Y pese a la opinión de Schulenburg, Juan Diego es santo; hace 20 años fue elevado a los altares

El 4 de junio de 1996, Excélsior publicó una entrevista con el abad de la Basílica de Guadalupe, en la que negó la existencia histórica del indígena vidente de la Virgen del Tepeyac; nunca se retractó

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Foto: David Solís/Archivo

Este domingo 31 de julio se cumplen 20 años de la canonización de Juan Diego Cuauhtlatoatzin y, por consiguiente, de la elevación a los altares del indígena vidente de la Virgen de Guadalupe, ceremonia realizada durante la última visita a México del Papa Juan Pablo II en 2002.

El Papa ya mostraba las consecuencias de la enfermedad de Parkinson, encorvado y con problemas para hablar, decidió, en sus últimos años de vida, encabezar la ceremonia en la Basílica de Guadalupe que declaró santo a Juan Diego.

Pasaron casi cinco siglos, 471 años, del Milagro Guadalupano de 1531, de acuerdo con el texto del Nican Mopohua, que ubica en ese año la aparición de la Virgen Morena, para que Juan Diego fuera canonizado y se instituyera el 9 de diciembre como el día dedicado a él.

En 1996, en una carta pública y en una entrevista exclusiva con Excélsior, el abad de la Basílica, Guillermo Schulenburg Prado, negó la existencia histórica de Juan Diego, provocando un cisma en la Iglesia católica de México, que le costaría su remoción, siendo el último abad del santuario del Tepeyac.

El martes 4 de junio de ese año, Excélsior publicó una entrevista con Schulenburg, en la cual hizo afirmaciones de las que nunca se retractaría hasta sus muerte, y por ellas es recordado y criticado por buena parte de la feligresía mexicana: “Juan Diego no existió, es un símbolo”, dijo.

—¿Cómo es posible que un símbolo haya sido beatificado (el 6 de mayo de 1990)?, se le cuestionó.

—Esa beatificación no es el reconocimiento de la existencia física del indio en cuestión, sino un reconocimiento al culto. No es, propiamente hablando, una beatificación.

—¿Puede convertirse en santo un símbolo?

—Sin duda, no —respondió Schulenburg.

PRIMER SANTO INDÍGENA

El 31 de diciembre de 2002, en la Basílica de Guadalupe, el Papa Juan Pablo II canonizó al indio Juan Diego, el primer santo indígena de América Latina y el número 29 de México.

Después de recorrer por más de una hora las principales avenidas de la Ciudad de México, donde fue saludado por cientos de miles de personas, el Papa llegó al santuario del Tepeyac, donde, según la tradición y el libro Nican Mopohua, se le apareció la Virgen de Guadalupe a Juan Diego en 1531.

Juan Pablo II expresó su satisfacción por pisar tierras mexicanas por quinta vez, en la que fuera su última visita a México, pues moriría tres años después, en 2005.

Declaramos y definimos al beato Juan Diego Cuauhtlatoatzin y lo inscribimos en el catálogo de los santos y establecemos que en toda la Iglesia sea devotamente honrado entre los santos”.

Me encuentro de nuevo en esta colina de Tepeyac, aquí Cristo quiso manifestar su presencia salvadora en los albores de la evangelización de América Latina”, dijo el pontífice de la Iglesia católica.

Entre los asistentes a la ceremonia se encontraban el presidente de México, Vicente Fox, su esposa, Marta Sahagún, la mayoría del gabinete, los principales representantes de la Iglesia católica y miembros de las distintas etnias indígenas.

El arzobispo primado de México, el cardenal Norberto Rivera, subrayó la importancia que tiene la canonización de Juan Diego para impulsar los derechos de los más de diez millones de indígenas del país, que representan el 10% de la población de México.

Todas la etnias indígenas, centenariamente olvidadas y  marginadas le agradecen este gesto histórico (...) Gracias Santo Padre por el regalo que nos trae en la canonización de Juan Diego. Los laicos e indígenas tenemos ya un protector en los cielos y un ejemplo de vida cristiana”, dijo Rivera Carrera.

