El diario español El País publicó recientemente una entrevista con Andy Robinson, inglés avecindado en España que escribió el libro Turismo de terror.
Este periodista ha ganado popularidad, pues le ha dado estructura a eso que en su idioma natal se llama overturism y que en español es conocido como turismofobia.
Sus textos me transportaron a la década de los 70 del siglo pasado, cuando estaban de moda algunas interpretaciones marxistas del mundo.
Las crónicas de viajes de Robinson son principalmente un pretexto para iniciar una retahíla de quejas, porque los aviones contaminan, debido a que ofrecen menos espacio a los pasajeros o porque juegan con la salud de sus clientes.
Todo esto ricamente aderezado con alusiones constantes a la lucha de clases y a la injusticia no sólo de que haya viajeros mimados en las filas delanteras de los vuelos largos, sencillamente porque lo pueden pagar, sino porque, además, ahora haya tantos que pueden fletar vuelos privados o incluso adquirir jets transoceánicos, aunque proporcionalmente sean marginales.
Sus historias después toman el rumbo de las ciudades rebasadas por turistas que han derribado su capacidad de carga, donde la gentrificación no sólo significa que se han disparado los precios inmobiliarios, sino que, como en Cartagena, haya sido el origen de desarrollos elegantísimos que expulsaron a sus moradores originales.
Por una parte me pregunto para qué una persona con esa repulsión por el turismo, hace crónicas de antiviajes, imagino que encontró un nicho para su labor profesional que comparten su visión del mundo en dos dimensiones.
También es evidente que él representa a un número creciente de personas en Barcelona, Biarritz, Venecia, Ámsterdam y París, por mencionar unas cuantas, que repelen a los turistas.
Hoy se presume que hay más individuos molestos con los estadunidenses, en el contexto de un época en que Donald Trump está arrasando con las reglas, vetustas o no, de la convivencia internacional.
El que México siga siendo un país que, en términos generales, sigue abrazando y promoviendo el turismo, puede crecer como ventaja competitiva frente a quienes denuestan esta actividad.
DIVISADERO
¿A 170? Entre todos los pronósticos lúgubres asociados a la guerra que Estados Unidos e Israel le declararon a Irán, hay uno especialmente preocupante para el turismo.
United, la segunda aerolínea más grande del mundo, decidió recortar 5% sus vuelos programados durante el segundo y el tercer trimestre del año.
Es una manera de apretar los gastos en el entendido de que el incremento del precio del combustible se reflejará en el de los boletos de avión, en un escenario de menor demanda.
El que una aerolínea líder tome una decisión de esa naturaleza seguramente será imitada por otras.
¿Hasta dónde llegarán los precios de los boletos de avión este año?, es una pregunta que, por lo menos ahora, tiene un primer techo.
Si el combustible representa entre 30 y 40% de los gastos operativos de un avión comercial y si estos son, a su vez, la tercera parte del precio. Y si el combustible aumenta dos y media veces su valor, ya se puede hablar de más de 25%.
Los ejecutivos de la misma aerolínea han hablado hasta ahora de 20%, un golpe que resentirán más las compañías de servicios completos; pues, aunque proporcionalmente le pegarán igual a las de servicios limitados, en términos absolutos aquellas se volverán mucho más caras.
