Los embates del mundo de lo virtual
Propóngase que las ediciones electrónicas debieran abaratar el costo.
El martes 10 de septiembre arrancó el Tercer Simposio Internacional sobre Libro Electrónico, a propuesta del Conaculta. El evento le hace espacio a la discusión de las apocalípticas profecías de moda: que si desaparecerán los libros de verdad, que si en un futuro próximo habrá sólo lectores de libros virtuales, que si desaparecerán las librerías, que si los derechos de autor ya se fueron al carajo y no habrá más quien escriba libros por dinero. El que usa el espacio, de nueva cuenta decide endurecer su postura sin esgrimir para ello ningún argumento distinto de los que habrán aparecido aquí, a no ser, tal vez, que todavía no compro ni leo ningún libro en su versión virtual. El llamado libro objeto parece haber sido suficientemente defendido, con ese retardatario fetichismo que ya habló del olor a tinta y papel, del vínculo con aquello que contendrá siempre lo que yo quiero cada vez que lo quiera, de la edición como forma de expresión artística y, si se quiere, hasta de las bibliotecas y las librerías de antaño como sitios en los que se añoraba estar, absurdamente sustituidos por “motherboards” y pantallas. Haciendo a un lado semejantes alegatos, supongamos que los libros virtuales (“electrónicos” me sigue sonando amenazante) tienen ventajas y que todos amanecimos con disposición y en ánimo de enunciarlas y comprenderlas. Propóngase que las “ediciones” electrónicas —por ejemplo— debieran abaratar el costo de los libros, y apúntese que en muchos sitios web ya existen cientos de miles de títulos que se pueden llamar y retener en la computadora de cada quien de forma completamente gratuita, en una especie de Donceles cibernético. Agréguese que los libros virtuales debieran llegar a un número (mucho) mayor de lectores que no habrían tenido acceso a los otros. E incluso asegúrese que salvaremos nuestros bosques porque no volveremos a requerir papel. Tal vez tengamos que recordar que un proceso de conciliación muy semejante al que nos ocupa comenzó hace tiempo, y que primero los acetatos, luego las cintas magnetofónicas, más tarde los CD y finalmente la música que podía bajarse de la red, no han significado la muerte de la música en vivo ni la desaparición de los músicos por quiebra material. Lo mismo tenemos que decir del cine, que casi muere en la década de los ochenta a manos de los casettes Beta y VHS, y que hoy se nos hizo casi absolutamente accesible por vía de internet, para que sigamos prefiriendo ir al cine; nada habría que se pudiera alegar a favor del teatro virtual ni de la danza presenciada en nuestras pantallitas. Ni hablar, por absurdos, de los museos virtuales de los que no se obtiene placer estético comparable al de estar en contacto con la plástica original. Asúmase, pues, que el resto de las artes han dejado a la literatura a merced de los embates digitales, porque muchos siguen creyendo que si se trata de palabras con las que se hacen textos, que contienen modalidades de expresión de versiones de todo y para todo, da igual dónde se lean. Mi personal declaratoria, reiterada dirán muchos, pareciera precedida de todas esas premisas bobas con la finalidad de trivializar el problema. Pienso que estoy lejos de ello, y que dos son los riesgos inmediatos que me suenan más graves de los textos —porque ni siquiera acepto que sigamos llamándoles libros— virtuales: el libro de verdad llevaba vocación, esmero, entrañable amor por lo que decía para obligarnos a difundirlo sólo por eso; ¡entiéndase de otro modo la costumbre maravillosa de pasarlo de mano en mano! Los editores llegaron a ser personajes magníficos, sapientes, amos de las letras, censores y jueces del arte de la expresión, lo mismo que las editoriales casas de cultura empeñadas en una tarea tantas veces heroica. Las versiones electrónicas —precisamente— trivializan todo eso, lo hacen prosaico, lo vulgarizan. Y todo esto sucede —segundo embrollo— en nombre de un negocio sin más. Hasta ahora no parecemos encontrar por ninguna parte ese afán por masificar el conocimiento y la cultura, paradójico por democrático, absurdo pues, de entrada. Hoy día la edición electrónica, como todos sus hermanos, tíos, primos y otros cibernéticos parientes lejanos, no responde sino a las leyes del mercado. No es más que hacer negocio con la literatura, para que yo siga pensando que eso no va a suceder. Acuso recibo, por cierto, de un libro (de verdad) magnífico: Los Pichiciegos (Rodolfo Fogwill, Editorial Periférica), que envía un filósofo todavía librero: Guillermo Núñez. Gracias, lo reseño junto con los de Polleri el uruguayo.
