‘No podemos acabarnos el planeta por vestirnos’: Mexicanas le paran el alto al ‘fast fashion’

Se estima que la moda rápida es responsable por 10 por ciento de las emisiones de dióxido de carbono a nivel mundial, el principal gas de efecto invernadero.

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Aún quedan muchos kilómetros de tela por confeccionar antes de que en México se logre un cambio significativo en el impacto negativo que está teniendo la moda rápida, o “fast fashion”, en el medio ambiente. Sin embargo, mujeres con perfiles distintos y conciencias similares se encuentran tratando de revertir algo del daño causado por este fenómeno global, usando ideas innovadoras, emprendimientos con propósito y consejerías sostenibles.

“No podemos acabarnos el planeta por vestirnos”, dijo a Excélsior Mireille Acquar, una de las pocas personas especialistas en sostenibilidad y negocios de moda en el país. Ella describe este modelo de negocio como “moda de masas” que sirve para “vestir y calzar al 80 por ciento de la población que no tiene acceso a productos de alta gama”.

“Somos alrededor de 7 mil 800 habitantes en el planeta que necesitan vestir y calzar (…) La producción y el consumo ha sido la pieza clave o los conceptos clave de por qué se ha vuelto insostenible esta industria”, agregó la experta que aconseja a empresas en prácticas que las ayuden a ser más sustentables.

En México, los datos oficiales sobre el impacto de esta problemática son nulos o inexistentes, y tanto organizaciones internacionales como expertos señalan una falta de regulación a normas como la Ley General de Equilibrio Ecológico y Protección ambiental (LGEEPA) para la prevención y gestión integral de residuos en materia de ropa.

Mientras tanto, el daño se ha agrandado en México debido al uso de aplicaciones que importan ropa desde Asia a muy bajo costo.

Según Acquar, “hay un crecimiento del comercio electrónico y eso está favoreciendo el acceso al ultra fast fashion” y en gran parte, estos modelos de negocio crecen porque “no pagan aranceles, no pagan impuestos”.

Si bien no existen datos concretos sobre cómo el fast fashion está afectando al país, reportes del Instituto Nacional de Estadísticas y Geografía (INEGI) señalan que la producción de la industria mexicana textil y de la confección –enfocada primordialmente en el cultivo y producción de fibras naturales, ha venido en declive desde que china entró a la organización mundial del comercio en 2001.

“¿Qué es lo que tenemos que hacer? Definitivamente y ¿qué es lo que está sucediendo? La regulación”, dijo Acquar, quien citó un proyecto por parte de la Secretaría de Medio Ambiente (SEDEMA) de la Ciudad de México que no ha avanzado mucho.

El problema en datos

El mundo de la moda es un imperio económico que, a nivel global, representa más de 2.5 billones de dólares y genera más de 300 millones de empleos, según el último estimado de agencias internacionales.

Si bien la producción y confección de textiles ha existido por muchos años, los conglomerados empezaron a fomentar hace un par de décadas un modelo del negocio que pusiera más prendas a la disposición de consumidores por mucho menos, llevando a la producción masiva de mala calidad que se conoce como “fast fashion”.

Se estima que la moda rápida es responsable por 10 por ciento de las emisiones de dióxido de carbono a nivel mundial, el principal gas de efecto invernadero. ¿La razón? resulta que de todas las vestimentas fabricadas en un año., 73% termina siendo incinerada en basureros o vertederos,

He ahí la razón por la cual la industria de la moda fue incluida en la hoja de ruta 2023 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) para acelerar su transición hacia modelos de tasa neta de cero emisiones y de impactos positivos en el ecosistema.

Y es que, según datos internacionales replicados por la Secretaría del Medio Ambiente de la Ciudad de México, el modelo de negocio del “fast fashion” llega a usar 93 mil millones de metros cúbicos de agua en la producción textil

Emprendimientos que hacen un cambio

No obstante, existen emprendimientos que activamente tratan de atender dos prioridades: reciclaje y reuso.

