Italia 1934, vencer o morir
Por orden directa de Benito Mussolini, la Selección de Italia tenía la obligación de ganar el Mundial

CIUDAD DE MÉXICO.
Una de las decisiones más polémicas en la historia de la FIFA se tomó el 9 de octubre de 1932, en la ciudad de Estocolmo, Suecia, cuando su Comité Ejecutivo le otorgó a Italia la sede del Mundial de 1934. Lo hizo a pesar que Benito Mussolini, el fundador del fascismo, gobernaba, entre la duda de saber si el nombramiento fue amañado por gente del Partido Fascista, y el general Giorgio Vaccaro, presidente de la Federación Italiana de Futbol. De manera inesperada, Suecia retiró su candidatura.
Mussolini convirtió al Mundial en un asunto de Estado, al utilizarlo como una herramienta propagandística para afianzar su régimen. Sabía de la penetración de la Nazionale (selección de Italia) en el pueblo, y por eso puso a trabajar a su aceitada maquinaria fascista.
El interés crece
La cercanía de Italia, sumada a la recuperación de la economía mundial tras la crisis de 1929, llevó a que la participación europea se incrementara en el segundo Mundial de futbol. Por primera vez, la FIFA debió organizar una fase previa de clasificación, en la que 31 selecciones buscaron uno de los 16 sitios disponibles, incluido el país anfitrión. Las dos grandes ausencias fueron las del monarca vigente, Uruguay, e Inglaterra.
El 27 de mayo de 1934 comenzó el Mundial con la participación de los representativos de Alemania, Argentina, Austria, Bélgica, Brasil, Checoslovaquia, Egipto, España, Estados Unidos, Francia, Hungría, Países Bajos, Rumania, Suecia, Suiza y el equipo de casa, que jugarían en ocho sedes.
Una fuerte amenaza
La injerencia de Mussolini, sin embargo, no le allanó el camino a la Nazionale como deseaba. Si bien en su primer juego aplastó 7-1 a Estados Unidos, en las siguientes fases se cruzó con España y las potencias futbolísticas Austria y Checoslovaquia.
Para doblegar a sus vecinos europeos, además de un sistema defensivo perfeccionado por el técnico Vittorio Pozzo desde 1929, sumado a la calidad de Giuseppe Meazza, necesitó de la ayuda de los árbitros Louis Baert, René Mercet e Iván Eklind.
A los ibéricos, Italia los superó en dos juegos polémicos. En el primer partido (1-1), Baert no anuló el gol de Giovanni Ferrari, a pesar de que Angelo Schiavio sujetó a Ricardo Zamora, y en el desempate, que acabó 1-0, Mercet le anuló goles legítimos a Regueiro y Quincoces.
En la semifinal, frente a Austria, Eklind hizo el trabajo sucio: dio por bueno un gol en fuera de lugar de Enrique Gaita, además de que dejó que el carnicero Luis Monti tundiera a placer a sus oponentes.
Ya en la final, que fue pitada por el propio Eklind, no se cobró un penal de Monti sobre Oldrich Nejedly. Los checoslovacos supieron contrarrestar todo.
Sufrió tanto Italia que al medio tiempo el técnico Pozzo debió recordar lo que se jugaban con un papel en el que se leía “Vincere o morire” (Vencer o morir”). Y les dijo: “No me importa cómo, pero deben ganar. Si perdemos, la pasaremos muy mal”.
Había, pues, temor. Los checoslovacos tomaron la ventaja en el marcador en el minuto 71, gracias a Antonin Puc. El gol silenció el Estadio Nazionale, pero aún más a Mussolini, que estaba presente. Para su fortuna Raimundo Orsi igualó en el 81. Entonces se originó el mito. Dicen que el portero Frantisek Planicka se apiadó de sus rivales italianos al ver el miedo de morir en sus rostros. Después de resistir todo, un tiro sin potencia de Schiavio encontró las redes. Planicka no lo alcanzó a detener. 2-1 final.



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