Después de más de 400 años de lucha contra la naturaleza y de ejecutar enormes obras de drenaje para evitar que la capital del país sufriera inundaciones catastróficas, durante el siglo XX comenzó a manifestarse otro problema que crecería de manera acelerada: la insuficiencia de agua para el consumo humano.
Durante la época colonial, la Ciudad de México se abastecía principalmente mediante manantiales, acueductos y agua derivada de diversos ríos y cuencas. Destacaban los manantiales de Chapultepec, Santa Fe, Coyoacán y Xochimilco, así como el aprovechamiento de los ríos Magdalena, Churubusco, La Piedad, Santa Fe, Mixcoac y Tacubaya. El suministro se complementaba con fuentes públicas y con aguadores que distribuían agua de casa en casa.
Sin embargo, mientras las fuentes de abastecimiento eran limitadas, el crecimiento de la ciudad fue vertiginoso. Durante el siglo XIX, la población aumentó a una tasa promedio anual de 1.36%, al pasar de 140 mil habitantes en 1800 a 541 mil en 1900. En contraste, durante el siglo XX, el crecimiento se aceleró hasta alcanzar una tasa anual de 3.57%, con una población cercana a 18 millones de habitantes en el año 2000.
El crecimiento urbano terminó por rebasar la capacidad de los manantiales y acueductos. Desde el porfiriato ya existían fuertes tensiones derivadas del insuficiente abastecimiento, la baja presión y la mala calidad del agua. Durante la temporada seca disminuía el caudal de los manantiales; las epidemias se asociaban frecuentemente con la contaminación del agua y los conflictos por su distribución y acceso eran constantes.
Pero el Valle de México contaba con una condición extraordinaria: en su subsuelo existe uno de los acuíferos más grandes del mundo. Se trata de un enorme almacenamiento subterráneo de agua, con decenas de kilómetros de extensión y cientos de metros de profundidad, que ha permitido la supervivencia y el crecimiento de la metrópoli.
No existe duda de que, sin este acuífero, la capital del país difícilmente habría podido subsistir. Aproximadamente 70% del agua que hoy consume la población del Valle de México proviene precisamente de esta fuente subterránea de dimensiones excepcionales. Afortunadamente, durante el siglo XX también se produjeron avances tecnológicos que hicieron posible la extracción masiva de agua subterránea. Hasta el siglo XIX, el aprovechamiento del agua del subsuelo en México dependía principalmente de norias excavadas manualmente y de métodos rudimentarios de extracción mediante cubetas, malacates, tracción animal o bombas de vapor.
Fue hacia finales del siglo XIX cuando comenzó la perforación moderna, inicialmente vinculada a la minería y a la industria petrolera. Los primeros pozos profundos sustituyeron gradualmente a las norias tradicionales gracias a técnicas desarrolladas originalmente para la extracción de petróleo y minerales, que posteriormente terminaron aplicándose a la infraestructura hidráulica urbana. La explotación intensiva del agua subterránea comenzó a expandirse rápidamente desde finales del porfiriato y se consolidó entre las décadas de 1930 y 1950, cuando la ciudad experimentó uno de los procesos de crecimiento urbano más acelerados de su historia.
Sin embargo, la perforación profunda por sí sola no habría sido suficiente. Un complemento decisivo fue la electrificación. Gracias a ella fue posible extraer agua desde decenas de metros de profundidad, mantener sistemas de bombeo continuo las 24 horas del día e impulsar el líquido con la presión necesaria para abastecer extensas redes urbanas.
Durante décadas pareció una solución perfecta: el agua subterránea era abundante, de buena calidad, cercana, relativamente barata y, además, estaba protegida de la contaminación superficial. La nueva tecnología resolvió el problema inmediato del abastecimiento, pero, al mismo tiempo, ocultó temporalmente el grave daño que comenzaba a producirse, algo sobre lo que abundaremos en la siguiente columna.
