Cronómetro agotado
Pocos creerán en la súbita preocupación del PVEM y del PT por el destino democrático del país.
Durante las últimas semanas se realizaba el cálculo político y una suerte de los llamados “round de sombra” para determinar lo que podría suceder cuando se presentara la propuesta de reforma electoral. Todo parecía un rompecabezas que se necesitaba armar con mucho detenimiento ya que no se hicieron esperar las propuestas inconexas, las interpretaciones disparatadas y muchas declaraciones en micrófonos envueltos en la gruesa tela del oficialismo. Lo normal, si hacemos un recuento de lo que ha sido el trabajo legislativo durante los últimos años. Lo peligroso de esta dinámica tan obscura y turbia es que se trata de la democracia de nuestro país, de lo que brinda sentido a la vida de una república que se tambalea mientras camina hacia otro proceso electoral.
Más allá de la prisa con la que se presentó dicha propuesta –desde las oficinas del Poder Ejecutivo–, lo que también resulta evidente es el posicionamiento de los diferentes partidos ante ese documento y, en especial, frente al partido del oficialismo. A veces es mejor no preguntar si, en tan poco tiempo, las y los responsables de analizar, discutir y profundizar en cada uno de los artículos y las propuestas que llegan a esos mundillos de realidad alterna que son las cámaras de diputados y senadores: la historia más reciente nos señala que han sido capaces de limitarse a emitir un voto según lo que se les indique desde sus propias dirigencias. Para eso se construyen las mayorías artificiales. Y en esto radica la observación de una de las principales preguntas, ¿por dónde anda la llamada oposición?
No cabe duda que las respuestas a semejante pregunta pueden ser tan serias como también parte del guion de una obra cómica mal escrita. Todo parece indicar que los partidos en los que actualmente se concentra el bloque opositor se encuentra a la expectativa de lo que sucede con el partido del oficialismo, imaginando figuras en las nubes y planeando los mejores y más convenientes pasos para garantizar su supervivencia. Es evidente que siguen enredados en las cadenas de sus respectivas historias y que no han logrado articular una propuesta que se muestre como una alternativa dentro de ese obsceno sistema de partidos en el que está sumido nuestro país. En ese sentido, resulta curioso y sintomático observar que el primer intento de consolidar la reforma electoral fracasó gracias a la aparente ruptura del partido oficial con sus aliados, partidos que han dejado de ser rémoras y satélites, para atreverse a levantar la voz y convertirse en el primer frente opositor en lo concerniente a la reforma electoral. Pocos creerán en la súbita preocupación del PVEM y del PT por el destino democrático de nuestro país: ambas organizaciones políticas han observado el peligro de perder su relevancia y su acceso al poder que obtuvieron al amparo del oficialismo. Los micrófonos y las cámaras se dirigieron a quienes entienden que está por delante preservar sus propios intereses, no a los que colocarían la democracia como el eje de toda la discusión. Pero la pregunta sigue en el aire, ¿en dónde están los partidos que, más allá de la actual coyuntura, enarbolan la bandera opositora? Tal vez andan buscando una brújula que perdieron hace algunos años.
Mientras la maquinaria gubernamental ha echado a andar la maquinaria del oficialismo para comenzar a aceitar los engranajes de sus campañas electoreras –que sabemos permanentes y sin verse amenazadas por ninguna autoridad-, el PRI y el PAN no salen de sus respectivos marasmos. Carentes de propuestas e ideas, de creatividad y de una estructura que impulse liderazgos competitivos, el panorama de los próximos meses para sostener ese pequeño hilo de la democracia mexicana luce muy complejo. A tal grado, que las voces de quienes se saben aliados del oficialismo han adquirido una relevancia que han terminado por borrar del mapa a los otros protagonistas para convertirles en actores secundarios de esta parodia legislativa.
El tiempo se les escapa y mientras más intentan desenredarse de sus lastres, más parecen quedarse atorados en el fango de sus equívocos y traiciones. Al parecer, el cronómetro por su supervivencia parece agotado en el conteo que inicio hace casi ocho años. Quizá sea momento de inventar otras alternativas que no impliquen, obligadamente, un nuevo partido político: la organización ciudadana, esa que también parece dormitar bajo la sombra del frondoso árbol del hastío y la frustración. Sí, ese árbol tan bien cuidado por todos los gobiernos y los partidos que nos ha tocado padecer. Y, sin embargo, es momento de esas nuevas apuestas si queremos seguir hablando de un país y una república democráticas.
