¿Por qué el trabajo de Howard Lutnick es defender los aranceles de Trump?
La cercanía del secretario de Comercio con el mandatario y su visión proteccionista ayudan a explicar por qué promueve con tanto vigor los polémicos aranceles que buscan reordenar el comercio global.

Howard Lutnick, actual secretario de Comercio de Estados Unidos, se ha convertido en el abanderado principal de la política de aranceles del presidente Donald Trump. Millonario y antiguo jefe de la firma financiera Cantor Fitzgerald, Lutnick llegó desde enero a Washington con la misión de “reclamar el destino económico de Estados Unidos” de la mano de Trump.
En un artículo de la revista The New Yorker, ambos hablan casi a diario, incluso de madrugada, intercambiando impresiones sobre asuntos importantes —como los aranceles al acero canadiense— y también sobre trivialidades cotidianas, fortaleciendo así una cercana relación personal y de trabajo.
Esta sintonía explica en parte su rol protagónico: Lutnick se considera a sí mismo el “negociador en jefe” del presidente, más que un burócrata tradicional. Está decidido a elevar el perfil de la Secretaría de Comercio, un cargo que muchos habían dado por irrelevante.
“Soy un Secretario de Comercio diferente”, afirmó Lutnick. “A nadie le había importado antes”, dijo, aludiendo a que desde Herbert Hoover ningún titular de esa dependencia había tenido verdadero peso político. Con Trump, eso cambió: Comercio quedó en el centro de la ambiciosa reestructuración del flujo comercial global emprendida por la Casa Blanca.
Desde su posición, Lutnick ha ayudado a diseñar e implementar la más agresiva política arancelaria estadunidense en décadas. En abril pasado, la administración Trump impuso de forma sorpresiva un arancel general del 10% a casi todos los países del mundo, complementado con aranceles “recíprocos” adicionales para aquellas naciones con las que Estados unidos mantiene sus mayores déficits comerciales.
China, el principal adversario comercial según Trump, fue castigada con un 34%, mientras que países aliados como la Unión Europea o Corea del Sur también fueron alcanzados. Incluso se vieron afectados territorios insólitos (como unas islas deshabitadas cerca de la Antártida).
En paralelo, Trump gravó las autopartes extranjeras, medida que sacudió a la industria automotriz estadunidense. El brusco anuncio desencadenó caos económico inmediato: las bolsas cayeron, el dólar se depreció y los economistas advirtieron sobre el riesgo de recesión.
Tras el shock inicial, la Casa Blanca dio marcha atrás parcial, suspendiendo por 90 días los aranceles recíprocos para abrir negociaciones con los países afectados. Aun así, la incertidumbre permaneció. En este contexto turbulento, Lutnick asumió un papel fundamental: fue el encargado de recibir las súplicas y quejas de empresas estadunidenses y gobiernos extranjeros que clamaban por exenciones arancelarias.

Armado con su iPad, el secretario pasaba horas en videollamadas atendiendo peticiones de alivio, incluso mientras era transportado en automóvil por Washington. En eventos públicos, ejecutivos desesperados se le acercaban para implorar su intervención en problemas de suministros que implicaban millones de dólares.
Lutnick repartía con soltura su tarjeta (incluso pegada al dorso de su teléfono) y prometía revisar cada caso, erigiéndose así en el intermediario clave entre el puño arancelario de Trump y quienes buscaban librarse de él.
Defiende la estrategia de Trump con entusiasmo, convencido de que los aranceles revitalizarán la economía estadunidense. Mientras muchos en Washington critican el proteccionismo radical de la Casa Blanca, Lutnick comparte la visión simplificada de Trump sobre el comercio: en su opinión, importar bienes es sinónimo de perder empleos nacionales.
Lo explica con ejemplos domésticos muy claros. “Si compro esta camisa y está hecha en Italia o China, no nos sirve de nada”, expone Lutnick, pellizcando la tela de su propia camisa para ilustrar el punto.
“Consumía, pero no le daba trabajo a nadie”, dice. Luego contrapone esa imagen con otra: agarrándose los pantalones, concluye “en cambio, si compro vaqueros y están hechos en Estados Unidos, qué bien”.
Para Lutnick, la lógica es simple: cada producto fabricado en el extranjero representa una oportunidad perdida para la mano de obra estadunidense. El secretario se jacta de tener una claridad de pensamiento que pocos en Washington poseen.
“Tengo experiencia en negocios, algo que ninguna de estas personas tiene, excepto Donald Trump”, asegura Lutnick. “Lo conozco tan bien que sé por dónde va la cosa”.
En línea con esa convicción, se ha dedicado a vender la agenda arancelaria del presidente casi como un evangelista, presentando los gravámenes no solo como una fuente de ingresos para el Tesoro, sino como un instrumento patriótico para generar empleos y corregir desequilibrios.
Trump, por su parte, refuerza ese mensaje con su retórica habitual: “Para mí, ‘aranceles’ es la palabra más bonita del diccionario”, declaró recientemente, “porque los aranceles nos van a hacer inmensamente ricos”.
Cabe señalar que, en la primera mitad de este año, los aranceles han recaudado alrededor de 50 mil millones de dólares, apenas una fracción minúscula del presupuesto federal.
Con todo, tanto Trump como Lutnick sostienen que los beneficios de largo plazo compensarán con creces algunas penurias temporales. El presidente ha reconocido que los consumidores sentirán “un poco de dolor” inicial en forma de precios más altos; “quizás los niños tengan dos muñecas en lugar de treinta, y quizás las muñecas cuesten un par de dólares más”, admitió Trump, calificando ese ajuste como “un sacrificio que vale la pena”.
Lutnick comparte esa perspectiva y la difunde con vehemencia en cada foro posible.

