Los dos partidos de la política real

En la realpolitik tan sólo existen dos partidos: el de los sensatos y el de los insensatos. Su alternancia ha sido muy pareja. Si no me lo cree, le ruego que revise la historia de los recientes 2000 años. Tan sólo la Edad Media fueron 800 años de insensatez. Aun hoy, después de 500 años del Renacimiento, la mitad de los 200 países del planeta tienen gobiernos insensatos.

   

En México llevamos 25 años en que los problemas de la nación han pasado de lo público a lo espectacular, de allí a lo estridente y de allí a lo escandaloso. Uno de esos síntomas es la sobrepenalización de los temas de la vida nacional. Una amenidad peligrosa, con los riesgos incalculables de convertir a la nación en una reja de prácticas y al debate nacional en un careo colectivo. 

Con el código penal han sustituido al código político, al código ideológico y al código moral. Por eso, lo que no resuelven los políticos quieren que lo resuelvan los policías. Lo que no ha resuelto la eficacia policial se quiere resolver con el discurso político. Confiemos en que no cometeremos el grave error de hacer de la justicia la solución de la política, ni en el grave pecado de hacer de la política la solución de la justicia.

Se sigue confirmando que no hay seriedad sistémica en nuestra política. No tenemos una democracia seria y ni siquiera una dictadura seria. No hay discurso serio ni gobernanza seria ni acciones serias ni soluciones serias ni oposiciones serias. Eso no estaría grave si nuestros problemas fueran de guasa, pero resulta que nuestros problemas sí son muy serios. Nuestros niveles de corrupción, de impunidad, de ineficiencia, de indiferencia y de impotencia hablan por sí mismos. 

Son los políticos de poca seriedad los que destruyen instituciones, los que atrofian sistemas y los que postergan generaciones. Los que ceden espacios irrecuperables a la pobreza, a la inseguridad, a la injusticia, al desempleo, a la enfermedad, a la mala educación, al bajo crecimiento, a la improductividad, a la desesperación y a la desesperanza.

En la política real hay juguetes prohibidos, hay juegos indebidos y hay jugadores impedidos. No se juega con la Constitución, como lo hizo Huerta. No se juega con el Ejército, como lo hizo Díaz Ordaz. No se juega con el Banco de México, como lo hizo Echeverría. No se juega con las elecciones, como lo hizo Porfirio. No se juega con la salud, con la educación, con la justicia, con la seguridad, con el erario, ni con las libertades. ¡Ah! … y se me olvidaba, no se juega con Estados Unidos, como lo hizo Santa Anna.   

La historia es buena maestra para aquellos que gustan de escuchar consejos. Para no ser parcial, recurro a dos casos extranjeros y pretéritos de buenos políticos y buenos abogados que, siendo inteligentes, actuaron diferente. 

Richard Milhous Nixon se vio envuelto en una estridencia de espionaje electoral. En el escándalo Watergate cometió diez errores. Uno, se enojó. Dos, reaccionó sin reflexión. Tres, negó los hechos al inicio. Cuatro, tuvo consejeros muy inútiles. Cinco, no evitó la contaminación de la vida nacional. Seis, se dejó engañar. Siete, negoció tarde. Ocho, se deprimió. Nueve, confió en la pureza de lo que tenía de inocente. Diez, confió en el cinismo de lo que tenía de culpable.

William Jefferson Clinton se vio envuelto en un affaire sexual con su empleada-becaria. En el escándalo Lewinsky, aprovechó diez aciertos. Uno, no se enojó. Dos, reflexionó antes de actuar. Tres, confesó. Cuatro, tuvo buenos operadores. Cinco, no permitió que la política contaminara su vida personal. Seis, no permitió que su vida personal contaminara la política. Siete, actuó a tiempo. Ocho, no se deprimió. Nueve, pidió perdón. Diez, lo obtuvo.

Nuestras enfermedades públicas y políticas son metástasis sistémicas. No son de las que se pueden curar solas, sin necesidad de médicos ni de políticos. Son de las que pueden matar solas, sin la ayuda de los médicos o de los políticos.