En una columna interesante y emotiva, esta semana, Pascal Beltrán del Río nos reseña su ascendencia paterna de varios siglos. También me hizo recordar mi génesis materna, cuya cuna, hoy, sufre, una vez más, como muchas otras ocasiones anteriores.
Recién he platicado con algunos de mis amigos mexicanos de ascendencia libanesa. Nos duelen los injustos ataques que los ajenos le propinan a la tierra de nuestros mayores. De paso, felicito a las fundaciones Carlos Slim y Alfredo Harp por la contribución de ayuda humanitaria para Líbano. No para ayuda militar ni para ayuda terrorista ni para ayuda ofensiva. Para auxilio humanitario y nada más.
Desde hace más de 50 años, la política acuñó un término. Se conoció como libanización a toda guerra que se realiza en la tierra que no es de los pendencieros.
Es decir, cuando en nuestra propia casa se pelean los vecinos o los intrusos. Cuando, en su pleito, rompen nuestras cosas, lastiman a los nuestros y hasta nos piden nuestros apoyos para fortalecer su causa o para debilitar la de sus oponentes. Todo ello, sin que nosotros tengamos interés en su bronca.
Así fue entonces y así es ahora. Más aún, estas cinco décadas vienen a suceder a dos siglos de convulsión libanesa formada por invasiones, por anexiones, por reclamaciones sirias, por intervenciones turcas y hasta por colonizaciones disfrazadas de protectorados europeos.
Todo ello, instalado sobre un pueblo que es de trabajo y de paz, no de guerra ni de muerte. Una noble nación de la que millones de sus habitantes tuvieron que desplazarse a Europa y a América en busca de hogar, de comida, de trabajo y de paz, pero que, también, se han integrado a las naciones anfitrionas con respeto, con contribución y con gratitud. Quizá por eso el ilustre presidente López Mateos acuñó su ya célebre frase de que “el que no tenga un amigo libanés, que lo busque”.
Pues bien, de nueva cuenta hace presencia la libanización en Líbano. Se antojan difíciles tanto la solución militar como la política. Una lucha con navaja libre entre Israel y Hezbolá atraería la ambición de Siria, siempre acechante sobre Líbano y provocaría la participación de Irán, tan acompadrado con Hezbolá.
Qué no decir de Estados Unidos, ya comprometidos fuertemente en el conflicto y de las vacilaciones europeas sobre asuntos que los involucran en la historia, pero, sobre todo, en los intereses económicos actuales, de los cuales sólo mencionaría dos: las armas y el petróleo. Mientras tanto, la ONU y los países más ricos se aplican a proponer resoluciones que van desde lo fantasioso hasta lo cínico.
Líbano no captura ni asesina rehenes. Ésos son otros. Líbano no tiene arsenales ni reactores nucleares. Ésos son otros. Líbano no embarga rutas marítimas ni comerciales. Ésos son otros. No conozco de ninguna acusación contra Líbano. Pero, el que la tenga, que eleve su voz y tire su piedra. Si no la tiene, que mida sus palabras y que se guarde su piedra. Porque Líbano no tiene piedra ni seguramente la lanzaría, pero sí tiene voz y seguramente la alzaría.
Nadie debe confundirse porque no son buenas las confusiones. Líbano es frágil, pero no es débil. Tiene mucha fortaleza. Líbano es pacífico, pero no es ingenuo. Sabe de los otros más que ellos mismos. Líbano es cooperador, pero no es cómplice. Ayuda a los que lo necesitan, pero no sus atrocidades. Las embajadas libanesas no son atacadas en ningún país y las comunidades libanesas no son rechazadas por nación alguna. En ningún lugar son insultadas ni humilladas ni atacadas, sino que están orgullosas y son patriotas con sus nuevas naciones.
En fin, pobre del Líbano. En un vecindario de cobardes, es un gran peligro no tener armas, no tener aliados, no tener cómplices y no tener sicarios. Pero, en un mundo de valientes, es una gran fortaleza tener la razón. Por eso, el cedro nunca se dobla y jamás se quiebra. Sea, para Líbano, nuestra mejor esperanza y nuestra voz más recia.
