El fotógrafo mexicano Rogelio Cuéllar crea puentes con la mirada

El fotógrafo mexicano celebra 75 años de vida con el proyecto El retrato detrás de una historia, que desvela el relato en torno a algunas de sus fotografías más icónicas

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Rogelio Cuéllar

Para celebrar sus 75 años, el fotógrafo mexicano Rogelio Cuéllar (CDMX, 1950) publica El retrato detrás de una historia, su más reciente proyecto visual, con 25 fotografías hechas a escritores y artistas como Octavio Paz, Francisco Toledo, Jorge Luis Borges, Rufino Tamayo, Emil Cioran, Leonora Carrington y Carlos Monsiváis, entre otros, plasmando el relato de cada imagen en el reverso de cada instantánea.

“Este proyecto, con fotos de 1969 a 1991, es idea de María Luisa Passarge, editora, directora de La Cabra Ediciones y mi compañera de vida, con quien he hecho muchos proyectos. La idea surgió hace tiempo para contar la historia detrás de cada fotografía, porque me gusta que mi trabajo forme parte de la memoria colectiva”, comenta el artista visual en entrevista con Excélsior.

“Quién no recuerda a un querido Jaime Sabines, a una Rosario Castellanos y a una queridísima Esther Seligson. Pero, ¿qué hay detrás de esa foto que se conoce?, como la de Juan Rulfo, que tomé en 1969, cuando yo tenía 19 años. Tímido yo, tímido él y yo no sabía que a él le gustaba la fotografía.

“Entonces fui al Centro Mexicano de Escritores y les dije que quería fotografiar a los escritores y tutores, como Rulfo; y a becarios como Salvador Elizondo y José Agustín. Entonces me dieron los números telefónicos y me dijeron que me pusiera de acuerdo con ellos”, rememora.

Así que le llamó al autor de Pedro Páramo, quien lo citó al siguiente día.

“Recuerdo que llegué con una cámara que me habían prestado, era de doble lente, complicada. Entonces le pedí que fuéramos hacia la entrada e hicimos dos rollos.

“No tuvimos intercambio de palabras. Había tratado de leer Pedro Páramo dos veces, pero no le entendí nada y no conocía su pasión por la fotografía. Así que fue un diálogo de silencios. Ésas son las historias que aparecen detrás de cada retrato”.

Un caso distinto fue la serie que le tomó a José Emilio Pacheco, a quien fotografió a lo largo de 40 años.

“Me acuerdo que viajamos juntos a Monterrey, me lo puso Cristina (Pacheco), me dio su maleta, su pasaporte, sus plumas y pude fotografiarlo hasta que recibió el Premio Cervantes, en la Universidad de Alcalá de Henares, es decir, viajé con él y le hice fotos allá, donde expuse unas 20 en el Instituto Cervantes”.

¿Qué debe captar un buen retrato?, se le pregunta al artista visual. “Para mí, lo más importante es crear un puente con la mirada del escritor o del artista. Si no hay mirada, no hay retrato. Para mí es importante, aunque hay algunas excepciones. Por ejemplo, en éstas Cioran no me está mirando, pero tengo otras donde sí ocurre.

“También fue diferente cuando retraté a Julio Cortázar, porque también era muy gustoso de la fotografía... Yo creo que la mirada es la constante, es una situación física que comienzo con un plano muy abierto y me voy acercando poco a poco, ya que no uso telefoto”.

Lo cierto es que Cuéllar coincide en que un buen retrato es una imagen perenne, que puede permanecer en la memoria colectiva, como la serie que tomó a Jorge Luis Borges, en particular aquella en la que el autor de El Aleph aparece en un urinario.

¿Es lo mismo retratar a un escritor que a un artista visual? “Son dos columnas de mi trabajo retratar a los literatos y, por el otro lado, a artistas plásticos, pero son universos distintos.

“Por ejemplo, un pintor o un escultor que está en el taller, casi siempre es una fiesta, a diferencia de escritores y poetas, a quienes no les gusta mostrar su proceso creativo”.

Una excepción, revela, fue Rufino Tamayo, a quien no le gustaba el ruido.

“Yo llegaba con él a las ocho de la mañana, lo saludaba y a la una de la tarde no habíamos cruzado una sola palabra.

“No había música, perros ni gatos... hasta que, a la una, Olga le decía: ‘¡A comer!’ Entonces ya venía la charla, el whisky, jugar cartas, pero a las cinco de la tarde iba de vuelta al taller, donde permanecía hasta las ocho de la noche. Era maravilloso moverme con pies de gato”, reconoce.

Por último, adelanta que en diciembre próximo exhibirá unas 50 fotografías que tomó a artistas plásticos, quienes las han intervenido con su propia técnica, entre las que destacan las de Gabriel Macotela, Vicente Rojo y Gilberto Aceves Navarro, entre otros.

Atesora fragmentos del instante

Otra historia entrañable para Rogelio Cuéllar es la que vivió para fotografiar al escritor y filósofo rumano Emil Cioran.

“Llegué a París y, por medio de Esther Seligson, entré en contacto con la mujer de Cioran, para lo cual una amiga francesa me ayudó a explicarle que quería hacerle unas fotos, porque no sé inglés, francés, alemán ni italiano.

“La respuesta de Cioran fue: ‘Si me ha leído, sabe que no me interesa que me haga un retrato... pero si ha fotografiado a Seligson, quiero ver (las fotos), porque a Esther no la conozco, todo ha sido pura correspondencia”.

Era diciembre de 1989 y el autor le dio la cita para el mes siguiente.

Rogelio llegó puntual y le mostró al escritor su trabajo fotográfico en una carpeta. “Entonces vi su cabellera, sus manos, la luz y su elegancia y le insistí en que quería tomarle una foto. Después de ver a Seligson me dijo: ‘Haga lo que quiera’.”

Una experiencia distinta le ocurrió durante las varias sesiones con Francisco Toledo, a quien tampoco le gustaban las fotos, y reconoce que tardó 13 años para lograr captar la mirada profunda del artista.

Juan Carlos Talavera