Facilismo

Silvano Espíndola

Silvano Espíndola

Ornitorrinco

Timothée Chalamet es inocente. A pesar del rechazo que despertaron sus declaraciones durante una entrevista en la que dijo que no quería trabajar en ballet u ópera, porque, a su entender, “ya a nadie le importa eso”, argumentaré que más que verdugo, en realidad es víctima y, además, de sí mismo.

El filósofo de la educación, Robert M. Hutchins, llegó a la siguiente conclusión: “el arte y el pensamiento constituyen las actividades más elevadas del hombre. Son las finalidades de la vida, y la sociedad debe organizarse de tal modo que las promueva en primer término”. Esas actividades siempre han requerido tiempo libre. La promesa más famosa de que recobraríamos el tiempo necesario para dedicarlo a ellas vino con el maquinismo de la Revolución Industrial (siglo XVIII), pero sucedió tan poco que un siglo después Marx y Engels seguían intentando reducir a la mitad las jornadas de 16 horas diarias de trabajo. A la fecha, esas condiciones parece que permanecen. Quiere decir que la tecnología nunca nos hizo trabajar menos, nos ha hecho trabajar más. La codicia ha ganado la partida, creando la paradoja que Max Scheler ha expresado a la perfección de que, quienes tienen los recursos para acceder al ballet, la ópera, todo el arte y pensamientos humanos, normalmente no tienen tiempo de ocio para dedicarlo al cultivo de estos goces; y, por el contrario, quienes se entregan al arte y pensamiento apasionadamente, por lo general no cuentan con los recursos suficientes para poder gozarlos todos.

Lo anterior produce lo que Ortega y Gasset denominó “nivelación cultural a la baja”: cuando la mayoría no sabe, no puede, o ni sabe ni puede gozar la cultura más elevada, los estándares intelectuales y culturales tienden a bajar para facilitar su consumo. Entonces comienzan a surgir manifestaciones culturales de fácil digestión. El resultado es que las expresiones artísticas y de pensamiento que demandan formación, conocimiento histórico o educación estética para apreciarse plenamente por su complejidad (ópera y ballet), son sustituidos por expresiones inmediatamente consumibles (reguetón y malabarismo). Aquí es donde surge una duda legítima, ¿y esto tiene algo de malo? La respuesta, tal vez un tanto inesperada, es: sí. Resulta que estudios psicológicos longitudinales han encontrado que quienes se entregan al “facilismo”, o sea, al disfrute de actividades sin esfuerzo, sacrificio ni diferimiento de la recompensa, desarrollan menor inteligencia. Los descubrimientos neurológicos van en el mismo sentido, documentando una reducción del volumen de materia gris en quienes consumen, asidua y a veces exclusivamente, entretenimiento fácil e inmediato (reels, shorts, clips, etcétera). Si esta tendencia es cierta, y parece serlo, podría ser que cuanto más “inteligente” se vuelva la IA en el futuro, menos lo será la especie humana. Un juego suma cero.

Así que Chalamet es inocente, pero más que en el sentido de no ser culpable, en el de ser ingenuo. No perdamos de vista que es muy probable que haya obtenido su impresión de la misma fuente de la que ahora surge su condena: de las redes sociales. La prueba está en que su siguiente frase inmediata, pretendidamente cómica, fue: “creo que acabo de perder 14 centavos de audiencia”. No es que “a nadie le importen” estas manifestaciones artísticas, es que él todavía no ha descubierto que importan.

BOOM

Llevamos décadas haciendo pruebas de inteligencia generacionales. Consistentemente, cada generación superaba a la anterior en promedio, hasta la Generación Z. Según un estudio de la Universidad Northwestern, Los nacidos entre 1995 y 2010, son, por primera vez en toda la historia, menos inteligentes que los de décadas anteriores, y el estudio lo atribuye al auge de las redes sociales.

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