Negocio redondo; el costo de la idolatría en el futbol

Existen aficionados que buscan autógrafos para el recuerdo. Hay otros que les ponen precio

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América también es el equipo más odiado, con 38.5 por ciento de los votos obtenidos por la consultora Mitofsky en 2016. Fotos: Archivo Excélsior

CIUDAD DE MÉXICO.

“¡Ahí van, ahí van! ¡Ya van a salir!” grita eufóricamente Tomás, quien a sus 12 años es aficionado de hueso colorado del Club América. Él, desde hace dos horas, está esperando a que sus futbolistas ídolos salgan a la cancha uno de Coapa a entrenar, de cara al encuentro del próximo fin de semana en contra del Querétaro. Son las 10 de la mañana.

Los cazaautógrafos siempre esperan a sus ídolos deportivos.  Fotos: Archivo Excélsior

Además de este niño, hay aproximadamente 25 personas, las cuales aguardan a los futbolistas azulcremas. Jóvenes, adultos, morenos, rubios, madres, hijas, pasados de peso, altos, chaparros, flacos y con cortes de cabello que asemejan a un pambazo… hay de todo tipo de individuos listos para observar cómo trabajan sus deportistas favoritos. Sólo existe un punto en común entre cada uno de los aficionados águilas: la camiseta amarilla.

El aviso de Tomás viene acompañado con la salida de los integrantes del primer equipo americanista de los vestidores hacia el terreno de entrenamiento. Los fanáticos se abalanzan hacia ellos en busca de un autógrafo, foto, dedicatoria o, por qué no, todas las anteriores. El premio al jugador más solicitado se disputa entre Oribe Peralta y Rubens Sambueza, pues ambos acaparan a la mayoría de los hinchas.

“¡Oribe, por aquí!, “¡Sambu, fírmame mi playera!”, “Oribe, fírmame mi balón o mi libreta”, “¡Rubens, una dedicatoria para mi mamá que te adora!”, se alcanza a escuchar entre el grupo –aunque no se logra identificar quien pide determinada petición- que tiene a los profesionales sin escapatoria.

Una vez resueltos la mayoría de los deseos de la afición, todos los futbolistas comienzan con su respectivo calentamiento; mientras tanto, las personas que se encuentran viéndolos toman de nueva cuenta su asiento en las bancas las cuales conservan los mismos colores que el uniforme del América: azul y amarillo.

El entrenamiento ha comenzado. Primera estación: acondicionamiento físico. Toda la escuadra águila realiza entrenamientos de condición y fuerza; en tanto, los seguidores del equipo se reúnen unos con otros para presumir sus más recientes adquisiciones como si fueran oro molido. “Mira esta foto que me firmó Michael Arroyo”, dice el único güero del grupo, al cual le responde un hombre de aproximadamente 45 años, quien tiene tatuado el escudo de la institución en el hombro derecho: “Eso no es nada, mira este balón; me lo han firmado Paul Aguilar, Darwin Quintero y Darío Benedetto”.

La sesión continúa. Es turno de las jugadas a balón parado, las cuales ensayan una y otra vez tanto defensas, para intentar defender el arco, como delanteros, quienes deben de perforarlo. “Venga”, “esa jugada deben de intentarla más seguido los atacantes”, “qué bien le pegan al balón” y “algún día estaré con ellos” son los comentarios que se alcanzan a identificar entre los aficionados. Todos miran atentamente el entrenamiento, por supuesto, entre ellos está Tomás, quien muestra un semblante lleno de alegría y felicidad por estar viendo a sus ídolos

Última parada: interescuadras. Aquí el director técnico del América, Ignacio Ambríz, crea dos equipos utilizando a todos sus jugadores. De esta forma disipa sus últimas dudas respecto a quiénes deben de ser titulares.

Cuando éste comienza, los hinchas disfrutan de las filigranas, fintas y burles que los futbolistas se hacen entre ellos mismos. “¡¡¡Olé!!!”, “qué buen túnel”, “¡ponte una sotana!” y “¡muévete, para eso te pagan” forman parte de las expresiones que el público le hace saber a los americanistas, los cuales sólo se ríen y comparten la alegría transpirada por sus fieles seguidores. Es una fiesta.

Sin embargo, cuando termina el interescuadras también termina el entrenamiento. Ningún jugador del América se detiene con los fanáticos, sólo cruzan algunas miradas con ellos mientras regresan al vestidor por donde hace rato salieron.

Todas las personas que vieron la práctica se empiezan a retirar del Club América. Cada uno de ellos tiene algo por lo que sentirse contento: una gorra firmada, una foto firmada, un zapato firmado y hasta una braga firmada forman parte de los ahora tesoros de la afición águila.

Ya afuera, sobre la calle, un aficionado que también va saliendo del recinto le pregunta a Tomás, quién fue el único individuo al cual todas las personalidades de la escuadra le firmaron la playera, acerca de qué siente por tener su jersey totalmente rayado.

Él, sumamente tranquilo, responde: “No siento nada, la verdad es que ni me gusta el futbol. Mi papá me manda cada semana a que me firmen una prenda del equipo nueva porque se venden muy bien. Él me dice que siempre, cuando esté adentro del club, le haga como si estuviera con mis superhéroes favoritos”.