“Hasta 200 mil toneladas al año de prendas de textiles terminan en rellenos sanitarios pudiendo, tal vez, darle una segunda vida como reuso o reciclaje”, dijo Verónica Martínez, cofundadora de Re.colecto, un startup mexicano que ha recolectado más de 1 millón 500 mil textiles para su reciclaje en Michoacán.

A solo tres años de su creación, este emprendimiento tiene ya más de 24 contenedores instalados en centros comerciales de la Ciudad de México, Estado de México, Jalisco y Nuevo León, entre otros. Sin embargo, también han concretado alianzas con socios comerciales que prácticamente les permiten una cobertura nacional.

El servicio es completamente gratuito para los usuarios, quienes pueden depositar todo tipo de prendas, incluso sábanas y cobertores, con la excepción de calzado. A cambio, reciben puntos que pueden intercambiar por descuentos y beneficios.

Uno de sus contenedores, con un área cuadrada de alrededor de 4 metros, como el que se encuentra en el mall de Miyana, Polanco, tiene capacidad para 500 kilos y se llena cada dos semanas, dijo la emprendedora.

“Siempre lo que vamos a buscar es que le demos a esa prenda una segunda oportunidad. Si ya no se le puede dar esa segunda oportunidad, se manda a reciclaje donde posteriormente, con otros aliados, quitamos botones, quitamos cierres y los mandamos al reciclaje textil que termina en coches”, explicó.

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Aunque en la lucha contra el daño que esta industria está causando han surgido prácticas y más sostenibles –como fibras a base de nuevos materiales como cítricos, hongos y cactus– e innovaciones tecnológicas –como aquella que hace a las fibras sintéticas biodegradables en 20 años– expertos estiman que en el planeta existe suficiente ropa para vestir a las próximas seis generaciones.

A esto se suma el constante sobreconsumo de ropa de baja calidad.

“Nosotros en la moda, estamos acostumbradas a tener dos temporadas al año: primavera-verano, otoño-invierno. En el momento que entra el fast fashion, construyen una temporada a la semana. Estamos hablando de 54 temporadas al año”, dijo Manuela Casique, cofundadora de Ciclo Curaduría Textil, proyecto que busca reinsertar prendas olvidadas, usadas o viejas a los clósets de consumidores conscientes.

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Desde un departamento adaptado a tienda en la avenida Insurgentes de la Ciudad de México, Casique junto a sus socias, Zayda Aullet y Tania Palacios, llevan alrededor de seis años impulsando la compra, venta e incluso intercambio de ropa de segunda mano.

“Es ropa vintage, ropa de segunda mano que simplemente haya un segundo dueño y que reutilice esta prenda”, agregó.

Su proyecto, Ciclo, atrae consumidores de todos los rincones. No solo por su lema de sustentabilidad, sino porque el estigma de la segunda mano se ha deslavado, y en lugar de ropa usada, los consumidores ven a esta boutique como una oportunidad de conseguir piezas “únicas” y de muy buena calidad.

“Históricamente, hemos heredado ropa de nuestros primos, de nuestros hermanos. Eso es ropa de segunda mano. Lo que pasa es que hay que quitar esa connotación como negativa de algo viejo, algo sucio y es justamente lo que nosotras hacemos en Ciclo”, dijo Aullet.

Las prendas pueden venir desde un bazar hasta un clóset cuyo dueño tenía gusto por la alta gama. Si es necesario, se reparan las piezas e incluso se agregan detalles.

“Nosotros nos metemos en mercados, en closets vintage y hacemos selección. La verdad es que hemos pasado por un recorrido gigante. Prendas que puedes comprar ahorita y que en 20-30 años van a seguir vigentes, ¿no?, como una pieza, es un blazer de piel, y aquí lo que hacemos es revisar las prendas, lavarlas, que no les falten”, dijo Palacios.

“Yo siempre digo que para mí, consumir ropa de segunda mano es un compromiso con el planeta”, agregó.

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*brc

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