Cómo funcionan las vacunas y qué pasa en tu cuerpo
Las vacunas enseñan al organismo a producir anticuerpos y células de memoria, ofreciendo protección eficaz frente a enfermedades infecciosas.

Cada vez que alguien recibe una vacuna, su cuerpo aprende una lección que puede durar toda la vida: cómo reconocer y detener a un virus o bacteria antes de que cause estragos.
Pero ¿cómo logra una pequeña dosis aplicada en el brazo activar un mecanismo tan complejo y efectivo?

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¿Qué es una vacuna?
De acuerdo con la Fundación Huésped, las vacunas son formulaciones elaboradas a partir de toxoides, bacterias, virus atenuados o inactivados, o mediante técnicas de ingeniería genética.
Su propósito es simple, pero esencial: estimular al organismo para que produzca defensas naturales y, con ello, generar una inmunidad activa y duradera contra enfermedades específicas.
Por otro lado, existe la llamada inmunidad pasiva, que no se logra con vacunas, sino con la administración directa de anticuerpos (gamaglobulinas). Este tipo de protección actúa de inmediato, pero es temporal, ya que el cuerpo no “aprende” a defenderse por sí mismo.
¿Cómo funcionan las vacunas en tu cuerpo?
Cada infección tiene una especie de huella llamada antígeno. Nuestro cuerpo reconoce a los antígenos como “extraños” y responde contra ellos. El doctor Paul Thottingal, especialista en enfermedades infecciosas de Kaiser Permanente (Seattle), explica en AARP que el antígeno es la clave que distingue a cada germen.
Las vacunas introducen en el cuerpo un componente que simula esa huella. De esta forma, el sistema inmunológico aprende a reconocerla y queda listo para responder más rápido y con mayor fuerza cuando se enfrenta al germen real.

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Tipos de vacunas
La Organización Mundial de la Salud (OMS) y Mayo Clinic describen distintos tipos de vacunas, cada una diseñada con estrategias diferentes para entrenar al sistema inmune:
- Vacunas inactivadas: elaboradas con virus o bacterias muertos. No causan la enfermedad, pero sí estimulan defensas. Ejemplo: algunas vacunas contra la gripe.
- Vacunas vivas atenuadas: contienen una forma debilitada del virus o bacteria, como la vacuna triple viral (sarampión, paperas y rubéola). Están diseñadas para no enfermar, pero sí generar inmunidad sólida.
- Vacunas de subunidades, recombinantes o conjugadas: utilizan solo partes del germen, como una proteína. Ejemplos: hepatitis B, neumonía y culebrilla.
- Vacunas de ARN mensajero (ARNm): como las de Pfizer y Moderna contra la COVID-19. Envían instrucciones genéticas para que las células fabriquen una proteína del virus, lo que desencadena la respuesta defensiva.
Pese a sus diferencias, todas comparten un objetivo: enseñar al cuerpo a defenderse de futuros ataques de forma más rápida y eficaz.
¿Qué ocurre en tu cuerpo después de vacunarte?
Cuando recibes una vacuna, tu cuerpo se expone por primera vez a una “señal” que imita al germen real. Esta señal es capturada por unas células especializadas llamadas células presentadoras de antígenos, que funcionan como centinelas vigilando tus tejidos.
Cuando detectan algo extraño, lo “muestran” en su superficie y lo presentan a otras células inmunitarias, activando una respuesta de defensa coordinada.
- Producción de anticuerpos: son proteínas que actúan como llaves diseñadas para encajar en la cerradura del antígeno. Al unirse a él, lo bloquean e impiden que infecte tus células.
- Acción de las células T: algunos linfocitos T actúan como “asesinos” de células infectadas, eliminando la amenaza antes de que se propague.
La respuesta inmunitaria alcanza su punto más fuerte entre dos y cuatro semanas después de la vacunación, momento en el que cuentas con una protección robusta.

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¿Por qué necesitamos refuerzos?
Con el tiempo, los niveles de anticuerpos bajan de manera natural. Sin embargo, tu sistema inmune no olvida: algunas células se convierten en células de memoria, listas para reaccionar en cuanto el antígeno reaparece.
Si vuelves a exponerte al germen o recibes una dosis de refuerzo, tu cuerpo responde mucho más rápido que la primera vez. Como explica el artículo de ARRP, “el sistema inmunológico ya no necesita días para organizarse; está entrenado y preparado”.
Los refuerzos se recomiendan en enfermedades como la gripe, la COVID-19 o el tétanos, donde la memoria inmunológica puede debilitarse con los años o el virus presenta mutaciones frecuentes.
¿Por qué son tan importantes las vacunas?
Según la OMS, las vacunas evitan cada año entre 4 y 5 millones de muertes en el mundo. Son una de las herramientas más eficaces de la salud pública, junto con el acceso a agua potable y la higiene.
Vacunarte no solo te protege a ti, sino también a quienes te rodean, especialmente a los más vulnerables: personas mayores, bebés y pacientes con sistemas inmunológicos debilitados. Este fenómeno se conoce como inmunidad colectiva.
Las vacunas no solo representan una defensa individual, sino también un escudo colectivo que protege a los más vulnerables de la sociedad.
Al preparar al sistema inmunológico para actuar con rapidez y eficacia, reducen complicaciones, hospitalizaciones y millones de muertes cada año, de acuerdo con la OMS.
Aunque algunas requieran refuerzos y adaptación frente a nuevos virus, la evidencia científica es clara: su beneficio supera con creces cualquier riesgo. En un mundo donde las enfermedades infecciosas continúan siendo una amenaza, vacunarse sigue siendo un acto de prevención, responsabilidad y solidaridad.
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