 

RECHAZAN A JUAN DIEGO

El martes 4 de junio de 1996, Excélsior publicó una de las últimas declaraciones del abad de la Basílica de Guadalupe, Guillermo Schulenburg, donde negó la existencia de Juan Diego.

Sobre la Virgen de Guadalupe, el abad señaló que se trataba de un sincretismo, pues en el cerro ahora llamado del Tepeyac los aztecas adoraban a una diosa llamada Tonantzin, que quiere decir, según dijo, “nuestra madrecita”.

Schulenburg Prado se opuso a la beatificación de Juan Diego, apoyado por un grupo de sacerdotes e historiadores.

En su autobiografía Memorias del último abad de Guadalupe (Porrúa, 2003), Schulenburg responde a su posición antiaparicionista.

En sus memorias, Schulenburg detalló que, después de ser nombrado abad en mayo de 1963 por el papa Juan XXIII, empezó a interesarse y estudiar el acontecimiento guadalupano en México. “De tal manera que puedo decir con verdad, que lo conozco profundamente.”

A la pregunta de ¿cómo es que habiendo sido abad de Guadalupe durante más de 33 años, ahora resulta antiaparicionista?, respondió: “Quiero decirles que en todos mis años de abad prediqué en la Basílica, y fuera de la Basílica, infinidad de veces el mensa- je de Nuestra Señora, mensaje altamente consolador y esperanzador”.

Jamás dije una sola palabra de la historicidad o no historicidad de las supuestas cuatro apariciones de la Santísima Virgen María al indio Juan Diego. Por lo que toca a mi trabajo pastoral como rector del santuario y presidente del cabildo, repito, procuré realizarlo con todo empeño”.

No sé si destruiré mis apuntes acerca del tema para que se vayan al fondo del mar, o los conservaré en mi archivo personal, como un ejemplo de mi esfuerzo en la profundización del fenómeno guadalupano”, agregó el alto prelado.

Sobre las cartas enviadas a Roma, a la Congregación de la Causa de los Santos, por él y un grupo de sacerdotes e historiadores antiaparicionistas durante el proceso de beatificación de Juan Diego, el abad mantuvo su postura.

Cuando escribimos esas cartas a Roma, no sólo estábamos haciendo un uso legítimo de nuestros derechos, sino cumplíamos con un deber ineludible”.

¿QUIÉN FUE JUAN DIEGO?

De acuerdo con el texto Nican Mopohua, del año 1556, atribuido a Antonio Valeriano, y la tradición católica, Juan Diego Cuauhtlatoatzin presenció las cuatro apariciones de la Virgen de Guadalupe durante 1531. Él fue quien portaba el ayate donde quedó plasmada la imagen de la Virgen Morena y que fue entregado al primer obispo de México, Fray Juan de Zumárraga.

Escucha, ponlo en tu corazón, hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante aflictiva.

¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?”.

Y la Señora del Cielo le aseguró (a Juan Diego):

Que ninguna otra cosa te aflija, te perturbe”, se lee en el Nican Mopohua.

De acuerdo con la tradición católica, el lugar más probable del nacimiento de Juan Diego fue barrio de Tlayacac en Cuauhtilán, en el año de 1474, siendo de origen chichimeca.

Juan Diego vivía con su tío paterno Juan Bernardino, dados los usos y costumbres familiares de la época.

En 1524, Juan Diego fue bautizado, junto con su esposa y tío, y recibieron, respectivamente, los nombres de Juan Diego, María Lucía y Juan Bernardino.

Otro texto, el Nican Motecpana, nos dice que Juan Diego era viudo: “dos años antes de que se le apareciera la Señora Inmaculada, murió su mujer”.

Juan Diego murió en 1548, a los 74 años, “pobre en méritos humanos, rico en virtud y fama”, en su aposento “muy chiquito”, de adobe, que tenía junto a la ermita, como consta en las Informaciones de 1666.

cva

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