Arthur C. Clarke, el hombre que escribió el futuro

Hoy se cumple el centenario del natalicio del célebre y prolífico escritor británico, autor del cuento El centinela, que vivió y trabajó para combinar el ejercicio literario con la divulgación científica

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CIUDAD DE MÉXICO.

Para la divulgación científica, 1998 fue un gran año. El programa Mastermind, conducido por el periodista Magnus Magnusson para la BBC, pudo reunir a Stephen Hawking, Carl Sagan y Arthur C. Clarke para que discutieran tópicos como el universo, los agujeros negros o las leyes de la ciencia, entre otros “misterios a los que se enfrenta el hombre”.

Sin embargo, el doctor Sagan no estaba presente en el estudio de televisión, sino en la Universidad Cornell, en Nueva York, por lo que Magnusson le preguntó si podía escuchar “desde uno de los satélites de Arthur”.

Sucede que Arthur Charles Clarke, el celebrado autor de ciencia ficción que hoy cumpliría 100 años, “inventó el satélite de comunicación mucho antes de que la tecnología permitiera lanzar uno. Esa visión del futuro apadrinó la aldea global. Sus cuentos y novelas, incluida 2001: Odisea del espacio, han inspirado a una generación de astronautas de la vida real”, se relata en la introducción a ese “pequeño coloquio” con tres pesos completos de la ciencia. En el cine, 2001: Odisea del espacio, estrenada en 1968, se convirtió en materia de culto, pero no se trata de una novela, sino de El centinela, un cuento que no llega a las 10 páginas.

En 1964, el director de cine Stanley Kubrick conoció a Clarke en Nueva York, y ambos acordaron hacer “de verdad una buena película de ciencia ficción”. Cuatro años duraría la colaboración. Kubrick producía y dirigía 2001: Odisea del espacio al tiempo que Clarke se dio a la tarea de adaptarla finalmente como novela y asimismo escribir The Lost Worlds of 2001, una suerte del día con día y notas sueltas sobre el proceso de la película y también el inicio de cierta amistad: “Julio 9 de 1964: Pasé casi toda la tarde enseñándole a Stanley cómo utilizar una regla de cálculo. Está fascinado”. Clarke vivió y trabajó para combinar ciencia y literatura. Estudió física y matemá- ticas en el King’s College de Londres y empezó a publicar regularmente sus ficciones desde finales de los años 40. Asimismo, es autor de un puñado de libros sobre divulgación científica. Ejerció decidida influencia, por ejemplo, en el productor Gene Roddenberry, que en múltiples ocasiones dijo que la obra de Clarke lo animó para continuar con un proyecto llamado Star Trek, no obstante la indiferencia y burlas de los ejecutivos de televisión. En México, más modestamente, el DJ Martín Parra se inspiró en la supercomputadora HAL 9000, invención de Clarke, para su alias Mar-t 9000, con el que convocó a los primeros raves en la Ciudad de México, a inicios de los años 90.

Como Newton con las suyas, desde su ámbito dejó las Tres Leyes de Clarke. En la primera, sugiere que siempre hay algo nuevo por descubrir: “Cuando un científico eminente pero anciano afirma que algo es posible, es casi seguro que tiene razón. Cuando afirma que algo es imposible, muy probablemente está equivocado”. La segunda de ellas establece que hay que ser realistas: “La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá, hacia lo imposible”. La última acaso apele a las maravillas que están aquí y ahora: “Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”.

En ese sentido, Clarke, como sugería Sagan, se formuló las preguntas que, se supone, cualquier científico debe hacerse, y que, se supone también, nadie podrá contestar: “¿Cómo se originó la materia en el universo? ¿Qué había antes? Si el universo fue creado, ¿quién lo hizo? ¿Y quién hizo al creador?” Sobre la condición de la humanidad ante todo ello, Clark aventuró un aforismo: “Existen dos posibilidades: que estemos solos en el universo o que no lo estemos. Ambas son igual de terroríficas”.

En un perfil reciente publicado en el diario argentino Clarín, del escritor Martín Felipe Castagnet anota que “al igual que el resto de los seres vivos, nuestra especie continúa evolucionando; algunos especialistas incluso sugieren que lo está haciendo más deprisa. Lo que conocemos puede llegar a ser nada más que la infancia de la humanidad, y nuestra madurez, algo tan desconocido como profundamente perturbador. A Clarke lo preocupaba que el hombre no continuara avanzando hacia las estrellas; trataba de estimular las preguntas de largo plazo y el compromiso con la investigación espacial. ¿Hasta qué edad será posible vivir? ¿Cuán lejos podremos llegar?”

Como sea, Clarke, con las herramientas de la ciencia ficción, anticipó nuestros días. En su obra no escribió el pasado, sino el futuro. Siempre el mañana fue objeto de reflexión. En De la memoria y el recuerdo, Aristóteles explicó cómo es “imposible recordar el futuro, que es objeto de la conjetura y la espera, podría incluso haber una ciencia de la expectación, según algunos dicen ella es la adivinación”. En el siglo XVI, el sacerdote jesuita Luis de Molina usó la palabra “futurible” como bisagra del futuro posible.

Con la ciencia ficción Arthur C. Clarke abrió una ventana para apreciar lo que llegó... y llegará más tarde.

jcp

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