¿Queda algo del orden internacional posguerra que garantizaba la paz? ¿Alguna vez la garantizó? Podríamos decir que nos hereda un entramado legal interesante y lo que fue un notable esfuerzo global para que las potencias discutieran sus prioridades basadas en una fantasía de igualdad. Pero en cuestión de paz, nada. Hoy vemos con toda crudeza cómo las grandes potencias mueven las fichas del tablero según sus intereses sin importarles ningún freno institucional.
El entramado institucional nacido tras la Segunda Guerra Mundial (con la ONU en el centro, tratados, organismos internacionales y reglas) nunca funcionó contra la guerra y los intereses geopolíticos. Vietnam, Corea, Afganistán, Kosovo, Siria, Irak, Ucrania, Somalia y hoy Irán son algunos de los vergonzosos recordatorios de que el uso de la fuerza jamás desapareció y que las “reglas” no fueron suficientes frente a los intereses estratégicos.
Obviamente, sería injusto reducir el sistema internacional a un fracaso absoluto. Por más de 75 años, este orden internacional generó espacios de negociación, gestión de crisis, marcos jurídicos y canales diplomáticos; también creó una arquitectura de cooperación que transformó nuestra vida actual. Organismos nacidos bajo Naciones Unidas impulsaron avances globales en salud, tecnología, infancia, alimentación, refugiados, desarrollo y ciencia que serían inimaginables sin aquel entramado institucional. No podríamos imaginar la lucha con el VIH o la viruela sin la Organización Mundial de la Salud o la protección de la infancia sin Unicef. Sería imposible hablar de reducción de pobreza sin el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. El progreso global de las últimas décadas se debe a esa arquitectura para la cooperación y el desarrollo.
NUNCA FUE SUFICIENTE
El problema de ese orden internacional que nos prometía progreso sostenido es que, cuando se trata de los intereses de las potencias hegemónicas y el uso de la fuerza, no existe ninguna capacidad para limitarlas. La crisis en Irán es una clara muestra de ello. En medio de negociaciones diplomáticas y sin consenso comenzó un ataque “sorpresivo” que ya escaló a global. Ahí está el debate jurídico, la guerra de exhortos y condenas (no tantas como deberían, por cierto), las instituciones, pero nadie puede frenar la escalada militar por más ilegal que ésta sea.
Lo que estamos viviendo no es otro episodio de violencia en Asia Occidental, es el punto de inflexión de un orden mundial que nunca garantizó la paz y muestra una profunda incapacidad para resolver disputas frente a un solo hombre. Los debates jurídicos e institucionales ahí están y es claro que lo que estamos viviendo no debió suceder, pero estas discusiones se quedan sólo en lo académico o anecdótico, mientras miles de personas mueren.
LA MESA DE LOS MENDIGOS
Mientras la guerra se extiende más allá de Irán y se sigue ampliando el radio y las consecuencias del conflicto, vemos la falta de reacción de los aliados de Teherán. Rusia y China muestran declaraciones diplomáticas y condenas verbales, pero nada que modifique el equilibrio militar. Da la impresión de que el respaldo a Irán existe en el discurso, pero no en el terreno (como vemos en el caso de Cuba).
Europa, por su parte, juega un papel decadente y sigue atrapada entre la parálisis y sus contradicciones. Ejemplos tan lamentables como el de Emmanuel Macron, que una y otra vez ha recibido desplantes y burlas de Donald Trump, apoyando la escalada con la justificación de que comparten el objetivo de protegerse de Irán.
Al interior de Estados Unidos, el aparato institucional protesta, pero no hace nada. La oposición critica y condena de forma simbólica, mientras la maquinaria de guerra avanza. Si ni la ONU ni las alianzas ni los contrapesos detienen una guerra, ¿qué herramientas nos quedan?
