¿Por qué cuando estás triste o estresado solo quieres comer azúcar, grasa o sal?
La psiquiatra Mónica Arienti explica por qué el cerebro prefiere alimentos con azúcar, grasa o sal cuando estamos tristes, ansiosos o estresados

Imagina el escenario: Estás en casa, trabajando y de repente piensas que aquella rebanada de pastel, la sopa instantánea o esas papitas que dejaste podría ser buena idea para comer, ¿será hambre? Probablemente se trate más de una respuesta emocional que activa un circuito específico del cerebro: el sistema de recompensa.
Mónica Arienti, psiquiatra especializada en conductas alimenticias, señala que este fenómeno no tiene relación con una necesidad energética. Aunque el cuerpo esté saciado, el cerebro puede inducirnos a comer para regular una emoción intensa. Es decir, no comemos por hambre fisiológica, sino por hambre emocional.
Hambre emocional: cuando la mente pide lo que el cuerpo no necesita
El hambre emocional es el impulso de comer para aliviar o amplificar una emoción. Puede aparecer en momentos de tristeza, enojo, ansiedad o incluso felicidad.
A diferencia del hambre fisiológica —controlada por el hipotálamo, que mide nuestras reservas de energía y genera la señal de comer o detenernos—, el hambre emocional está mediada por el sistema límbico, responsable de las emociones.
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“Este tipo de hambre puede sobrepasar al sistema fisiológico. Es decir, aun cuando el cuerpo ya tiene suficiente energía, las emociones empujan a seguir comiendo”, añadió la psiquiatra.

Durante la pandemia, muchas personas lo experimentaron. El encierro, la incertidumbre y el estrés se tradujeron en antojos constantes de galletas, chocolates o comida rápida.
“Yo misma comía chocolate cuando estaba ansiosa”, reconoció Arienti. “No tenía hambre real, pero ese pequeño placer ayudaba a bajar el nivel de ansiedad momentáneamente.”
¿Por qué buscamos azúcar, grasa o sal?
Los alimentos “palatables”, es decir, aquellos con sabores intensos y texturas agradables, son los preferidos del cerebro.
“Estos ingredientes activan los centros de placer y recompensa, generando una sensación de alivio temporal”, explicó Arienti.
El azúcar, por ejemplo, eleva rápidamente la glucosa en sangre, lo que incrementa la producción de serotonina, un neurotransmisor que mejora el estado de ánimo. La grasa y la sal, por su parte, estimulan receptores sensoriales que el cerebro asocia con bienestar y seguridad.
“Por eso rara vez alguien se refugia en una ensalada cuando está triste. El cuerpo pide alimentos que nos reconforten, que nos recuerden placer y seguridad”, dijo la especialista.
El riesgo de convertirlo en un hábito
Comer de manera emocional no es un problema ocasional, pero puede volverse preocupante cuando se convierte en un patrón. Según la doctora Arienti, hay señales de alerta: pérdida de control al comer, sentimiento de culpa, aislamiento o impacto en la autoestima.
“Cuando la conducta se repite y genera malestar emocional o físico, puede indicar un trastorno de la conducta alimentaria”, señaló.
Entre los más comunes están el trastorno por atracón y la bulimia nerviosa, que en México son más frecuentes que la anorexia.
Este tipo de episodios suelen estar relacionados con ansiedad, depresión o déficit de atención.
“Entre el 30 y 60 por ciento de las personas con obesidad presentan algún problema de salud mental. En esos casos, no es solo un tema de voluntad o dieta, sino de cómo el cerebro está funcionando”, explicó.
Qué hacer si comes por ansiedad
El primer paso, de acuerdo con Arienti, es identificar qué emociones están detrás del impulso de comer.
“No se trata de prohibir alimentos, sino de entender qué está pasando emocionalmente y buscar equilibrio”, dijo.
Las dietas demasiado restrictivas suelen empeorar el problema, ya que aumentan el deseo de comer lo que se prohíbe. En cambio, la psiquiatra recomienda acudir con un especialista en salud mental o un nutriólogo sensible al componente emocional.
“La terapia cognitivo-conductual y, en algunos casos, tratamientos farmacológicos pueden ayudar a regular el hambre emocional. Lo importante es dejar de culparnos y entender que el cerebro también necesita atención”, subrayó.
bgpa
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