Unidos más allá de la sangre; Daniel y Ronan Day-Lewis

El ganador del Oscar y su hijo compartieron el set en una cinta que habla de los lazos familiares, con un guion escrito por ambos

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Daniel Day-Lewis

Considerado como uno de los mejores de su generación, Daniel Day-Lewis sorprendió al universo de Hollywood cuando en junio de 2017 anunció un total retiro de la actuación. Y en un mundo donde los actores son tratados como reyes, por lo visto, él quiere pasarle la corona al hijo Ronan Day-Lewis, como el nuevo director de la cinta Anemone, por la que Daniel, incluso, interrumpió el prometido retiro, para volver a actuar, una vez más, en familia.

¿Cómo fue que decidió volver a la actuación, después de haber dicho públicamente que se retiraba?

Daniel Day-Lewis: Básicamente, estuvimos preparando la vuelta, cuatro años antes de entrar al estudio de filmación. Algo muy raro en nuestro medio.

Ronan Day-Lewis: Fue emocionante porque escribimos el guion juntos, con una historia que nos obsesionaba a los dos. El primer día de filmación también fue surrealista, cuando nos dimos cuenta que estábamos filmando cine juntos.

D: El guion lo habíamos ido escribiendo de a poco. Y la verdad, sobre el final, los dos nos sorprendimos al ver que teníamos una historia, que había algo bueno que podíamos hacer. Pero como dice Ronan, la mayor sorpresa fue pisar el estudio, pensando “No puedo creer que estemos haciendo esto juntos”. Y es un pensamiento que se sostuvo a lo largo de todo el rodaje.

La historia de Anemone tiene mucho que ver con la relación de un padre y un hijo, aunque no sea igual en la realidad. Pero en el cine, Daniel Day-Lewis juega con la metáfora del retiro de la actuación al interpretar a un total ermitaño que vive en medio del bosque, hasta que el hermano lo va a buscar para tratar de convencerlo que vuelva, por su hijo, cuando en la realidad también volvió al cine... por su hijo. Claro que en la ficción experimentan más la relación de los dos hermanos, que el padre ausente.

¿La idea original de la historia tiene algo que ver con la decisión de Daniel Day-Lewis de aislarse del mundo el cine?

R: Supongo que el arquetipo de la idea que tuvimos era mostrar la relación familiar, donde los silencios son una forma mística de comunicarse. Y también es cierto que desde el principio pensamos en la historia de un hombre totalmente aislado. Y aunque no sabíamos dónde lo íbamos ubicar, queríamos mostrarlo como alguien que vive completamente solo, desde hace 20 años, con un hermano que llega de sorpresa, en misteriosas circunstancias. Esas eran las diez primeras páginas que escribimos y se mantuvieron bastante parecidas. Digamos que también terminó siendo el ancla de toda la producción.

¿Y en qué momento supieron que era la gran razón para volver con la actuación, después de un retiro anunciado?

D: Cuando planteamos que iba a ser algo en que íbamos a trabajar juntos. Pero tratamos de escribir algo, sin importar los resultados. Todo empezó como un puro impulso de trabajar con (mi hijo) Ronan. Ya habíamos trabajado juntos a lo largo de los años, en temas muy extraños, desde que él era muy jovencito. Y yo tampoco quería arrepentirme de ver que él iba  a dirigir cine con otros actores, sin mí. Por eso tratamos de encontrar algo que tuviera sentido. Desde la primera conversación que tuvimos, yo sabía que iba a volver con la actuación si mi hijo iba a ser el director. Supongo que la parte más difícil era saber que iba a tener que volver a enfrentarme con el público. Era algo a lo que yo me negaba por completo. Y a medida que íbamos escribiendo el guion, con cada trazo del lápiz, se tornó todo mucho menos difícil de contener.

¿Quiere decir que tampoco pensaron en filmar una superproducción desde el principio?

D: Exacto. Que fuera lo que fuera... Cuando llamamos a los otros actores ni siquiera estábamos seguros si les iba a interesar. Y nos sorprendió que los demás también se sorprendieran (risas).

Ronan es mucho más conocido en otro rubro artístico, como pintor y escultor. ¿Hay algún parecido entre hacer cine y pintar un cuadro?