La vista de Lutnick sobre México
La cruzada arancelaria de Trump, respaldada por Lutnick, ha tenido entre sus objetivos a México, uno de los principales socios comerciales de Estados Unidos. Ya en 2019, durante su primer mandato, Trump amenazó con imponer un arancel inicial de 5% a todas las importaciones mexicanas, incrementándolo gradualmente hasta 25%, como medida de presión para que México frenara el flujo de migrantes ilegales hacia la frontera sur.
Aquella drástica amenaza —que pudo haber dañado severamente la economía mexicana— finalmente no se materializó: tras días de negociaciones contrarreloj, ambos países alcanzaron un acuerdo migratorio que suspendió indefinidamente los aranceles programados antes de su entrada en vigor.
El alivio fue palpable en los mercados de ambos países, pues los analistas advertían que de haberse aplicado esas tarifas punitivas, México —que destina cerca del 80% de sus exportaciones a Estados Unidos— habría caído en recesión y su moneda se habría depreciado drásticamente. Aquel episodio ilustró el filo de la estrategia de Trump: usar aranceles generales como palanca política en ámbitos no estrictamente comerciales (en ese caso, la migración).
En su segundo mandato, Trump volvió a blandir la amenaza arancelaria sobre México, ahora de forma más sistemática. Gracias al nuevo tratado comercial T-MEC entre México, EE. UU. y Canadá, gran parte del intercambio norteamericano está libre de gravámenes.
Sin embargo, el gobierno de Trump ha dejado claro que los aranceles seguirán siendo un eje central de su política comercial. De hecho, a partir del 1 de agosto entrará en vigor un nuevo esquema de aranceles generalizados: un 10 % básico para la mayoría de países, con tasas más altas para las economías que Washington considera demasiado cerradas a sus productos.
Aunque aproximadamente 75% de las exportaciones mexicanas entran libres de aranceles al mercado estadounidense bajo el T-MEC, el 25% restante quedó fuera de esas protecciones y está sujeto a tarifas como parte de la ofensiva de Trump.
Lutnick ha explicado que ese cuarto de las exportaciones de México seguirá gravado a menos que el vecino del sur atienda ciertas exigencias estratégicas de la Casa Blanca, como reforzar el control migratorio en la frontera y combatir el flujo de fentanilo hacia Estados Unidos.
“El Presidente dijo: ‘A menos que detengan el fentanilo y cierren la frontera, vamos a mantener los aranceles sobre ese 25%’”, reveló Lutnick recientemente, subrayando que ese es “el mensaje claro: comercio justo y recíproco”.
En otras palabras, la administración Trump —con Lutnick como portavoz técnico— utiliza los aranceles como herramienta de presión bilateral: no solo para equilibrar balanzas comerciales, sino para lograr objetivos de seguridad y política exterior.
Fervor proteccionista vs. realidad económica
Mientras Lutnick impulsa con fervor la agenda arancelaria de Trump, muchos observadores cuestionan la eficacia y las consecuencias de esta visión proteccionista. Expertos en comercio señalan que la obsesión por eliminar déficits comerciales con aranceles generalizados podría terminar perjudicando a la economía estadounidense y aislando al país.
Robert Lawrence, profesor de la Universidad de Harvard, argumenta que es prácticamente imposible lograr un equilibrio comercial con todas las naciones.
“La única vez que se puede tener un comercio equilibrado con todos es si no existiera el dinero, si se tuviera una economía de trueque”, explicó Lawrence, calificando esa noción como “economía de la Edad de Piedra”.
En otras palabras, pretender que cada país importe de Estados Unidos tanto como exporta es ir contra la naturaleza misma de la economía moderna. Además, aunque Trump y Lutnick afirman que los aranceles forzarán el retorno de industrias a suelo estadunidense, los críticos subrayan que esa apuesta podría no rendir los frutos prometidos.
“Es sufrimiento a corto plazo por sufrimiento a largo plazo”, advirtió Lawrence sobre la política comercial actual, señalando que la estrategia de la Administración es tan aleatoria que podría causar daños duraderos sin lograr la reindustrialización deseada.

