Tres episodios, una misma falla. La urgencia de repensar la protección ejecutiva en México
Los recientes episodios que pusieron a prueba la seguridad en México —el asesinato del abogado David Cohen Sacal, el homicidio del alcalde de Uruapan y el incidente con la presidenta Claudia Sheinbaum— revelan una falla estructural: la prevención falló. La protección moderna no depende del número de escoltas, sino de la inteligencia para anticipar riesgos y actuar antes de que sea demasiado tarde.

En menos de un mes, tres hechos distintos han expuesto la fragilidad de los sistemas de seguridad en el país. El asesinato del abogado David Cohen Sacal frente a un edificio judicial, el homicidio del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo Rodríguez, y el insolente acercamiento de un individuo que logró abrazar a la presidenta Claudia Sheinbaum en plena vía pública comparten un patrón que no puede pasarse por alto. Aunque sus desenlaces fueron distintos, en cada caso hay un factor común. La prevención falló.
Tres escenarios, un mismo error
En los tres casos había personal de seguridad presente. Lo que falló no fue la reacción inmediata. Lo que faltó fue la capacidad de anticiparse. La seguridad moderna se define por la preparación para leer el entorno, detectar anomalías y prever comportamientos de riesgo. La cantidad de escoltas no garantiza protección si no existe lectura activa del contexto.
Los agresores aprovecharon el mismo vacío operativo. La confianza excesiva en protocolos rígidos y la ausencia de análisis dinámico del entorno abrieron la puerta a la sorpresa.
Cada caso revela un punto ciego distinto. En el asesinato del abogado Cohen, la falla fue de observación y cobertura perimetral. En Uruapan, se subestimó el riesgo político en un entorno marcado por violencia criminal. En el incidente con la presidenta, la ruptura del cerco humano mostró que la cercanía con la multitud, mal calculada, puede convertirse en una vulnerabilidad crítica.
La protección exige inteligencia
La protección ejecutiva necesita evolucionar. Reaccionar ya no basta. Hoy se requiere planear, anticipar y leer el entorno en tiempo real. Existen herramientas que permiten analizar patrones de riesgo, monitorear multitudes, evaluar zonas críticas y entrenar al personal mediante simuladores de escenarios complejos.
Quienes trabajamos en el sector de la seguridad privada y la protección ejecutiva lo sabemos bien. El verdadero profesional no busca el enfrentamiento. Su tarea principal consiste en evitar que la violencia se vuelva necesaria. Pero cuando el entorno lo exige y no hay margen para la contención, también debe estar preparado para actuar con firmeza, precisión y responsabilidad. La excelencia en protección ejecutiva no se mide por la frecuencia con que se desenfunda un arma, sino por la capacidad de evitar que ese momento llegue.
Tres lecciones para el futuro
Estos episodios dejan aprendizajes que no pueden ignorarse:
- La prevención debe asumirse como cultura. No como protocolo aislado. El entrenamiento constante y la lectura del comportamiento humano resultan más valiosos que cualquier reacción heroica.
- La tecnología se ha convertido en un aliado indispensable. Sistemas de alerta, cámaras con inteligencia artificial, mapas de calor y análisis predictivo deben integrarse en cada esquema de protección.
- La seguridad no puede entenderse como función exclusiva del Estado. La colaboración entre seguridad pública y privada es esencial. En muchos casos, la primera respuesta proviene del sector privado. Su profesionalismo puede marcar la diferencia entre un incidente y una tragedia. Sin embargo, en México aún persiste una brecha de coordinación que limita la efectividad de ambos sectores. Superarla requiere un marco de colaboración institucional, donde la información fluya, los estándares sean compatibles y las responsabilidades estén claras.
Cuando la prevención se debilita, el riesgo se extiende
Estos episodios no son hechos aislados. Funcionan como advertencia. México necesita profesionalizar la protección ejecutiva al más alto nivel. Las amenazas actuales se definen por la capacidad de irrumpir con sorpresa. El poder de fuego ya no es el único factor.
La seguridad no puede seguir improvisándose ni depender de la suerte. Cuando la prevención se debilita, el riesgo no recae únicamente sobre la figura pública. Nos alcanza a todos.
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