Los tiranos se abrazan

Por: Jaime Rivera Velázquez

La “presidenta encargada” fue y sigue siendo una cómplice de la dictadura chavista, pero eso a Trump parece importarle poco.

“Todos los tiranos se abrazan como hermanos”, dice una canción inolvidable de Ana Belén y Víctor Manuel. En nuestro tiempo, cuando la primera democracia moderna —la estadunidense— está asediada desde dentro por un aspirante a tirano, llama la atención que su presidente repudie a quienes han sido por muchas décadas los aliados naturales de Estados Unidos —la OTAN y la UE— y muestre simpatía o condescendencia hacia autócratas o aspirantes a serlo, y a menudo dice de ellos que son personas excelentes. Donald Trump ha tenido fricciones abiertas con el presidente de Francia y el primer ministro de Canadá, y no oculta su desprecio a las democracias europeas; al mismo tiempo, en su primer periodo presidencial tuvo muchas expresiones de admiración y simpatía por Putin y Xi Jinping, y visitó al jefe del peor régimen totalitario de nuestro tiempo, Kim Jong-un; ahora, obsequia elogios a algunos autócratas o extremistas hispanoamericanos. 

Llama la atención, pero no debería sorprendernos. En la historia no son pocos los episodios de admiración mutua y a veces alianza entre gobernantes de ideologías opuestas que parecían irreconciliables. En el siglo V a. c. Esparta pactó con su enemigo tradicional, el imperio persa, para combatir a los atenienses. En el siglo XVI de nuestra era, el rey Francisco I de Francia se alió con el imperio Otomano, de religión musulmana, pacto que fue juzgado por muchos como una traición a la cristiandad. En la década de 1930 no había en el mundo rivalidad y odio más intensos que el que se declaraban mutuamente Stalin y Hitler. Sin embargo, en agosto de 1939 sus gobiernos firmaron un pacto de no agresión que incluyó la invasión conjunta de Polonia y el reparto de su territorio. También es conocida la simpatía que Juan Domingo Perón —considerado a sí mismo redentor de la clase trabajadora— le dispensaba disimuladamente a Hitler; después de la guerra muchos oficiales nazis hallaron refugio en la Argentina peronista.

No sé si muchos lo sepan, pero Fidel Castro y Francisco Franco se entendían bastante bien, aunque discretamente. De hecho, tenían muchas cosas en común. Profesaban ideologías opuestas, pero ambos defendieron la suya con devoción y rigidez hasta su última hora, a despecho de todas las lecciones y exigencias de la realidad. Se guiaban, cada uno a su modo, por una mentalidad religiosa, que no admite dudas ni herejías ni siquiera disidencias. Franco se erigió orgullosamente como el último baluarte del catolicismo tradicional y de la Contrarreforma, a prueba del liberalismo y del aggiornamento del Concilio Vaticano II. Castro también libró sus batallas de la Contrarreforma comunista, cuando resistió la oleada de la Perestroika y prohibió en Cuba la circulación de las publicaciones soviéticas del periodo de Gorbachov. Franco y Castro se aferraron al poder hasta su muerte. Cuando la edad les hizo estragos, delegaron funciones en sus testaferros —Franco en Carlos Arias Navarro y Castro en su hermano Raúl­—, pero nunca dejaron de vigilarlos y limitarlos. Franco fue un tirano, sin duda, y no hay historia que lo pueda absolver. Pero no puede negarse que bajo su conducción España se modernizó, la economía se industrializó, la sociedad se educó y, a pesar de los propósitos del caudillo, se preparó para la democracia. La transición democrática española fue ejemplar para el mundo entero. Fidel fue otro tirano. Profetizó su absolución por la historia, pero en realidad fue el tirano Batista quién lo indultó en 1955, dos años después del fracasado asalto al cuartel Moncada. Habrá que ver si la educación comunista de la que tanto se ufana el régimen de los Castro ha preparado a los cubanos para la democracia.

Hoy parece que el fin de la dictadura cubana está muy cercano. Su economía está en ruinas desde hace décadas a causa de su propio sistema, que asfixia la productividad y todo intento de innovación, además de impedir por completo las libertades políticas. El embargo comercial (que no bloqueo) que EU le impuso a Cuba desde 1962, fue siempre sólo un agravante para un régimen económico que jamás ha funcionado. Únicamente, los subsidios soviéticos la mantuvieron a flote por 30 años, pero su ineficiencia estructural nunca se corrigió. Ahora se prepara la rendición definitiva del castrismo, pero al estilo de Trump. Cambiará el régimen económico para encaminarlo al capitalismo y la dependencia de EU, pero no necesariamente se transitará a la democracia. El ejemplo de Venezuela es elocuente. La “presidenta encargada” fue y sigue siendo una cómplice de la dictadura chavista, pero eso a Trump parece importarle poco. En sus objetivos, la democracia ocupa un lugar secundario o cuaternario. Trump quiere en Venezuela una marioneta que sirva a los intereses económicos y geopolíticos de EU. Ya la tiene y está dispuesto a abrazarla y elogiarla. Es muy probable que busque para Cuba una solución semejante. No faltará en la dinastía o la burocracia castrista el títere idóneo para los objetivos de Trump.

X