La idea, continuó, “de que Estados Unidos debería volver a fabricar su propia ropa, producir y llevar a cabo actividades muy intensivas en mano de obra… este es el tipo de trabajo que los estadunidenses no quieren hacer”.
Dicho de otro modo, incluso si los aranceles lograran encarecer lo suficiente las importaciones como para traer de vuelta ciertas fábricas (de juguetes, textiles u otros bienes de consumo), nada garantiza que exista mano de obra dispuesta en Estados Unidos para asumir esos empleos generalmente peor pagados.
El riesgo, según estos especialistas, es que el país termine con precios más altos para los consumidores y poco que mostrar en términos de nuevos empleos manufactureros, prolongando el “dolor” económico sin un beneficio claro.
Lutnick, el "chico de los recados"
Dentro del propio entorno de Trump ha habido dudas y críticas sobre cómo Lutnick lleva adelante esta política. La implementación inicial de los aranceles en el llamado “Día de la Liberación” fue considerada caótica incluso por algunas figuras cercanas a la administración.
Varios asesores habían propuesto enfoques distintos (un arancel universal parejo, aranceles recíprocos país por país, excluir a ciertos aliados, etc.), pero al final Trump anunció una lista de gravámenes cuyo origen parecía arbitrario.
Tras ese anuncio, cuando los mercados se desplomaron, Trump telefoneó furioso a Lutnick exigiendo explicaciones sobre cómo se habían determinado exactamente las tarifas para cada país. Ni siquiera el propio Lutnick tenía claridad absoluta al respecto.
Aun así, el presidente le ordenó salir a los medios y defender la medida a toda costa, y Lutnick obedeció lealmente, asumiendo el costo político de unas cifras cuyo cálculo real nadie pudo aclarar del todo. En entrevistas televisivas posteriores, el secretario adoptó un tono desafiante y a veces confuso para justificar los aranceles.
Por ejemplo, en Fox News, ante preguntas sobre el posible impacto económico para el ciudadano común, Lutnick desvió el tema para arremeter contra la Unión Europea: “No aceptarán langostas de Estados Unidos”, se quejó, y añadió una frase que rápidamente se volvió viral por su extravagancia: “Odian nuestra carne porque la nuestra es hermosa y la suya es débil”.
Días después, en otro programa, trató de pintar un futuro optimista diciendo que “la robótica reemplazará la mano de obra barata que hemos visto en todo el mundo” gracias a los aranceles, e incluso llegó a sugerir que la fabricación de iPhones volvería a territorio estadounidense cuando los salarios asiáticos dejaran de dar ventaja competitiva.
Estas declaraciones, ampliamente difundidas, minaron la credibilidad de Lutnick ante muchos expertos y empresarios, que las consideraron poco serias. Un veterano asesor del movimiento MAGA lo describió despectivamente como “un pregonero de feria” (en inglés, carnival barker), aludiendo a su estilo vendedor y algo exagerado.
Incluso Steve Bannon, exestratega de Trump, calificó las apariciones de Lutnick en televisión como “un desastre absoluto”. Fuentes dentro de la Casa Blanca han admitido off the record al New Yorker que muchos ven a Lutnick como un “chico de los recados”, útil para cargar con las culpas cuando las cosas se tuercen, pero no necesariamente como un hacedor de políticas con verdadera influencia.
Oficialmente, por supuesto, el discurso es otro: el vicepresidente J. D. Vance lo elogió públicamente diciendo “Howard es un vendedor nato”, y otros altos funcionarios destacaron su energía incansable y lealtad combativa.

Pese a las críticas, Lutnick no ha flaqueado en su defensa de los aranceles de Trump. Al contrario, redobla esfuerzos para cerrar acuerdos comerciales flash que justifiquen la estrategia proteccionista. Trump había fijado la meta, audaz y probablemente irreal, de lograr “90 acuerdos comerciales en 90 días” tras pausar temporalmente algunos aranceles.
Llegada la fecha límite autoimpuesta, esa meta no se cumplió —apenas un par de acuerdos preliminares se concretaron, con el Reino Unido y Vietnam—, pero Lutnick se mantiene como el fiel ejecutor de la visión comercial de Trump. Negocia a contrarreloj con socios de todo el mundo, presionando con la amenaza de tarifas altísimas si no hay concesiones rápidas.
Un negociador extranjero que trató con él resumió la táctica sin rodeos: “Con él, se siente la idea de que esto no es otra cosa que una extorsión”, comentó, describiendo cómo Lutnick deja claro que Estados Unidos cobrará un precio si no obtiene lo que quiere.
Este enfoque rudo, poco diplomático, escandaliza a veteranos del comercio internacional, pero encaja perfectamente con la filosofía de Trump, para quien “los aranceles son su martillo, y todo es un clavo” en la arena global. A ojos del presidente, Howard Lutnick es el hombre dispuesto a blandir ese martillo sin titubeos.
En última instancia, esa es la razón fundamental por la que Lutnick es uno de los mayores defensores de los aranceles de Trump: comparte la convicción de que a través de la presión económica y los grandes tratos, Estados Unidos puede volver a “ganar” en el comercio internacional, cueste lo que cueste.
bm
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