Encuentro en la UNAM; el reflejo de un siglo
Este diario cumple cien años de ser el espejo del país, dijo ayer pascal Beltrán del Río en la clausura del coloquio Cien años de cultura y letras en Excélsior (1917-2017)

CIUDAD DE MÉXICO.
Las páginas de un periódico impreso son un milagro diario. Ese que se logra día a día no pensando en hacer Historia, sino en relatar la vida. La de los protagonistas del México de a pie; la cotidianidad contenida en palabras breves, precisas y directas. Y de esa vida se ha ocupado Excélsior durante un siglo. Cien años de ser el espejo del país, y del mundo también. Sus hojas tamaño estándar son, pues, la narración de esa existencia.
Hace un siglo Excélsior nació con la certeza de que la sociedad mexicana en su momento, que emergía de su propio proceso revolucionario, debía conocer lo que estaba ocurriendo en la convulsa Europa de 1917, y aunque las herramientas del presente nos brindan posibilidad de atestiguar acontecimientos lejanos prácticamente en tiempo real sin esperar a que sean letra impresa, hoy son más vigentes que nunca las virtudes comunicativas de aquel Excélsior inaugural”, afirmó Pascal Beltrán del Río, director editorial de El Periódico de la Vida Nacional que mañana celebra un centenario de vida.
En ello coincidieron historiadores y editores que acompañaron a Beltrán del Río en la última jornada del coloquio Cien años de cultura y letras en Excélsior (1917-2017), encuentro que se realizó en colaboración con el Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) para analizar desde diversas trincheras el quehacer periodístico de esta casa editorial, no en un sentido alabador, sino para entender su trascendencia en la construcción de identidad y cultura nacional. Excélsior formador de una sociedad.
Beltrán del Río, quien cerró el coloquio con la conferencia “Excélsior: presente y futuro”, señaló que los valores periodísticos que sustentan esta empresa tienen origen en la primera portada del periódico. La edición del 18 de marzo de 1917. En ella se informó de la abdicación del zar Nicolás II de la dinastía Romanov. En un paquete informativo de cinco textos, el equipo de reporteros dio cuenta no sólo de la noticia aislada, sino de las consecuencias múltiples para la época, incluso de la reacción del ciudadano de a pie.
Es notable la capacidad de síntesis de los redactores para atrapar en una sola página tanta información (...) la primera portada de Excélsior brindó el detalle, el contexto histórico, la información fragmentada, el palpitar de la calle y la perspectiva(...) Ahí quedó plasmada su vocación: ofrecer al lector el mayor número de datos posibles para formarse un juicio”, apuntó el periodista, e insistió en la pertinencia de estos valores en un presente vertiginoso frente a las redes sociales como plataformas informativas, o más bien como difusores de mentiras.
Entonces reflexionar sobre esa primera portada no es un ejercicio nostálgico, sino volver a los cimientos de esta casa editorial que, si bien desde sus primeros años fue cuna de literatos y caricaturistas, tiene en sus páginas a los reporteros como protagonistas. No en un sentido ególatra, sino por ser los principales generadores de información. Así lo planteó Gerardo Galarza, director editorial adjunto de Excélsior, al asegurar que la única misión del periodista es relatar el día. Contar la vida.
“A diferencia de los historiadores y sociólogos que aplican sistemas científicos en su trabajo, los reporteros son simples testigos que registran hechos. Este oficio los obliga a hacerlo de una manera los más detallada posible; si el número de escalones que sube un personaje es relevante para el relato, el reportero está obligado a contar los escalones uno a uno; si cita las palabras de un personaje y su importancia depende de la manera como está la frase, ha de transcribir literalmente lo dicho”, reflexionó.
La misión de quien escribe diario en páginas periodísticas no es analizar, sino preguntar para informar. Y en una suerte de obligaciones del oficio, Galarza enumeró: “el reportero busca estar presente siempre donde se encuentra una noticia; el reportero puede escribir de cosas que no presenció físicamente, pero su misión es encontrar a quienes sí estuvieron y reconstruir qué ocurrió; el reportero debe anticiparse a los hechos con información verídica”.
