¿Y dónde encontramos las respuestas?

Acontecimientos recientes, contrastantes entre sí, me han llevado a reflexionar sobre la impredecible complejidad del mundo actual y sobre su aparente incapacidad para encontrar respuestas claras. Son señales que apuntan en direcciones opuestas. Sucesos que, por momentos, dibujan nubarrones grises que tienden al negro y que, en la página siguiente, abren mundos nuevos con luces en tonalidades más claras, aunque todavía inciertas.

En enero, un operativo sin precedentes logró extraer al presidente Maduro de su país para llevarlo ante los tribunales estadounidenses. En febrero, El Mencho, uno de los líderes más importantes del narcotráfico, fallece en un operativo coordinado por las autoridades mexicanas. De inmediato, varios estados del país sufren muestras de poder del CJNG, que bloquea caminos y siembra miedo en la población. Hacia finales del mismo mes, un ataque aéreo masivo termina con la vida del líder supremo de Irán, situación que mantiene a Oriente Medio en una tensa escalada bélica. Marzo aún tiene quince días por delante y el pronóstico permanece reservado sobre cuál podría ser el siguiente acontecimiento impactante.

En ese mismo mundo, Rosalía, una destacada artista española, decide dedicar un par de años a estudiar la vida de varias santas y da a conocer su nuevo disco, Lux, donde su música explora la búsqueda de respuestas en un ser supremo, el valor de la amistad profunda y preguntas tan provocadoras como si Dios podría ser, incluso, un stalker. Algo inesperado en una artista cuyas producciones previas parecían más cercanas a una cultura posmoderna centrada en el disfrute del momento que a la formulación de interrogantes espirituales profundas.

A la par, los premios Goya reconocen como mejor película a Los domingos, historia de una joven común que intenta descubrir si tiene una vocación religiosa. Dirigida por una cineasta no creyente, la película se aproxima al fenómeno religioso con enorme respeto, tratando de comprender qué mueve a quienes siguen ese camino y las tensiones naturales que esta decisión genera en su entorno cercano.

El mundo literario no es la excepción. Javier Cercas publica El loco de Dios en el fin del mundo. “Soy ateo. Soy anticlerical. Soy un laicista militante, un racionalista contumaz, un impío riguroso. Pero aquí me tienen, volando en dirección a Mongolia con el anciano vicario de Cristo en la Tierra, dispuesto a interrogarle sobre la resurrección de la carne y la vida eterna”, escribe el afamado autor. Si bien es cierto que Cercas no se vuelve creyente, sí que se muestra conmovido y pensativo por los acontecimientos que observa, especialmente por la dedicación incansable y desinteresada de los misioneros en Mongolia.

He escuchado distintas conversaciones en las que se habla de las guerras actuales, del control territorial del narcotráfico en diversos países y de muchas otras problemáticas contemporáneas. En muchas de ellas se percibe un trasfondo de desesperanza y un temor difuso frente al futuro. También sabemos que la sociedad actual presenta elevados niveles de soledad y cifras históricas en problemas de salud mental, una tendencia que se ha ido acentuando en las últimas décadas.

Fragmentación, polarización y desesperanza parecen ser algunas de las notas visibles en la superficie. Si miramos un poco más al fondo, quizá encontramos causas más profundas: individualismo, consumismo, relativismo o emotivismo. Y, al mismo tiempo, en ciertos ámbitos musicales, cinematográficos o literarios comienzan a asomar intentos por buscar respuestas más allá, incluso un posible retorno a lo religioso.

El sistema de valores que ha predominado en muchos países occidentales durante las últimas décadas se ha ido separando de sus raíces y tradiciones más profundas. Si bien existen numerosos matices, algunas coordenadas culturales dominantes tienden a proponer la inexistencia de verdades absolutas, la legitimación irrestricta de cualquier emoción y el rechazo a los grandes relatos que durante siglos ofrecieron sentido y orientación. Sin embargo, los nuevos fundamentos ideológicos de esas corrientes modernas no han logrado ofrecer respuestas suficientes a las crisis existenciales que hoy se manifiestan no sólo en países con carencias materiales, sino también en sociedades con elevados niveles de bienestar.

No soy de los que piensan que el fenómeno Rosalía represente necesariamente un regreso a la religión o a la fe. Tampoco creo que Los domingos vaya a provocar un renacer masivo de vocaciones espirituales. Ni que Cercas terminará profesando el catolicismo. Pero el simple hecho de que estos temas vuelvan a ponerse sobre la mesa, de que reaparezcan las grandes preguntas, me parece un punto de partida interesante. Refleja, quizá, el deseo de muchas personas por volver a asomarse a lo religioso.

Veo con buenos ojos que algunas manifestaciones culturales cuestionen el sistema de valores contemporáneo, que los jóvenes manifiesten inquietudes espirituales y que la sociedad se atreva a buscar otro tipo de respuestas.

Tal vez la sociedad actual, más allá de las coyunturas bélicas o políticas que ocupan los titulares, podría encontrar algunas claves en la búsqueda sincera de la verdad, en el reencuentro de la razón con las emociones, en la comprensión de los grandes relatos que han dado forma a nuestra civilización, en la bondad de los vínculos humanos y en las raíces culturales y religiosas de la tradición occidental. En ese horizonte quizá se hallen algunas de las respuestas que la cultura moderna y posmoderna aún no ha logrado resolver.