Juan Reynoso, el mismo de ayer y hoy; campeón en México con Cruz Azul
De jugador y técnico no varió nunca su actitud, siempre preocupado por los demás, siendo un líder

CIUDAD DE MÉXICO. Hay imágenes que tienen un valor único cuando se habla de Juan Reynoso, hoy en los cuernos de la luna por salir campeón en México.
Algunas excelsas como cuando levantó el trofeo de liga en 1997 con la Máquina con esa camiseta blanca que tenía el escudo ladeado, o la más reciente, veterano al fin, con la medalla de campeón como técnico que le regaló a Enrique Meza, quien lo trajo al futbol mexicano en 1994.
Lo concluyente es que Reynoso es el mismo ayer y hoy. Silente, discreto, puntual en cuestión de horarios, paternalista, orientador y por supuesto, líder.
Un hombre que siente transgresiones ante la prensa deportiva y prefiere abstraerse de ella, realizando sus actos sin que nadie se entere, salvo uno que otro amigo reportero, que a pesar de las heridas, cree ha disparado desde la misma trinchera junto a él.
Así, mostró ese paso católico cuando el día de la final de Cruz Azul ante Santos, visitó la Basílica de Guadalupe para rezar y prender una veladora. Total, en tiempos de tapabocas nadie se percataría de su presencia y sobre todo, entiende que no es un hombre que arrastre multitudes.
Sin embargo, siempre estaba detrás de los jugadores apoyando, fue el líder por muchos años en la selección, el que daba la cara en las conferencias, aquel que hablaba por el resto de los jugadores y por ende, el que peleaba los premios no sólo para nosotros sino también para cocineros, lavanderos y utileros, sin distinciones”, recuerda con animosidad el exfutbolista Roberto Chorrillano Palacios, que se hizo su amigo en 1997 durante infinitas concentraciones con la selección.
Para entender un poco la vida de Juan Reynoso habría que remontarse a 1982, cuando a las instalaciones del Alianza Lima entraba un chico alto y desarrollado al que de cualquier forma, la faz de niño delataba sus 13 años y al que apenas se le veía un poco de bozo.
Juego de defensa central”, dirá para darse valor porque lo meten a jugar contra divisiones más grandes. Desde ese momento, defenderá al futbol como un compromiso de vida y sabrá que su destino estará ligado irremisiblemente a la pelota.
Le tocará también una época bella en Alianza Lima, la de los Potrillos, un equipo de chicos de barrio que jugaban con arpa y lira.
Reynoso estaba en la lista de espera para ser titular en ese equipazo que un viernes de 1987 viajó a Pucallpa en un avión Fokker del ejército. Murieron todos por el choque. Reynoso se despidió de ellos porque una lesión le hizo quedarse en tierra.
Les dije, nos vemos el lunes, son cosas del destino, cuando suceden es porque tienen un orden de vida y tiempos exactos”, dijo muchos años después.
Aquel equipo había sido sostenido por Teófilo Cubillas, quien se había retirado. Recuerda que los motivaba con música de salsa y merengue, “la escuchaban en mi auto y me pedían que les regalara el cassette. Les decía que si ganaban el siguiente juego, se los regalaba”.
Eso le pasó a Juan Reynoso, un amante de la música de Gilberto Santa Rosa y el Gran Combo de Puerto Rico, sus tonadas lo persiguen hasta hoy en día cuando el lunes siguiente al título de Cruz Azul como técnico, hizo una comida con amigos y familiares en casa tocando los timbales.
A su lado estaba su esposa Rocío Serna, exvoleibolista con la que tuvo tres hijos: María Fernanda, Marcia y Valentín.
En Perú, en la década de los 90, era común que futbolistas y voleibolistas contrajeran matrimonio, pues son los dos deportes más concurridos en ése país.
Por eso, en 1993, tras una experiencia fugaz en el Sabadell de España, vuelve a Alianza sólo para durar poco tiempo y pasar al enemigo de la vereda de enfrente, el Universitario, que le ofreció no sólo 150 mil dólares por el pase, sino también la oportunidad de pelear con un gran equipo, la Copa Libertadores.
Sé que la gente de Alianza me va a odiar, pero ojalá entiendan que uno es profesional, por lo que debo pensar en lo mejor para mi familia”.
No tardó en ganarse el respeto. Fue campeón en Universitaro de la mano de Sergio Markarián, quien paradójicamente, será uno más en la lista de técnicos que no pudieron sacar el título con la Máquina.
Reynoso es circunspecto por los golpes de la vida o de la prensa. Fue culpado en 1997 de tener miedo en el campo, en juego eliminatorio ante Chile. Un empate le bastaba a Perú para ir al Mundial de Francia y durante el himno, una rechifla general azotó las notas peruanas. La cámara se ensañó con Reynoso, nervioso por el ambiente, intranquilo, tímido, volteando a todos lados. El peruano promedio lo satanizó porque además perdieron 4-0. A pesar de esas imágenes adversas, hoy tiene el respeto de todos.
En Perú aplauden sus títulos logrados con Universitaro y Melgar, ellos no dudaban que con Cruz Azul, haría lo mismo.
cva