Al tiempo que El Periódico de la Vida Nacional ha sido una escuela de periodismo, también ha sido la casa de escritores. Sede, dijo el ensayista Pável Granados, de la bohemia mexicana. Esa que definió en gran medida su futuro en las cantinas; a donde llegaban por igual Díaz Mirón, Luis G. Urbina, Amado Nervo, José Juan Tablada, Rubén M. Campos y muchos más.
Con prosa juguetona, en una fusión de crónica con monólogo, Granados narró esa vida de las letras mexicanas edificadas en las páginas de Excélsior. De cómo don José Núñez y Domínguez, encargado de las páginas culturales, recibía los poemas de tantos, las crónicas de otros y los ensayos de muchos más.
¿Hubo bohemia? Quizás haya más deseo de encontrarlos que auténticos bohemios, aunque es casi seguro que debieron rondar por las calles de la Ciudad de México. Bohemios de verdad, y no todos aquellos que se dicen bohemios porque cantan en las cantinas. Bohemios como en las novelas del siglo XIX que vivían en buhardillas y tomaban su modo de vida como una fe”, narró al hacer un viaje efímero al siglo pasado.
Entre Revueltas y Magdaleno
Revisar las páginas antiguas de El Periódico de la Vida Nacional es abrir una caja de Pandora. Se sabe que fue casa de escritores incipientes, hoy las “grandes plumas” de la literatura mexicana. Pero hay más sorpresas. Esas que los investigadores descubren al hurgar la historia en Excélsior.
Es el caso de Juan Carlos Hernández Aguilar, profesor de la Dirección General de Educación Normal y Actualización del Magisterio, sobre las cartas de Silvestre Revueltas que escribió durante su estancia en el siquiátrico en 1939. Reflexiones tan íntimas que se pensarían más cercanas a una autobiografía. En ellas habla de la condición humana igual que de sus inquietudes estéticas. Textos que llegaron a Excélsior en 1965 en la columna titulada Mi vida entre dementes, y que después Rosaura Revueltas, hermana del músico, compiló íntegras en el libro Silvestre Revueltas por él mismo, publicado por el sello Era en 1989.
“Esta serie se publicó recortada o corregida por el pudor editorial de la época. Conocemos los registros completos a través del trabajo de compilación que hizo su hermana Rosaura. Son una especie de soliloquio, hablar a solas y confiar sus cuitas a un deliberado vacío”, contó el investigador al resaltar que frente a la obra musical del compositor mexicano fallecido en 1940 poco se habla de sus textos tan ilustradores sobre sus preocupaciones humanas.
Hurgar en las páginas de Excélsior es también trazar una radiografía de la sociedad mexicana del siglo XX. Así lo hizo el investigador Edwin Alcántara Machuca, del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, sobre la construcción del rol femenino del siglo XX a partir de la publicidad contenida en el diario.
La investigación recorre los 30 hasta los 60, y en cada década una Alcántara Machuca describe a la mujer imaginaria de la época sólo con leer los anuncios del periódico. Por ejemplo, contó que el ideal de esposa de los años 30 era la mamá reconocida por las instituciones, a la que Excélsior dedicó un concurso y que se convirtió en una celebración nacional.
Para los 40, la publicidad promovía a la mujer profesional, una que aspirara a ser mecanógrafa de las empresas emergentes, y en los 50 el periódico promueve los inicios de la liberación femenina: una ama de casa atrevida que usa sostén y medias de seda. Es, dijo el investigador, cuando se entiende a Excélsior como espejo de la cultura; aún más, como constructor de la misma.
En esta mesa de cierre también participaron Danaé Torres de la Rosa, del ITAM, sobre los textos de Jorge Ibargüengoitia sobre la Revolución mexicana publicados en Excélsior. Lo mismo la columna de Mauricio Magdaleno, La voz y el eco, en estas mismas páginas.
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