No existe la dictadura perfecta y no existe la democracia perfecta. En la teoría y en la práctica de la política real, que es la única en la que creo, nada es perfecto sino aproximado. Se vale ser similar, pero no simulado.
Por eso, la política real ha creado aproximaciones de la democracia y de la dictadura, con los nombres similares de libertad y orden. A partir de esa ecuación, aceptamos que lo ideal es tener un buen maridaje entre la libertad y el orden. Las constituciones y sus estudiosos les hemos dado los nombres de potestades y de garantías. También las hemos llamado normas orgánicas y normas dogmáticas.
La libertad se confía a las organizaciones ciudadanas. El orden se confía a las instituciones gubernamentales. El mejor ejemplo lo tenemos en nuestro vecino país, que ha logrado la mejor combinación real de gobiernos muy poderosos como de ciudadanos muy libres. Nuestras constituciones son muy parecidas. Nuestras realidades son muy diferentes.
La democracia es un método de designación, no una promesa de gobierno exitoso. En las últimas 10 elecciones mexicanas, la mitad de los presidentes han sido una equivocación electoral. Es un asunto de quién manda, no de quién gana.
México es una partidocracia donde los ciudadanos nada tenemos que ver con las postulaciones de las cúpulas. Y es una nicecracia porque produce un gobierno de vencedores, no un gobierno del pueblo. Y no me vengan con que esos vencedores son nuestros representantes y que trabajan para nuestro bien.
De allí mis preocupaciones por nuestro fracaso político. En las democracias, los actores principales son los partidos, los líderes y las organizaciones alternativas. Pero nuestros partidos están quebrados. Para empeorarla, carecemos de líderes. Y, para terminar de acabarla, nuestras organizaciones ciudadanas ya son de recuerdo pasado y no de ensueño futuro.
México vivió su primer siglo con la presencia única de líderes. Ya en el siglo XX, la Revolución devoró a los 50 principales y tuvimos que instalar la política de partidos. Así vivimos 70 años de hegemonía única y 30 de alternancia compartida. De manera paralela, la Constitución de 1917 generó el sindicalismo, el agrarismo y las ligas populares, hoy venidas a menos. Las cúpulas empresariales hoy son casi simbólicas. El profesionalismo generó barras y asociaciones, pero sin colegiación efectiva.
También se realizó una reforma política basada en partidos alternativos. Se les regalaron posiciones, curules, escaños, millones de pesos, árbitros electorales, espacios de propaganda, capacitación política, centros de pensamiento. Y todo para nada. Para llegar al estado actual de política mal clonada.
A los periodos de descomposición política y de corrupción incontrolada los sucede la dictadura social, la dictadura militar o la disolución estatal. Pero tampoco me resulta claro si hoy el gobierno tiene el poder concentrado de una dictadura.
Mi primera impresión es que no lo tiene y tan sólo tenemos un poder disperso y difuso. Lo digo porque desde los cárteles de drogas y migrantes hasta los bloqueadores de calles y carreteras hacen todo lo que quieren. En México no se respetan ni las leyes de la corrupción ni la velocidad del reglamento vial.
En fin, hoy ni somos democracia ni somos dictadura ni somos algo ni somos nada. Pero hemos sido mucho y mañana seremos mucho. Hoy, van muy mal la política, las instituciones y las organizaciones. Pero van muy bien la empresa y los emprendedores, los trabajadores y la banca, las profesiones y la comunicación y muchas más.
Con símiles sexológicos, podemos decir que hemos visto el gobierno frígido que puede, pero no quiere. O el gobierno impotente que quiere, pero no puede. O el gobierno eunuco que ni quiere ni puede. Pero la historia política real también está llena de prodigios y de milagros. Con un libro que nadie leyó, Francisco Madero provocó la mayor revolución latinoamericana, en un país de analfabetas.
