha sido el fruto del sacrificio, la sangre y la constancia de generaciones enteras. En este penoso trayecto, el coraje del pueblo ucraniano ha asombrado al mundo entero, redefiniendo los límites de la resistencia civil. Este esfuerzo colectivo no se libra únicamente en las líneas del frente militar por nuestros valientes soldados; se manifiesta con igual heroísmo en la cotidianidad de la sociedad. Está en el electricista que repara la red eléctrica bajo el asedio constante de los misiles para devolver la luz a su comunidad; en el agricultor que siembra campos con el riesgo latente de las minas; en los médicos que operan en la penumbra de los hospitales con generadores, y en los maestros que mantienen vivo el amor por el conocimiento en los sótanos. Este fervor ciudadano demuestra una verdad contundente: cuando un pueblo libre decide conscientemente ser el dueño de su historia, no existe fuerza bruta, arsenal militar ni campaña de terror capaz de quebrantar su voluntad.

México comprende este sentimiento con una empatía y una profundidad histórica casi místicas. A las puertas de iniciar septiembre, su propio mes patrio, el pueblo mexicano recuerda con fervor y solemnidad las gestas heroicas de aquellos que rompieron las cadenas de los imperios extranjeros para fundar una república soberana y justa. La doctrina exterior de México, cimentada firmemente en los principios constitucionales de la no intervención, la solución pacífica de las controversias y la autodeterminación de los pueblos, resuena con una fuerza extraordinaria en la causa ucraniana. Ambos pueblos compartimos un amor entrañable e indómito por la tierra originaria, una identidad cultural que se niega a ser asimilada y la convicción absoluta de que la soberanía de una nación jamás debe ser sometida al arbitrio de la fuerza ni al chantaje de los más poderosos. La defensa del derecho internacional es el único lenguaje común que puede garantizar la convivencia armónica entre las naciones.

Al mirar hacia el próximo 24 de agosto, el sentimiento que embarga al pueblo y al gobierno de Ucrania no es el desaliento ni el cansancio, sino una inquebrantable y luminosa esperanza. La paz justa y duradera que buscamos con firmeza no es la rendición del agredido ante los caprichos del invasor, sino el triunfo inequívoco del orden internacional y del respeto a las fronteras internacionalmente reconocidas. Solo a través de la justicia y la legalidad se puede construir un mañana donde ninguna nación deba temer por su existencia.

Al cerrar este espacio, es imperativo rendir un homenaje solemne a la memoria de todos los héroes civiles y militares que han dado su vida por mantener a Ucrania libre, y expresar una sincera y permanente gratitud a las naciones hermanas, como México, cuya sociedad nos ha brindado su calidez y comprensión en este complejo trayecto. La historia de las civilizaciones demuestra que los imperios totalitarios y expansionistas son siempre temporales, pero el anhelo de libertad de los pueblos soberanos es eterno. Que el azul del cielo despejado y el oro de los campos de trigo sigan brillando, hoy y siempre, en una Ucrania plenamente independiente, próspera y en paz.

*Embajador de Ucrania en México