El político más respetado; Álvarez muere a 30 años de la huelga en Chihuahua

Su lucha por la democracia lo llevó a tomar decisiones extremas, entre ellas, una huelga de hambre de 41 días para defender la voluntad popular, o cuestionar al subcomandante Marcos sobre usos y costumbre indígenas

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CIUDAD DE MÉXICO.

Testarudo como era, Luis Héctor Álvarez Álvarez debe haberse aferrado a la vida para darle a su muerte un sentido político trascendente. Don Luis, en efecto, termina su camino por este mundo justo cuando se cumplen 30 años del histórico proceso electoral de 1986 en Chihuahua, su estado natal, en el que jugó un papel preponderante. Y precisamente cuando una nueva competida contienda por la gubernatura da al estado más grande del país una segunda oportunidad democrática.

Ante su deceso, inminente por lo avanzado de su edad  pero a la vez sorpresivo,  tres, cuatro imágenes me vienen a la mente de los trozos de vida que me tocó  en alguna forma compartir con él con motivo de mis coberturas informativas. Pienso que lo describen.

Una tarde de julio, en 1985, conversamos en su despacho del palacio municipal de Chihuahua, frente a la Plaza de Armas. El entonces alcalde me habló de los riesgos que para cualquier  ser humano representa el ejercicio del poder. Me platicó un ejemplo, simple pero elocuente: “Todas las mañanas, cuando llego aquí a palacio, el soldado que custodia la puerta principal me recibe con un saludo militar al tiempo que golpea los tacones de sus botas.  Al principio me chocaba esa actitud lisonjera. Con el paso de los días, empezó a gustarme el tronidito de las botas…”

Lo recuerdo perfectamente con un sorprendente aspecto juvenil, pocos meses después, a los 66 años de edad, dando brinquitos de calentamiento con sus tenis nuevos. Estaba a punto de emprender una caminata al frente de un nutrido contingente de panistas desde la capital chihuahuense hasta la ciudad de Querétaro, para denunciar las reformas a la ley electoral adoptadas por el congreso local en obediencia a los lineamientos del gobierno del estado, como parte de su estrategia para consumar un fraude electoral en los comicios del domingo 6 de julio de 1986. Era noviembre de 1985 y acababa de concluir la Convención Estatal del PAN donde Francisco Barrio Terrazas, el alcalde de Ciudad Juárez, derrotó al propio don Luis en la contienda por la candidatura de su partido a la gubernatura, para las elecciones de 1986. “A caminar, Paco, que éste es el único camino que existe hacia la democracia”, me dijo con enorme sonrisa a las puertas del hotel San Francisco, antes de partir hacia la carretera que lleva al sur.

Quizá sea la experiencia personal más intensa que haya tenido a lo largo de mi trayectoria periodística, nada corta por cierto. Don Luis había pedido licencia como alcalde de Chihuahua para iniciar una huelga de hambre en demanda de respeto a la voluntad ciudadana ante las evidencias cada vez mayores de que el gobierno de Miguel de la Madrid, a través del hoy demócrata y nacionalista Manuel Bartlett Díaz, entonces secretario de Gobernación, preparaba un atraco electoral. En vísperas de la elección se instaló en el quiosco del Parque Lerdo, donde permanecería 41 días en ayuno mientras el estado convulsionaba por las crecientes protestas ante el fraude electoral.   

Su huelga, que seguí día tras día, era en alguna forma el corazón mismo del movimiento que encabezaba Barrio Terrazas. Era su fuerza moral. Por eso su decisión de levantarla, luego de recibir la visita de Heberto Castillo

—que lo invitó a dar la vida por la democracia “en abonos, no al contado”—  fue un hecho no sólo controvertido, sino además sobrecogedor: significaba prácticamente el final de la resistencia popular  que cumplía ya seis semanas.

El alcalde panista de Chihuahua habló ante más de 30 mil personas aglomeradas en torno a su quiosco, expectantes. Minutos antes, esa multitud había participado en uno de los más concurridos mítines panistas de todo el proceso electoral. “Para mí —dijo un Álvarez pálido y agobiado— la decisión más fácil, en cierto modo, sería la de permanecer en este quisco con el propósito inicial; sin embargo, el ayuno y los argumentos de todos los que me han escrito y visitado han enriquecido y ampliado mis perspectivas respecto a lo que debe hacerse en el futuro. Así, aunque sé que atenido a mis propias fuerzas y sometido a mis humanas flaquezas poco podría lograr, deposito mi confianza en lo alto, acepto el reto que se me presenta y hoy abandono el ayuno...”

Escribí:

Un alarido de júbilo interrumpió sus palabras. El coro —Don Luis, Don Luis, Don Luis, Don Luis— duró cuatro, cinco, seis minutos. Álvarez retomó su frase por encima del griterío: “... Hoy abandono el ayuno para, al lado de ustedes, salir a ocupar las nuevas trincheras”.

Fue un momento de emotividad extrema. Junto al alcalde, los dirigentes estatales del PAN aplaudían, Francisco Barrio, el excandidato a gobernador, trataba en vano de contener el llanto, mientras decenas de personas lloraban abiertamente. Álvarez bajó por la escalerilla interior del quiosco y, por sí solo, al lado de su esposa Blanca Magrassi y de la doctora Patricia Berlanga, su geriatra,  caminó entre una valla delirante de más de 200 metros hasta la clínica del Parque, donde quedó hospitalizado.

Una de las últimas ocasiones que tuve oportunidad de convivir con este excepcional demócrata, sin duda el político mexicano más respetado,  fue con motivo de la revisión del libro de sus memorias, en cuya redacción participé junto con Héctor Chávez Barrón. Estábamos en la sala de juntas de su oficina de Comisionado para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, en la Zona Rosa de la capital mexicana, ya en el sexenio de su “ahijado” Felipe Calderón Hinojosa.

Nos contó una anécdota vivida durante su experiencia como senador en la Comisión de Concordia y Pacificación en Chiapas  (Cocopa).  En los días de las negociaciones de San Andrés Larráinzar, en Chiapas, Don Luis tuvo cierta cercanía con el subcomandante Marcos y entre ambos hubo una relación al menos de mutua simpatía. Una tarde, al terminar una reunión sobre usos y costumbres, el legislador panista caminaba por una vereda en compañía de Marcos y del comandante Tacho. “En ese momento pasó frente a nosotros una pareja de indígenas”, contó. “La mujer iba atrás cargando la leña y el hombre por delante, tan campante. Entonces volteé hacia Marcos y le dije: ¿Esos son los usos y costumbres que tenemos que respetar?  El jefe guerrillero contestó: ahí te hablan, Tacho”.

Ese era el Luis H. Álvarez de carne y hueso que me tocó conocer. Frente a su muerte, frente al ejemplo de su vida, frente a su rectitud y su congruencia,  pienso que a muchos panistas de estos tiempos debería caérseles la cara de vergüenza.

*Periodista. Fue el principal reportero en la cobertura de los procesos político-electorales de 1985 y 1986 en Chihuahua.

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