R: Es interesante porque yo solía verlo como algo muy diferente de lo que lo veo hoy y a lo largo del rodaje de Anemone empecé a verlos como dos formas de expresiones, con el mismo impulso. Creo que obviamente, con los dos creas una imagen en formas diferentes. Mientras la pintura es algo completamente solitario, sin nadie en quien apoyarte, puede ser algo tan excitante como frustrante. Eso es lo increíble del cine a gran escala, por toda la gente que le dedica su vida a un arte tan específico. Es como estar en medio de un concierto. Fue una enorme experiencia de aprendizaje también, por el hecho de comunicar ciertas ideas que al pintar resulta algo intuitivo sin alguna razón particular, mientras que en el cine hay que buscar la forma de comunicar el lenguaje visual, con un grupo de personas. 

¿Hay alguna diferencia para el actor cuando reciben un guion armado, en comparación con la diferente imaginación que se genera al momento de escribirlo, sabiendo que es una escena que también va a tener que actuar?

D: Totalmente. En ese aspecto, la experiencia para mí fue única. Supongo que lo más obvio es saber que sentimos que estos personajes fueron revelándonos quiénes eran en una página, pero realmente emergieron con la improvisación. Empezó con palabras elaboradas, en vez de tenerlo todo escrito en un guion. Las páginas pueden tener palabras hermosas, pero necesitan que alguien las diga. Y al decirlas, no pueden llegar a tener el mismo ritmo con que la habías imaginado. En ese sentido, lo viví como una ingeniería inversa que había nacido con palabras, pero recién cobraron vida adentro del estudio de cine.

Desde que Ronan era bebé, ¿imaginaba que alguna vez iban a poder trabajar juntos en cine?

D: Cuando Ronan tenía tres, cuatro o cinco años, él ya había tomado un curso de mecanografía donde desarrolló una increíble habilidad con sus dedos que literalmente volaban en el teclado, improvisando, refinando vocalmente a medida que escribía, corrigiendo al mismo tiempo. Si no fuera por esa habilidad, jamás hubiéramos tenido ningún guion.

Es curioso, porque el principio de la historia casi ni tiene palabras, es todo puro silencio.

R: Desde el principio nos pareció importante que hubiera silencio, con mucho espacio negativo. Las primeras diez páginas del guion las escribimos sabiendo que iba a ser puro silencio, sin ningún diálogo, para sentar un precedente. Ahora, para lograr esos silencios, tuvimos que describir el paso

del tiempo en una forma que no hubiera un diálogo, escribiendo sobre el clima o ciertos elementos espirituales que terminaron informando también el tono de las actuaciones de la primera escena donde se encuentran los dos hermanos, sin hablarse, ni saber hacia dónde van ni cómo se tratan los hermanos de verdad.

¿La gran diferencia al momento de trabajar en familia?

R: Yo creo que el nivel de familiaridad es un punto positivo en una sociedad creativa. El hecho de haber trabajado tanto tiempo antes de entrar al estudio, ayudó también por haber tenido tantas conversaciones en detalle sobre lo que podíamos filmar.

D: Lo bueno es haber compartido una vida que alimentó después nuestro trabajo. Es algo que se sostuvo y nos sostiene al día de hoy. Es algo único y maravilloso poder pasar tanto tiempo juntos. Cuando empezamos a escribir, Ronan recién se había graduado, recién estaba tratando de buscar su camino con la pintura, en tiempo completo. Yo estaba trabajando en otro tema también. No estaba para nada claro lo que íbamos a hacer, porque también nos pusimos de acuerdo que si íbamos a escribir un guion, teníamos que hacerlo cuando estuviéramos juntos, en la misma habitación. Y nos llevó mucho tiempo hacerlo.

¿Hubo algún momento del rodaje en que Ronan, como director, se dio cuenta de lo bueno que es Daniel Day-Lewis como actor?

R: Aquel primer día en el estudio fue algo bastante extraño ver a mi padre y el personaje, al mismo tiempo. Por supuesto, ya lo había visto trabajar antes como actor, pero no había notado la diferencia de la distancia, viviéndolo todo muy separado, cuando él estaba en casa y después tenía que filmar un monólogo de cine. Fue un momento muy loco vivirlo. Casi me olvidé que estaba en un estudio de cine. Sentí que había crecido con algo así.

¿La vuelta a la actuación cambió su forma de pensar entre la fama y el trabajo como actor?

D: No creo. Para mí, el trabajo siempre fue como salir a comer con amigos. Eso no cambia. Pero desde muy temprano, cuando era joven, creo que teníamos algo en común con muchos otros actores. Yo solía ser un niño tímido y todavía lo sigo siendo. Pero es una paradoja para muchos actores tener que elegir un trabajo que parece insistir en la demanda de cierta clase de atención. Yo nunca entendí el aspecto público de esa vida. Nunca lo entendí bien y sigo sintiendo exactamente lo mismo. Es un tema que viene marcando un signo de pregunta demasiado pesado para mí.

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