El olvido de la razón
Desde siempre la masa ha rechazado la cultura y en especial a la ciencia. Galileo Galilei llamaba e invitaba a las personas a que observaran a través del telescopio las lunas de Júpiter, y la gente, que lo tildaba de loco, se retiraba; huían, se alejaban de un acto tan ...

Arturo Xicoténcatl
El espejo de tinta
Desde siempre la masa ha rechazado la cultura y en especial a la ciencia. Galileo Galilei llamaba e invitaba a las personas a que observaran a través del telescopio las lunas de Júpiter, y la gente, que lo tildaba de loco, se retiraba; huían, se alejaban de un acto tan trascendente en el desarrollo del conocimiento y de la humanidad, antes que corroborar cuánto había de cierto en la afirmación del científico. No querían ver ni entender: querían seguir siendo ciegos, sordos y mudos, igual que ahora. Y al mismo tiempo la conducta era de lo más violenta, como siempre lo ha sido, desde tiempo inmemorial, cargada con el simbolismo bíblico del asesinato fraternal; la violencia de quemar vivo a Giordano Bruno por afirmar también que el planeta se movía, y tantos y tantos absurdos de la limitación y estupidez humanas.
La violencia y la interpretación de la violencia se ha modificado: allá por 1958-59 se registró un conflicto con Guatemala; aviones de combate ametrallaron barcos pesqueros mexicanos. Se vivieron días de tensión y la gente bromeaba; decían que no era necesario recurrir al ejército: con tres granaderos bastaba para terminar con el conflicto. La violencia era el estandarte de la conducta desalmada de los granadores.
Hoy los derechos humanos han cambiado la visión. Se proyecta la impresión de que se privilegia más a los agresores que a las víctimas. ¿No resulta un error emplear a los granaderos ante las violentas multitudes sin su garrote cavernícola? Si no se les permite o no se les enseña a actuar, ¿no sería mejor formar grupos de hermosas edecanes a repartir flores, dulces y sonrisas para frenar a quienes protestan, arrojan piedras, palos, petardos o le sacan filo al machete rozándolo furiosamente contra el pavimento?
¿No han presenciado cómo adolescentes de 14 y 15 años golpean con piedras o palos las espinillas de los granaderos? ¿No deberían los derechos humanos proteger a estos servidores públicos o sancionar a quienes los mandan y los exponen a ser lesionados por la turba?
El próximo jueves, según las informaciones de las agencias internacionales, se dictará la sentencia a Oscar Pistorius, acusado de dar muerte a su novia, la modelo y actriz Reeva Steenkamp. Las evidencias que llegaron el año pasado lo apuntaban culpable; que había actuado con premeditación. Señalo evidencias, no afirmo que sea culpable; eso es lo que van a decidir este jueves 20 de marzo las autoridades de Sudáfrica.
Pistorius y ese clima justiciero empapado de ignorancia que rechaza a la ciencia han deformado un aspecto del deporte. El primero ha perdido el piso y la objetividad en varias ocasiones.
La Asociación de Federaciones Internacionales de Atletismo (IAAF) demostró antes de los JO de Londres, mediante investigaciones científicas, que Pistorius corre con ventaja. Pero sus argumentos fueron rechazados por otros de carácter legal.
Los más grandes atletas de 400 m planos, McKinley, Lou Jones, Kauffmann, Tommie Smith, Evans, Juantorena, Reynolds y Michael Johnson, corren los últimos 100 m más lentos que los tres segmentos anteriores. Por el contrario, Pistorius, con sus cuchillas Cheeta lo hace más rápido. El metal de sus prótesis le ayuda. La gente cierra los ojos y olvida a la razón.
El jueves enfrenta leyes más duras que las del deporte. Y sea cual sea la decisión, la credibilidad de Oscar Pistorius quedará hecha añicos.