Coreanos al grito de gol

La cada vez más grande comunidad de Corea del Sur en México ruega que su estrella Son Heung-Min le pueda clavar uno o varios goles al Tri

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CIUDAD DE MÉXICO.

Las vidrieras escritas en hangul, la lengua coreana, chorrean la lluvia ácida que golpea desde la madrugada a la Zona Rosa. De pasos cortitos y apresurados, los asiáticos caminan sonrientes por estas céntricas calles para llegar a sus oficinas de trasnacionales como Hyundai, Kia, y el montón de boutiques, restaurantes y supermercados coreanos que restan dolor a su decisión: haber dejado su hogar, a 12 mil kilómetros de aquí, justo en la otra cara del mundo.

Paraguas y más paraguas: se cubren del agua y otra vez sonriendo saltan charcos en las calles que han ido ocupando desde hace 20 años, cuando eligieron una tierra lejana, México, con tal de acceder a una vida sosegada, sin la dictatorial exigencia de perfección y competitividad de su patria. "Aquí se disfruta más, tenemos más vida, menos estrés, y a fin de cuentas ganamos lo mismo", explica el joven KL Joon, que desde que llegó hace cerca de dos décadas se ha vuelto símbolo máximo en México de la música ambient coreana. 

La nueva nación de los migrantes saborea cada día la sazón asiática en fondas que copan las calles Hamburgo, Londres, Varsovia. Y pocas celebridades como el jefe del restaurante Surasang, Park Jin Beom, que se disculpa cuando ve la grabadora. "Poquito español, poquito", repite antes de confesar lo que su esposa, hijos y él sienten tras casi una década de volar desde la ciudad de Busan y no volver más. "Familia vivir Corea ahorita, amigos habla por teléfono. Sí extraña Corea", admite y ríe (parece que en los coreanos la risa es un tic nervioso). Pero ni ante la nostalgia más poderosa imagina un retorno. Su kimchi, eomuk y otros platillos causan furor. Rebosante de vigor, su negocio ilumina la nueva vida en nuestro país.

Hoy, sin embargo, el amor por estas manzanas junto al Ángel de la Independencia pierde ante otro amor: una playera roja y un escudo con un tigre blanco. Vibran pasiones innegociables en el pecho de los miles de coreanos que hablan fuerte por celular en la acera, esperan el semáforo en rojo para caminar, cocinan en ventanales frente a la calle, salen a fumar un cigarro Arirang importado de su nación marítima. El sábado, México y Corea del Sur se enfrentan en Rusia 2018. Para nosotros, un duelo importante pero no definitivo. Para ellos, vida o muerte. Y para no morir ruegan que su estrella del Tottenham, Son Heung-Min, regale un gol que avive una lucecita en la penumbra. Sueñan en el segundo partido de su selección poder gritar fuerte varios “mogpyos” (goles). "Corea, ahorita poco difícil futbol", lamenta Park casi resignado, y Joon justifica esa tristeza prematura: "México pasó directo pero Corea fue muy, muy difícil. Todo el mundo pensaba que no iba a entrar al Mundial", dice el pianista. Y cuando su frase parece haber finalizado, saca fuerzas de su cuna. "Hangugboda", grita a todo pulmón en su departamento, como para que lo oigan en Seúl, su ciudad. Sí, en su idioma Joon dijo “¡Arriba Corea!”, y entonces soltó risas y más que se volvieron inmensas carcajadas.

Ante el drama futbolístico (¿inexorable?), mejor reír: el antídoto coreano.