Resulta conmovedor. El hombre que juró retirarse al ostracismo de su rancho para hablarle a los árboles y escribir memorias, ha vuelto. Pero no regresó por una crisis nacional ni por un debate de altura; regresó con el espíritu de una kermés parroquial, bote en mano, pidiendo “una aportación” para la Cuba de Miguel Díaz-Canel. El guión es de una ironía tan pesada que casi dobla el espacio-tiempo. Andrés Manuel, el gran adalid de la “soberanía” y la “no intervención” (siempre que se trate de dictadores amigos), ahora convoca a la generosidad del pueblo mexicano para apuntalar un sistema que lleva décadas operando como un museo del fracaso logístico.
Para darle un barniz de modernidad y transparencia, la presidenta Claudia Sheinbaum ha salido a aclarar que la cuenta bancaria será fiscalizada como cualquier otra. Ahora sabemos que los depósitos de los nostálgicos del Che pasarán por el tamiz del SAT. Es fascinante ver cómo el dinero entra por cauces bancarios capitalistas y transparentes para terminar en una isla donde la transparencia es un concepto burgués y el presupuesto público es el secreto mejor guardado de la cúpula militar.
Fiscalizar el origen es fácil; el problema es que, una vez que ese dinero cruza el Caribe, se convierte en combustible para la maquinaria de control. Esta repentina urgencia por “cooperar” ignora que México ya ha sido el cajero automático de La Habana.
En las últimas dos décadas, la “solidaridad” ha pasado de la retórica a la transferencia directa de activos que aquí también nos urgen. Tan sólo entre 2023 y finales de 2025 el gobierno mexicano envió a la isla cerca de 17.3 millones de barriles de petróleo y derivados, un “regalito” valuado en unos 26,900 millones de pesos.
Si sumamos la contratación de médicos que operan bajo esquemas que nadie puede auscultar, así como la compra de balasto para el Tren Maya y hasta el financiamiento de 15 millones de libros de texto con carga ideológica pagados por nosotros para que los lean allá, la cuenta supera con creces los 1,200 millones de dólares. Mientras aquí se recortan presupuestos para ciencia y salud, allá se subsidia la inmovilidad de un modelo que no produce ni libertad ni electricidad.
El discurso lopezobradorista nos vende esta colecta como una “defensa de la libertad” frente al bloqueo. Es una pirueta retórica digna de los mejores tiempos del Pravda. Hablan de libertad mientras ignoran el elefante en la habitación (un elefante ya muy flaco, por cierto): en Cuba, la única libertad que lleva décadas negada es la de elegir a quién te gobierna. Si López Obrador realmente quisiera ayudar a los cubanos, y no sólo alimentar el ego de la gerontocracia (de La Habana), su petición no sería de pesos y centavos. Sería de boletas electorales.
Si el “Humanismo Mexicano” fuera exportable, debería incluir la parte de las elecciones libres. Pero no. Es mucho más cómodo pedirle al pueblo mexicano que subsidie la ineficiencia de una dictadura que pedirle a Díaz-Canel una transición urgente a la democracia. Sin justificar que Estados Unidos haya recurrido a las más terribles estrategias de bloqueo (porque es la gente, no solamente el gobierno quien las padece) es para los demás, mucho más fácil culpar al “imperio” que reconocer que el modelo cubano es un cadáver mantenido con respiración artificial a base de donaciones ideológicas.
Uno se pregunta qué hará Andrés Manuel cuando el régimen finalmente colapse, un evento que ya no se antoja como una posibilidad remota, sino como una cita inevitable con la realidad. Seguramente lo veremos más en X o en videos “caseros” culpando a la “conspiración neoliberal” y al “conservadurismo internacional” por la caída de un sistema que él mismo ayudó a embalsamar con petróleo mexicano.
Al final, esta “vaquita” es el recordatorio de que el retiro en Palenque era tan real como la rifa del avión presidencial. El líder sigue ahí, operando ahora como el recaudador de causas perdidas, pidiendo sacrificios a un pueblo que ya tiene sus propias facturas que pagar, todo para sostener una “libertad” que, en la isla, sólo se disfruta desde las oficinas del Comité Central. ¿Qué sigue? ¿Una rifa para comprarle un nuevo generador eléctrico a la Plaza de la Revolución? Mientras tanto, el cubano de a pie sigue esperando, no una despensa enviada desde México, sino el día en que su voto valga más que un depósito en una cuenta fiscalizada.
