System of a Down convierte el Estadio GNP Seguros en un ritual metalero ante 65 mil fans
Pese a que hubo filtros de seguridad en el Estadio GNP Seguros, varios fans se las ingeniaron para meter bengalas e iluminar varias rolas de System of a Down durante su concierto

El nu-metal sigue vivo, 65 mil personas lo respaldaron este miércoles en el Estadio GNP, y fue ante una banda icónica: System Of A Down, que curiosamente no lanza un disco completo desde el 2005 y, sin embargo, esta noche su estadio luce pletórico. Parece que todo es debido a la nostalgia, pero en la pista, cuando arrancó la banda a las 9:30 de la noche, sucedió algo mucho más fuerte: el sentido de pertenencia.
Golpes, cerveza volando, fuego, literalmente llamas emergiendo de entre las miles de personas frente al escenario, bengalas y mucho mosh-pit, donde los golpes de todo tipo, desde puñetazos hasta rodillazos y codazos, eran bienvenidos; las melenas largas moviéndose entre las texturas de piel y de mezclilla, el algodón se rasgaba o se veía volando en una playera que alguien decidió arrancarse.

Soldier Side comenzó a sonar y con ello la batería, el bajo, la guitarra y esa voz inconfundible de Serj Tankian, que poco después de aparecer tan solo saludó con un “¿Qué pasa México?”, y todos gritaban; en las gradas se vivía un ambiente igual de intenso, donde en otros conciertos se quedan sentados, esta vez la grada volvió a vibrar, como cuando era puro concreto, todo cimbró por los brincos.
System se limitó a seguir tocando toda la noche sin parar, sin ofrecer un solo descanso; en ellos parece no pasar el tiempo, como a su música, que sigue sintiéndose nueva por sus ritmos y temáticas; ellos, de arriba de cincuenta, también lucen incansables.
Pero no así en la pista, donde los mosh-pits comenzaron a ser cada vez más aislados, donde solo unas decenas seguían resistiendo la exigencia física de golpearse con gente igual o más intensa y extasiada. Lo que no paró nunca fue el canto, las voces coordinadas aún más en temas como I-E-A-I-A-I-O, Hypnotize o Suggestions.

Pero donde todo explotó fue, como era de esperarse, en Chop Suey; ahí cantaron hasta los que solo iban por la anécdota, o para embriagarse con amigos, el escenario estalló en luces y la humareda de las bengalas siguió creciendo, con la banda solamente tocando, cumpliendo, sin dirigirse al público, y aun así este seguía completamente entregado.
En el escenario lo único que sumó al performance fue una plataforma móvil que colgaba del techo y se transformaba en cada canción, a veces en diagonal, o a veces detrás de toda la banda, proyectando todo tipo de imágenes y escenografías, visuales que, sin embargo, tampoco servirían de mucho, pues la muchedumbre seguía en su propio ritual, en su propia fiesta, sin ver a las pantallas.
Hollywood y War? sonaron y se disfrutaron igual, pero quien puso el plus fue el público en el graderío, sacando a la vieja usanza sus encendedores en los temas más lentos y solemnes, y otros, con la ya clásica luz del celular, movían sus manos de lado a lado, y ahí llegó también el fan project, que no fue un completo éxito, pero alcanzó a percibirse.

Se formó una especie de mosaico de distintos colores, en una zona blanco, en otra rojo y otra azul; la gente ya iba preparada y en el momento de Toxicity, además de la humareda, se alcanzó a ver este performance donde el público, desde sus asientos, sin poder golpearse, intentó hacer lo suyo.
Sugar cerró la noche, sin un discurso profundo, por parte tampoco de Daron, el guitarrista que tomó protagonismo en muchos solos de la noche; no hubo un momento icónico, pero sí lo fue todo el desenvolvimiento, toda la entrega y toda la energía de una banda que en solo siete años constituyó un legado que, aún 21 años después de su último álbum, aún perdura.
Perdura en el sudor del fan, en el codazo en la mandíbula, en la melena larga, en los gritos cargados de furia y éxtasis; perdura hasta la última nota del show, que después, aun entre pasillos hacia la salida, aún se corea.