Por: Serhii Pohoreltsev
Es un honor iniciar este diálogo quincenal con los lectores de Excélsior a través de este Café de Kyiv, un espacio para acercar la realidad de mi nación al corazón de México. En un mundo donde la distancia geográfica suele ser cómplice del olvido, estas líneas buscan ser un puente de entendimiento sobre los valores que nos unen como naciones soberanas.
La guerra suele medirse en mapas y estadísticas, pero la verdadera fortaleza de una nación se refleja en sus rostros. Hoy quiero hablarles de uno en particular: el de Vladislav Heraskevich. Para quienes siguen los deportes de invierno, Vladislav es el primer skeletonista en la historia de Ucrania, pero para nosotros es mucho más que un atleta; es un símbolo de la voluntad inquebrantable de un pueblo.
Como bien ha señalado el presidente Volodímir Zelenski, nuestros deportistas hoy no sólo compiten por medallas, sino por el derecho de su país a existir. Sin embargo, este esfuerzo heroico tiene un costo devastador que el mundo no puede ignorar. La guerra de agresión de Rusia contra Ucrania ha cobrado la vida de más de 650 atletas y entrenadores ucranianos. Cientos de jóvenes talentos que soñaban con representar a su patria nunca volverán a pisar una pista, una piscina o un gimnasio porque Rusia les arrebató el futuro.
El ataque no es sólo contra las personas, sino contra la infraestructura del mañana. Las fuerzas rusas han destruido más de 800 instalaciones deportivas, incluyendo más de 20 centros de entrenamiento olímpicos, paralímpicos y sordolímpicos. Cuando se bombardea un centro de alto rendimiento, se intenta amputar la identidad y la excelencia de una nación.
En México, un país que entiende el deporte como una herramienta de paz y superación, este panorama resulta desolador. La historia de Heraskevich es la de la resistencia frente a la ruina. Su voz, valiente en los foros internacionales, recuerda que la memoria de los caídos y los crímenes documentados contra el deporte ucraniano no deben ser silenciados.
Estar en el podio o simplemente competir bajo nuestra bandera azul y amarilla es hoy nuestra forma de diplomacia pública más vibrante. Actualmente, el deporte ucraniano es una prueba de nuestra vitalidad. Cada vez que un atleta ucraniano sale a competir, le dice al mundo que el talento y el honor son superiores a la fuerza bruta.
La paz que buscamos es una donde el esfuerzo de años no sea reducido a cenizas por un misil. En este Café de Kyiv, honramos la memoria de los atletas que ya no están y celebramos a quienes, como Vladislav, siguen compitiendo para que el nombre de Ucrania resplandezca, incluso en las horas más oscuras.
Tener coraje vale más que cualquier medalla.
*Embajador de Ucrania
